La mano de Adam

Ricard Bellera


No se sorprendan. Si algo tienen en común Diego Armando Maradona y Adam Smith es que los dos tienen una mano invisible. La primera les robó la billetera a los ingleses, así el propio futbolista en un vehemente acto de contrición, y la segunda nos ha venido robando, y, si nadie lo impide, nos seguirá robando la cartera, a la inmensa mayoría de la población. Dice Joseph Stiglitz que la mano de Smith no se puede ver porque no está, pero aunque sea incorpórea y no exista sino como idea, ésta ha marcado nuestro modelo económico más que ninguna otra premisa o axioma. Presentada en sociedad en su ‘Teoría de los sentimientos morales’, la mano invisible se propone como ley natural por la que el mercado, a través de la competencia y de otros mecanismos, asignaría con eficiencia y equidad los recursos y el producto de la actividad económica. Sería así la palanca mágica que convertiría la persecución del interés propio en un impulso para el beneficio colectivo, transformando, en otras palabras, la ‘riqueza de los individuos’ en ‘riqueza de las naciones’, que es el título de la segunda obra de Adam Smith por la que asoma la mano en cuestión.

Lamentablemente, de la misma manera que los 500.000 adeptos de la iglesia maradoniana, por mucha fe que pongan, no harán menos fraudulenta la victoria de Argentina en la copa mundial de 1986, tampoco los 750.000 incondicionales de la mano invisible, ese 1 por ciento exiguo, pero determinante, de la población mundial, que concentra mayor riqueza que el 99% restante, hará buena la codicia como impulso del progreso global. Porque ésta, no distingue entre la extracción de rentas y la creación de riqueza, al priorizar el beneficio personal, máximo e inmediato, ni persigue tampoco la competitividad, porque lo que anhela es el poder de mercado, que no es la vocación por competir en innovación o calidad, sino por controlar y subir los precios, sin perder cuota, hasta muy por encima del coste de producción. Mediante su influencia en la política, la mano invisible no devuelve los réditos que saca al crédito barato, a las infraestructuras o al conocimiento generado en universidades públicas y centros de investigación, sino que vende al gobierno sus mercancías y servicios por encima de precio, y le sisa lo que corresponde y sería justo, cuando se adjudica recursos naturales a precio de saldo.

La moneda única eliminó los mecanismos de ajuste que permitían socializar el coste de la pérdida de competitividad entre la población de un país, e impuso la devaluación interna en respuesta al supuesto reclamo de los mercados.

Los mercados no son un fin en sí mismo y muestran serias deficiencias cuando se pretende que promuevan por sí mismos el interés general. La principal es que, sin la necesaria regulación, producen mayor desigualdad (que acaba por inhibir el crecimiento a largo plazo), al tiempo que socavan, ya sea por acción directa (lobbies, puertas giratorias…), o subsumida, la calidad democrática. Lo hemos visto en el caso de la gobernanza europea. La Europa del euro ha crecido menos que en etapas anteriores, y el agravio, la inseguridad y la desigualdad que ha generado, han comportado una peligrosa involución democrática con el auge, en demasiados países, de las opciones de la extrema derecha. Tan sólo el tiempo que ha necesitado para reaccionar y recuperarse la economía europea de la crisis, muestra hasta qué punto el déficit que importa no es el de los estados, sino el de un modelo económico construido sobre la ideología de la austeridad, de la supuesta eficiencia de los mercados, de la capacidad de autorregulación del sector financiero o de las bondades de un libre comercio, al que se le suponen propiedades milagrosas, pero que se acompaña, casi siempre, de inseguridad social.

La moneda única eliminó los mecanismos de ajuste que permitían socializar el coste de la pérdida de competitividad entre la población de un país, e impuso la devaluación interna en respuesta al supuesto reclamo de los mercados. Se introdujo así la lógica del impacto asimétrico, del empobrecimiento selectivo, y, de paso, un fuerte déficit democrático que queda como rémora para el proyecto común. La mano invisible, junto al resto de las premisas de la ideología mercenaria que se implantó con la crisis, ha desvirtuado así de raíz la promesa de una Europa social al servicio del bienestar de la población. Mientras en el reciente encuentro del G20 en Osaka, el presidente ruso Vladimir Putin se jactaba de la obsolescencia del liberalismo, los ministros y presidentes europeos callaban, porque se les iba la vida en llegar a un acuerdo que no pusiera en evidencia que lo que podría empezar a mostrar síntomas de caducidad, es la propia Unión Europea. El cuarteto de presidentes que emerge finalmente de una decisión urdida al margen del Parlamento Europeo, y en abierto conflicto con el procedimiento del Spitzenkandidat, es, a pesar de los esfuerzos, un pésimo presagio.

Mediante su influencia en la política, la mano invisible no devuelve los réditos, sino que vende al gobierno sus mercancías y servicios por encima de precio.

El nuevo mandato europeo se inicia con el boicot de Hungría, Polonia o Italia al vicepresidente Frans Timmermans, responsable, como comisario de Juncker, del ‘estado de derecho’ y de la ‘carta de derechos fundamentales’, dos auténticos repelentes para caudillos populistas y autócratas. La alternativa propuesta por Francia y Alemania, les reserva los puestos clave y lanza, con la elección de Christine Lagarde, un mensaje diáfano en lo que concierne al programa macroeconómico. Cuando la política monetaria parece haber agotado su recorrido y lo que se requiere son políticas fiscales, con inversión en innovación, productividad, conocimiento, el horizonte no anuncia sino más contención de gasto, más asimetría, y más mercantilismo por parte de unos pocos países que siguen situando la prioridad en su propia balanza comercial. Basta echar una ojeada a la estrategia 2019-2024 del Consejo, y ver cómo omite cualquier mención a la necesidad de renovar el contrato social, de perseguir el pleno empleo, o de impulsar una convergencia social al alza, para entender qué mano repartió las cartas en el último Consejo Europeo celebrado en Bruselas del 29 de junio al 2 de julio.

Es la misma mano que firmará el tratado comercial con Mercosur, dando aire y legitimidad al gobierno de Bolsonaro, a pesar de situarse como prioridad europea la calidad democrática y la lucha contra el cambio climático. Es la mano que señala al inmigrante, mientras retrasa la edad de jubilación, amparándose en la amenaza del envejecimiento demográfico. Es la mano que extiende la precariedad y la pobreza laboral, mientras proclama el estado de derecho y la Europa social. Es, en definitiva, la mano, que estimula la competencia fiscal a la baja en Europa, mientras pregona la necesidad de repartir los esfuerzos para construir una Europa más justa y solidaria.


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