La mala praxis de la enseñanza superior española al enseñar qué es el comunismo (Parte II)

Es el momento de arrojar luz sobre un asunto que ha mancillado a Stalin en particular y a todos los comunistas en general.

Por Manuel del Valle

Continuamos con el análisis de los mitos forjados alrededor del comunismo, aportando datos para combatirlos y desmontarlos

El estudio que realizamos el mes anterior tiene su continuidad en el presente artículo, pero hay que reseñar que no luchamos contra los argumentos anticomunistas con una opinión subjetiva, sino aportando pruebas y datos que sustentan las afirmaciones presentes. Es el principio de una disputa que llevaremos toda la vida porque los medios dominantes han construido una imagen peyorativa de lo que fue la Unión Soviética y por consiguiente, el comunismo, presentándola como enemigo de la democracia y la libertad. Al fin y al cabo han edificado una visión interesada, pues la mera existencia de la URSS tambaleó los pilares del capitalismo e indirectamente, provocó mejora en las condiciones laborales y de vida de los trabajadores a nivel mundial por miedo a que estos imitaran el ejemplo ruso.

A continuación vamos a tratar quizás el asunto más complejo y espinoso, los millones de muertos atribuidos al comunismo bajo la dirección de Iosif Stalin. Es un tema muy complejo, ya que tendremos que resumir en pocas líneas los argumentos que derrumban la imagen satánica que tuvo el máximo dirigente de la URSS en el periodo más turbulento de la historia de la humanidad, pero esto solo hace aumentar el interés para que afrontemos la realidad.

Llegados a este punto que nadie se confunda. El objetivo de este artículo es llegar al fondo del asunto propuesto, no hacer propaganda en favor del “Hombre de Acero”, sino más bien combatir la máxima del ministro de propaganda nazi, Joseph Goebbels, que ha terminado por convertirse en realidad: “una mentira repetida mil veces se convierte en realidad”.

Stalin asesinó a millones de ciudadanos, entre ellos a sus camaradas de Partido

Stalin ha quedado con uno de los mayores dictadores de la Historia, aunque para afirmar tal cosa estaría bien que los detractores supieran cómo se eligen los cargos dentro de un Partido Comunista, y esto ha pasado de generación en generación sin ningún tipo de discusión. La razón, se le acusa directamente de haber asesinado a millones de personas, entre ellos a numerosos camaradas del Partido Bolchevique. ¿Fue esto realmente así? Es el momento de arrojar luz sobre un asunto que ha mancillado a Stalin en particular y a todos los comunistas en general.

Las acusaciones comenzaron hacerse notable tras la muerte del propio Stalin, aunque no faltaron voces contemporáneas que le acusaban de ser un hombre autoritario y dictatorial. Es incomprensible que los muertos que se achacan directamente a Iosif Vissariónovich Dzhugashvili oscilan entre los 8,5 y los 51 millones de personas. Esta oscilación no puede sorprendernos, pues en la primera parte de esta serie de artículos vimos cómo en el supuesto Holocausto ucraniano las cifras también presentan una horquilla de varios millones de personas. Dicho esto, ¿de dónde se obtiene esta cantidad? Precisamente del llamado Libro Negro del Comunismo, que emplea una metodología totalmente errónea, ya que si la extrapolamos a un país como la India podemos obtener que desde 1947 murieron más de 100 millones de personas por culpa del capitalismo, pero vayamos más lejos.

Si tales cifras fueran ciertas, ¿dónde están los registros que lo reflejan? Es decir, no hay archivos que sostengan la anterior afirmación, ni documentos oficiales del Estado Soviético ni registros parroquiales o de cualquier otra índole que reflejen los entierros. Alguien podría pensar que tales muertes no se contabilizaron, pero entonces tenemos que tener en cuenta por qué Rusia no es de los países con más desaparecidos o con más represaliados, al contrario que ocurre con España. Para confirmar esta exposición solo hay que consultar los datos ofrecidos por Amnistía Internacional.

