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Despavoridas huyen las víctimas, como Acteón transformado en ciervo acosado por la jauría que va a devorarlo. Si aquel había visto el desnudo de una diosa, estos han comprobado que la estatua de la libertad no es más que piedra acicalada.
Por Antonio Monterrubio | 27/11/2025
El 21 de enero de 2025, al día siguiente de los fastos de su toma de posesión como presidente, el agente naranja desató una caza al hombre, la mujer y el niño por todo el territorio de la Unión. No de cualesquiera, desde luego. Los blancos de esta persecución eran los latinos, convertidos en chivos expiatorios para que sus ignorantes e indolentes feligreses no fueran conscientes de su condición de marionetas de la plutocracia. Desde la costa este hasta la oeste, de la frontera canadiense a la mexicana, los más elementales derechos humanos se vieron sistemáticamente conculcados. Con una violencia y brutalidad que evidenciaba su impunidad, agentes del I.C.E. –la temida y temible agencia para la inmigración y el control de aduanas–, disfrazados de invasores alienígenas, detuvieron a cuanto ser de piel morena y cabello negro se cruzara en su camino. Muy especialmente si tenían la imperdonable osadía de hablar en español, en lugar de maltratar la lengua de Shakespeare, como hacen ellos.
Despavoridas huyen las víctimas, como Acteón transformado en ciervo acosado por la jauría que va a devorarlo. Si aquel había visto el desnudo de una diosa, estos han comprobado que la estatua de la libertad no es más que piedra acicalada. Escuelas, hospitales, juzgados y hasta iglesias son profanados una y otra vez por esta nueva versión de las S.A., a pesar de la manifiesta oposición de una parte de la población. El derecho de asilo, que más o menos funcionaba incluso en los momentos más críticos de la Edad Media europea, no existe en la tierra de los libres y el hogar de los valientes.
Las ciudades y condados de mayoría demócrata que se habían proclamado santuarios se han visto invadidos por esa ralea sádica, sedienta de aliviar sus frustraciones en las carnes de quienes son más desdichados que ellos. Se ha llegado a proponer, por si la marea parda del I.C.E. no es suficiente, echar mano no solo de las policías locales, sino del ejército, en su avatar de Guardia nacional. La Constitución estadounidense prohíbe explícitamente el uso de las fuerzas armadas dentro del territorio nacional, pero eso no es obstáculo en esta segunda edición del delirio trumpista. Según él y los suyos, la intervención de los militares en asuntos internos está autorizada si es contra un enemigo.
La triquiñuela es poco sutil: los inmigrantes son el enemigo que quiere destruir el modo de vida americano. El mexicano –palabra que, para los incultos esbirros del Poder y sus no menos estultos pastores y mastines, engloba a todo aquel que proviene de algún lugar entre el Río Grande y la Tierra de Fuego– ha pasado a ser causa universal de los males pasados, presentes y futuros. Ya desde su primera candidatura, Trump y sus esperpénticos monaguillos crearon un estereotipo de criminal, violador y narcotraficante superponible a cualquier sujeto de rasgos hispanos.
Es necesario insistir en este punto. Los ilegales procedentes de Europa, en particular del este, no han sido apenas molestados. Podría pensarse que su aspecto físico los protege, al camuflarse con facilidad entre la masa de población blanca. Pero es que los que vienen de Asia sudoriental o incluso de Oriente Medio tampoco están teniendo, al menos de momento, los gravísimos problemas de los latinos. Tan solo en el primer mes de la segunda temporada de Paranoia Naranja, fueron deportadas casi 38 000 personas. El gran objetivo de los nigromantes del MAGA, su solución final, es la expulsión de once millones de indocumentados. Esta cifra mágica permanece en candelero desde la primera etapa del trumpismo.
El entramado pseudolegal que justifica los pogromos masivos entronca con la malhadada doctrina de la Operation Wetback que posibilitó, a partir de 1954, la expulsión de entre un millón y un millón trescientos mil emigrantes mexicanos. Solo que ahora, en tiempos donde la megalomanía del Poder se ayunta con una sofisticada maquinaria de control social, el objetivo es mucho más ambicioso. Y poco importa que esta despiadada política cree serias complicaciones en sectores económicos como agricultura, construcción, hostelería o cuidados. En su caso, se improvisa algún parche de emergencia, y se continúa con la barbarie. Hay que alimentar cada día el sadismo depravado e implacable de la jauría humana que constituye su base electoral. Que miles de vidas queden destrozadas, que los sueños de otras muchas vuelen en pedazos no entra en la ecuación.
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