La insurgencia que no cesa en Baluchistán

Por Angelo Nero

Desde la fundación del estado de Pakistán, en 1947, los baluchis, que habitan la mayor de las cinco provincias de la República Islámica –un 44% de su territorio-, la más rica en recursos, aunque la menor poblada –diez millones apenas, diluidos entre los doscientos millones de pakistanís-, y la menos desarrollada económicamente, han luchado por mantener su identidad cultural y política, muchas veces con las armas en la mano. La provincia pakistaní de Baluchistán está habitada por un 54 % de baluchis y un 29 % de pastunes, existiendo también presencia de hazaras, makranis, sindhis y punjabis.

Baluchistán se extiende más allá de las fronteras de Pakistán, a lo largo del este de Irán y del sur de Afganistán, lo que ha facilitado la aparición de la insurgencia, combatida con saña por los militares pakistanís, conscientes del peligro real para la continuidad del estado, ya debilitado por los interminables conflictos de Punjab y Cachemira, si los baluchis consiguieran su independencia, algo que también animaría las reclamaciones de los sindhis, los pashtun o los seraikis. También hay que tener en cuenta que en Baluchistán se encuentra el 36% de la producción de gas del estado pakistaní, y tiene importantes yacimientos de carbón y cobre, incluso explotaciones de oro y una importante bolsa de petróleo.

Los baluchi son una comunidad islámica sunita, que tiene su propio derecho consuetudinario, el Rawah, diferenciado por su tolerancia frente al estricto código Pastunwali de sus vecinos afganos. Poseen también su propia lengua, perteneciente al grupo noroccidental de las leguas iranias, hablado por unos diez millones de personas de los tres estados en los que se divide la nación baluchi, y también en las poblaciones baluchis de Turkmenistán.

Lejos de acabar con el sentimiento separatista, el asesinato del líder baluchi Nawab  Akbar Bugti –tamandar (jefe) de la importante tribu Bugti-, por parte de los servicios de inteligencia pakistanís, en 2006, avivó la llama de la revuelta, entendiendo que el único camino hacia la libertad del pueblo baluchi era la lucha armada. Akbar Bugti había sido ministro de defensa, en el gabinete del presidente pakistaní Feroz Khan Noon, de origen baluchi, y, posteriormente, gobernador de la provincia de Baluchistán, desde donde fue acusado por el gobierno central de iniciar una guerra de guerrillas contra el estado.

Pero la insurgencia baluchi viene de más atrás, prácticamente desde su división, en el siglo XIX entre Irán, Afganistán y la India británica, y se acrecentó con la declaración de independencia de Pakistán, en 1947, cuando Mir Ahmed Yan Khan, rey de Kalat –uno de los cuatro kanal en los que estaba dividido Baluchistán- proclamó también la independencia de su territorio. Este Baluchistán independiente tuvo una efímera existencia, ya que seis meses después, Kalat fue invadido por el recién creado ejército pakistaní, que habría de tener un papel destacado, hasta hoy en día, en la política de la república islámica. Fue el hermano del rey, el príncipe Abdul Karim, quien lideró la primera rebelión baluchi, con la intención de crear un estado independiente y socialista, aunque fracasó por una brutal represión pakistaní, y por la falta de apoyo de Afganistán y de la Unión Soviética, a los que había pedido respaldo para las aspiraciones del pueblo baluchi, especialmente a estos últimos, dada su sintonía política. La mal armada resistencia baluchi fue derrotada y el príncipe Abdul Karim encarcelado durante 25 años, convirtiéndose en un símbolo de la lucha de su pueblo.

En 1958 hubo un nuevo alzamiento, el de Nowroz Khan, Nawab y líder de la tribu Zehri, combatiendo a lo largo de un año a las fuerzas pakistanís al mando del teniente coronel Tikka Khan, hasta que acordó rendirse a cambio de una amnistía que no fue cumplida, por lo que terminó, junto a sus partidarios, en la cárcel, donde murió en 1964, convirtiéndose en otro de los mártires de la causa baluchi.

Inspirado por las luchas de liberación de inspiración marxista-leninista que incendiaban el tercer mundo, Jumma Khan crea en Damasco, en 1964, el Baloch Liberation Front (BLF), que logró el apoyo –con armamento y logística- de los gobiernos de Siria e Irak, participando en la revuelta de los baluchis en Irán, donde fueron derrotados tras cinco años de combates y cambiando su escenario de operaciones a Pakistán, donde combatirían desde 1973 hasta 1977, durante el gobierno de Zulfikar Ali Bhutto, e utilizando Afganistán como refugio, y un importante apoyo de los servicios de inteligencia indios. Tras el golpe de estado del general Zia ul-Haq, que derrocó a Bhutto, se negoció un acuerdo con los insurgentes baluchis.

El general Zia ul-Hap gobernó hasta su muerte, en 1988, y le sucedió un periodo democrático, presidido por Benazir Bhutto, hasta que el general Pervez Musharraf dio un nuevo golpe de estado en Pakistán, en 1999, y la situación en Baluchistán volvió a tensionarse, y el BLF que había desaparecido, resurgió en 2004, bajo el mando de Allah Nazar Baloch, un médico que habría de convertirse en uno de los rostros más conocidos de la insurgencia,  comenzando una nueva ofensiva contra el ejército pakistaní que ha acusado a este grupo de matanzas como la de Turbat, en la que murieron veinte trabajadores de la Organización de Trabajos Fronterizos (FWO), un organismo vinculado al ejército, mientras trabajaban en la construcción de la autopista de Gwadar, el controvertido puerto proyectado por China.