Sin embargo, ofrezcamos datos más precisos. Si la Unión Soviética hubiera perdido 10, 20, 30 o incluso 50 millones de personas su población irremediablemente hubiera caído, puesto que no solo hay que tener en cuenta los que mueren si no los que dejan de nacer. Según se calcula, en 1917 había 132 millones de personas en el Imperio de los zares, en 1926 (según el censo) la población era de 148 millones, el censo de 1939 arrojaba una población de 171 millones de habitantes, en 1941 había 191 y en 1950, 181. Este último descenso se debe a que la Unión Soviética fue el país que más sufrió en la Segunda Guerra Mundial, pues alrededor de 25 millones de personas murieron a causa del conflicto. También hay que aclarar que el enorme crecimiento entre 1939 y 1941 se debe, en su mayor parte, a la incorporación de los Estados Bálticos a la URSS. Es curioso que aquellas personas que defienden el genocidio de Stalin hacen caso omiso a los datos de los censos y toman como dogma de fe los arrojados por el Libro Negro del Comunismo.

Más curioso resulta que muchas de estas personas sostenían que en el momento en el que se revelaran los documentos secretos del Estado, veríamos el alcance de la acción “estalinista”, pero han pasado casi 30 años de la desaparición Unión Soviética y nada parecido ha ocurrido, a pesar de que en Rusia  no gobierna el Partido Comunista.

Muchos sostienen con todas sus fuerzas la tesis de los millones de muertos, por tanto, afirman o piensan que los documentos han sido falsificados o destruidos. No obstante, no olvidemos que la Unión Soviética fue un Estado centralista y que ninguno de sus dirigentes pensó una posible desaparición, por tanto en la necesidad de tener que destruir o falsificar nada. De nuevo, es conveniente conocer el modus operandi de un Partido Comunista, ya que toda reunión y toda medida interna queda reflejada por escrito y recogida en acta. Hagamos un símil con lo ocurrido en la Alemania nazi. Cuando el final de la guerra se acercaba, miles de documentos oficiales de toda clase fueron destruidos, pero nadie ha denunciado nada parecido cuando la URSS dejó de existir en 1991, por tanto todo argumento a favor de manipulaciones estadísticas son conjeturas y no tienen base alguna.

Es más, para aquellos que sostengan que la represión se llevó a cabo en los Gulags, analicemos el siguiente gráfico:

Lies concerning the history of the Soviet Union | The Espresso Stalinist

Este cuadro es obra de J. Arch Getty, Gábor T. Rittersporn y Viktor N. Zemskov y fue publicado en The American Historical Review, Vol. 98, nº 4, en octubre de 1993. Empleando documentos desclasificados, los autores realizaron una gran labor a través de la cual podemos concluir que los años en los que hubo mayor cantidad de personas en el gulag y mayor mortalidad en los mismos fueron en los de la Segunda Guerra Mundial, precisamente cuando los anticomunistas (colaboradores con las fuerzas fascistas) y los nazis comenzaron la invasión del territorio soviético. No obstante, el total de personas que murieron en el gulag es de 1.053.829 personas, una cifra muy aleja de esos 8,5 millones de muertos y qué decir de los 51 millones… Además, el Gulag es un sistema penitenciario en el que se recluían criminales de todo tipo, no solo los políticos, por tanto había saboteadores, conspiradores, asesinos, prisioneros de guerra, etc. Llegados a este punto permítanme una reflexión: ¿por qué las autoridades soviéticas se iban a preocupar de contabilizar una parte de los presos y muertos? ¿Por qué no hacerlo con todos o con ninguno?

Ahora pasemos a analizar la purga de los compañeros de revolución de Stalin. Nos referimos a Zinóviev, Kámenev y Bujarin, ya que estos tres son los más conocidos, con excepción de Trotski a quien dedicaremos un apartado más adelante.

