La misión

La manipulación más descarada se hace carne cuando se nos intenta convencer de que la independencia del Poder judicial le otorga el derecho de proceder arbitrariamente.

Por Antonio Monterrubio | 2/09/2025

Una ideología ha triunfado cuando convence a la inmensa mayoría de su legitimidad exclusiva para decidir sobre esto y aquello. Ocurrió con el neoliberalismo en economía y política, y podría ocurrir con el nacionalpopulismo, último avatar de la lógica de la dominación capitalista.

La verdad no es necesaria ni suficiente para atraer la atención de las gentes. Se persigue golpear la imaginación y la fantasía, crear efectos interesantes, más aún, impresionantes, volver el espectáculo vivo, atractivo, deslumbrante. Son armas fundamentales la repetición y el estrépito, que terminan afectando la salud del cerebro. Es complicado eludir el martilleo de los altavoces del Sistema. El formateo de la opinión es una modalidad de seducción de masas que se transforma en estupro. Un texto de 1895 desvela el carácter viral de la persuasión:

Cuando una afirmación ha sido suficientemente repetida y hay unanimidad en la repetición […] se forma lo que se llama una corriente de opinión e interviene el potente mecanismo del contagio. En las masas ideas, sentimientos, emociones, creencias, poseen un poder contagioso tan intenso como el de los microbios (Le Bon: Psychologie des foules).

Y ya sabemos que estos no hacen distinción por niveles de riqueza o educación. De modo similar, la peste ideológica contamina a los mejor preparados. Nadie es inmune a ella, y es moralmente más maligna. Pues los gérmenes matan como daño colateral indeseado, ya que les convendría que el huésped permaneciera vivo para seguir multiplicándose a sus anchas. En cambio, la pandemia de las ideas impuestas sí que busca dejar fuera de combate a su gran enemigo: la autonomía del pensamiento. La finalidad última de esa propaganda no es ocultar verdades; es abolirlas, dar por derogada no ya su existencia, sino su necesidad.

La manipulación más descarada se hace carne cuando se nos intenta convencer de que la independencia del Poder judicial le otorga el derecho de proceder arbitrariamente. Tal pretensión, a todas luces inadmisible, abusa de la confianza del público. Tampoco puede ponerlo al abrigo de la saludable crítica de prensa y ciudadanos. El prestigio y el respeto no vienen dados por decreto-ley: hay que ganárselos. Una y otra vez, golpe a golpe, auto a auto, ese no es el caso. Cada día la Justicia defiende cerradamente intereses privados, partidarios o corporativos. Numerosos magistrados utilizan de manera torticera leyes poco claras o deliberadamente ambiguas para fallar según les dé su togada gana.

Cuando una institución se asienta sobre cimientos tan endebles, a nadie puede extrañar que resulte escasamente fiable. Si su reputación tiende a caer en cotas muy bajas, es con toda la razón del mundo. Para más inri, se sostiene que incluso prevaricaciones llamativas no deberían ser puestas en entredicho y menos aún aireadas, con tal de evitar el descrédito de la función judicial. Pero la crítica fundada, medida y racional no solo es legítima, sino imprescindible. Lo que no merece prestigio no tiene derecho a reclamarlo.

La misión de determinados dictámenes es poner durante meses en la picota a algún personaje o partido molesto a ojos del cogollito social. Amén de una especie de exquisitas cerezas, picota es el nombre de la columna de piedra en la que los condenados eran objeto de escarnio, y que también servía para mostrar los despojos de los ajusticiados. En la actualidad, es el cártel de los medios monopolísticos el que realiza el oficio de plataforma de exposición pública de los réprobos. Cuentan con la colaboración de magistrados que no dudan en suministrarles carnaza, pero no tienen empacho en convertirse en fiscales y jueces silvestres sin necesidad de autos o legajos ni, por descontado, de pruebas.

No es fácil permanecer entero ante semejante acumulación de golpes bajos concertados. Aun así, algunos lo consiguen. Recuerdan a la estoica Hester Prynne. «Se mantenía con la mayor presencia que fuera capaz de conservar una mujer en tales circunstancias, bajo el peso de miles de miradas implacables, fijas en ella y concentradas sobre su pecho. Era algo casi imposible de soportar» (Hawthorne: La letra escarlata). Con su A orgullosamente bordada, esta mujer está moralmente años luz por encima del rebaño puritano que la rodea.

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