Tradicionalmente se cuenta que estos fueron víctimas de la sed de poder de Stalin y que fueron eliminados debido a la maldad del “Hombre de Acero”. No obstante, la realidad es que todos fueron juzgados, aunque casi nadie otorga importancia al proceso judicial y aquellos que lo hacen ponen en duda el mismo, catalogándolo como una falsa.

Sin embargo, es realmente curioso que esta opinión sea contraria a la de Joseph E. Davies, abogado y embajador de los EEUU en la URSS, quien estuvo presente en todo el proceso judicial. Davies estaba totalmente convencido de la culpabilidad de los acusados. Esto es realmente importante, puesto que el representante de la nación estadounidense, el país más opuesto a la URSS, no dudó nunca de los conocidos Juicios de Moscú. De hecho, en su obra Misión en Moscú se expresa en los siguientes términos:

“[…] Porque parece hoy evidente que existía a comienzos de noviembre de 1936 un complot para ejecutar un golpe de Estado dirigido por Tujachevski para el año siguiente. Aparentemente la decisión estaba tomada y estaban decididos a ejecutar el golpe de Estado.

Pero el gobierno ha reaccionado con mucho vigor y rapidez. Los generales del Ejército Rojo han sido eliminados y toda la organización del Partido ha sufrido una purga y una limpieza completa. Pareció inmediatamente que a varios dirigentes les había picado el virus de la conspiración para derrocar al gobierno y trabajaban en connivencia con los agentes de los servicios secretos de Alemania y Japón.

Este hecho explica la actitud hostil del gobierno respecto a los extranjeros, el cierre de diversos consulados extranjeros en el país, etc. Francamente, nosotros no podemos condenar a la gente en el poder por haber reaccionado como lo han hecho si estaban persuadidos de lo que el proceso revela actualmente.

Es necesario, todavía una vez más, acordarse de que no se puede concluir con la falsedad de esas revelaciones por el solo hecho de que sean declaraciones de criminales de los que se han obtenido las confesiones.”

Dicho testimonio jamás es citado en una clase de historia, parece que si no se habla de él no existe.

Estudiemos ahora con más profundidad el asunto. Zinóviev y Kámenev se unieron a Trotski en su lucha contra la dirección del Partido, especialmente a partir de 1926 y 1927. Debemos recordar, que en el periodo 1922-1927, el Partido Bolchevique llevó a cabo una lucha ideológica y política contra la posición de Trotski, que pretendía demostrar que la construcción socialista era imposible en la URSS si no iba acompañada de una revolución victoriosa en un gran país industrializado. Es más, como hemos dicho Zinóviev y Kámenev se unieron a esta tesis y junto con Trotski formaron la Oposición Unificada. Su labor consistió en denunciar el ascenso económico-social de los kulaks, el supuesto burocratismo del Partido y en organizar fracciones clandestinas en su seno. Sus acciones les desacreditaron enormemente, por lo que en 1928 fueron expulsados del Partido.

Bujarin por su parte, protegió a los kulaks y pretendió disminuir los ritmos de la industrialización del país. En este contexto, en el verano de 1928 Kámenev y Bujarin se entrevistaron clandestinamente para formar un bloque que desplazara a Stalin. Precisamente este, entre 1922 y 1934 había permitido los debates y las “luchas” en el seno del Partido, incluso en los Congresos que se celebraron en aquel lapso de tiempo.

Esta situación resulta clave para enmarcar el asesinato de Serguéi Kirov, número 2 del Partido Bolchevique, por un grupo opositor el 1 de diciembre de 1934 en Leningrado. Stalin reaccionó de forma desordenada en un primer momento, es cierto, por lo que se depuraron muchos elementos opositores del Partido ante el temor de que planeasen acabar con el estado socialista, pero en ningún caso hubo violencia masiva.

La fiscalía en 1936, al reabrir el expediente del asesinato de Kirov, halló informaciones referidas a la creación, desde octubre de 1932, de una organización secreta de la que Zinóviev y Kámenev formaban parte. Estos junto a otros opositores recibían correspondencia de Trostki en la que los incitaba a realizar acciones más enérgicas contra Stalin (Ludo Mertens, Otra mirada Sobre Stalin, pp. 136-139). Tras estas revelaciones, en el mes de agosto se llevó a cabo el juicio contra los el grupo contrarrevolucionario Zinóviev-Kámenev-Smírnov, quienes hicieron varias referencias a Bujarin durante el mismo, aunque la Fiscalía al carecer de pruebas contra él lo dejó al margen del proceso. Los tres fueron hallados culpables de haber participado en el asesinato de Kirov y de ser parte de un complot contra el Estado (señalemos que tanto Zinóviev y Kámenev admitieron haber participado, ya que dieron su visto bueno moral al asesinato referido).

Las pruebas contra Bujarin comenzaron a reunirse en 1937. Según testimonio del menchevique Nikolaïevski, quien se encontraba en París y lejos de la “sed de sangre estalinista”, Bujarin comenzó a tratar con la oposición bolchevique asuntos internos del Partido y pretendía configurar un partido de oposición antibolchevique. A pesar de esta actitud inquietante, lo más peligroso eran sus relaciones con los conspiradores militares, quienes pretendían aniquilar a la dirección del Partido. En este sentido, conocemos la reunión clandestina entre Bujarin y el coronel Tokaïev (28 de julio de 1936), como así lo reconoció este último. Además, los conspiradores militares contaban con el viejo bolchevique para dar un aire de legalidad al golpe y se lamentaron no haber actuado antes cuando podían contar con él

Si no fuera suficiente, tenemos la confesión del mismo Bujarin en el proceso, durante el cual asistió el embajador estadounidense Davies y admitió que a Bujarin se le permitió hablar con total libertad. Incluso el mismo conspirador Tokaïev negó la posibilidad de que Bujarin hubiera sido torturado para hacerle confesar. (Mertens, pp. 136-172)

Solo muchos años después se comenzó a levantar falsas acusaciones para desacreditar la lucha contra los antirrevolucionarios, empezado por Kruschev, siguiendo por Stephen F. Cohen en la década de los 70 y terminando por Gorbachov, es decir, tenemos que la campaña fue lanzada por un revisionista que pretendía acabar con los colaboradores de Stalin (hay que mencionar que Kruschev fue acusado de derechista por Molotov y Ender Hoxa, mientras que el propio Zhukov lamentó haberle apoyado), un anticomunista y, por supuesto, por aquel que se encargó de hacer desaparecer a la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. Cuanto menos resulta revelador, ¿no creen?

Con todo lo expuesto hemos pretendido luchar contra la corriente historiográfica impuesta desde finales de la Segunda Guerra Mundial, que apenas se discute en las universidades españolas. Los datos aquí aportados no son comentados en los centros de enseñanzas españoles, ni siquiera para intentar rebatirlos. Desde el bachillerato, la escasa historia de la Unión Soviética que se enseña queda relacionada con los regímenes nazis y fascistas, puesto que todo queda englobado en un tema en el que se estudia los regímenes totalitarios. Por tanto, los y las estudiantes aprenden, como si fuera un dogma de fe, que la URSS fue una dictadura que provocó millones de muertos y en la que se reprimía a cualquier persona poco menos que por respirar. Falta de libertad, hambre, pobreza y muerte son las máximas que la educación española ha dejado para enseñar la historia del comunismo en general y de la URSS en particular, apoyándose en materiales de dudosa valía historiográfica y en un sistema propagandístico capitalista que es el primer interesado en demonizar la alternativa comunista.

En estas pocas líneas hemos tratado de ofrecer la visión más completa para desmontar la falsa acusación que pesa sobre el comunismo, no ha sido fácil puesto que es una labor más propia de una tesis que de un artículo, pero la síntesis es completa y válida para derrumbar la primera piedra de un muro de apariencias interesadas. El próximo mes continuaremos con esta labor.

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