«El Ejército y los servicios de inteligencia paquistaníes son los principales responsables del germen del islamismo radical en Baluchistán: por un lado buscan desviar la atención sobre nuestras reivindicaciones nacionales y, por otro, utilizan a extremistas islámicos para destruir nuestro movimiento», denunciaba Nazar Baloch, en referencia a grupos islamistas como Lashkar-e-Jhangvi y Tehrik-e-Taliban, ambos afines al Estado Islámico.

En 2006 ya eran siete los grupos baluchis que combatían, -los principales son el Baloch Liberation Army (BLA), Baloch Liberation Front (BLF) y Baloch Republican Army (BRA)- siendo uno de los más activos el BLA, fundado dos años antes por Khair Bakhsh Marri –los Marris son, junto a los Bugtis, las principales tribus del pueblo baluchi- manteniendo una gran intensidad de ataques a gaseoductos, instalaciones militares e infraestructuras de transporte y energéticas, cuya acción más notable fue el lanzamiento de 14 bombas en la visita del general Pervez Musharraf, en 2005.

A lo largo de todos estos años, el gobierno pakistaní ha fomentado el tribalismo entre los baluchis, fuertemente arraigado en su cultura, que, hasta el momento, había impedido la formación de un movimiento nacionalista unificado, a menudo los grupos insurgente se han identificado con una tribu, los Bugti o los Marri, enfrentándolos entre sí. A pesar de esto, en 2008 los cuatro principales partidos políticos baluchis formaron una organización llamada Ittehad (Unidad), pero no con la intención de acudir juntos a las elecciones, sino para boicotearlas. Estos cuatro partidos representan a la mayoría del pueblo baluchi y son:

Balochistan National Party Mengal (BNP-M): Asociado a la tribu Mengal y fundado por Sardar Ataullah Mengal. De tendencia izquierdista, demanda una mayor autonomía para la provincia, dejando en manos del gobierno central solo las competencias de defensa, asuntos exteriores, moneda y comunicaciones.

Baloch Haq Tawar (BHT): Asociado a la tribu Marri, fue fundado por Nawab Kahir Bakhsh Marri, uno de los líderes de la insurgencia baluchi. De hecho su hijo, Nawabzada Balach Marri, dirigió el Balochistan Liberation Army (BLA), hasta su muerte, en 2007.

National Party (NP): Formado por militantes provenientes de la clase media urbana, y opuestos al sistema tribal, esta formación, dirigida por Abdul Hayee Baloch, tiene una fuerte implantación en la costa de Makran, desde donde se oponen a los proyectos del gobierno central como el puerto de Gwadar.

Jamhoori Watan Party (JWP): Asociado a la tribu Bugti, y fundado en 1990 por Nawab Akhbar Bugti, que lo dirigió hasta su muerte, en 2006. Este camaleón de la política baluchi, fue, como dijimos antes, ministro de interior y gobernador, en los años setenta, y primer ministro de Baluchistán en 1988. Buscó soluciones políticas a la vez que financiaba a la guerrilla, y su legado está partido en dos: el JWP liderado por su hijo Nawab Talal Bugti, partidario de la negociación y de la vía política; y la escisión comandada por Nawab Brahamdagh Khan Bugti, Balochista Republican Army (BRP), que lucha por la independencia de Baluchistán, y rechaza cualquier acercamiento al gobierno, gozando de gran seguimiento entre los jóvenes y la clase media.

Balochistan Students Organization (BSO): formada en 1967, el BSO surgió como una fuerza juvenil independiente, que a las demandas de educación y empleo para los jóvenes suman las reivindicaciones nacionales, y son uno de los principales caladeros de la insurgencia. Fue ilegalizada en 2013.

Al tradicional enemigo pakistaní se le ha unido Irán, que teme que el movimiento baluchi coja fuerzas y pretenda la reunificación con los territorios de este pueblo dentro de sus fronteras, mientras que China quiere continuar con su expansión económica, para lo que es vital el puerto de Gwadar, para completar el Corredor Económico China-Pakistán -3.000 km desde la Región Autónoma Uigur de Xinjiang, en el noroeste de China, hasta Gwadar, atravesando Baluchistán- un proyecto que ha tenido mucha oposición entre los baluchis, que no se han visto beneficiados con él, y que ha cambiado drásticamente la demografía de la región, con la llegada de inmigrantes punjabis y pastunes. Mientras que India e EEUU también tienen sus propios intereses geoestratégicos en la región, algo que convierte a Baluchistán en un polvorín a punto de explotar y de incendiar a una zona altamente inflamable.

Tras la salida de la presidencia del general Musharraf, en 2009, hubo un breve periodo de tregua, aunque los grupos insurgentes volvieron a tomar las armas ante el incumplimiento de las promesas del nuevo gobierno, incrementándose la activad armada a partir de 2011, bajo la presidencia del viudo de Benazir Bhutto (que había muerto en un atentado en 2007), Asif Ali Zardari. Desde entonces, el apoyo a la insurgencia baluchi no ha dejado de crecer, sobre todo por la represión del ejército y de la policía, y por la ausencia de políticas que fomenten el desarrollo de Baluchistán. Las operaciones militares se han destacado por un uso indiscriminado de la fuerza, con ataques aéreos y amplios despliegues de tropas, que han provocado un gran número de víctimas entre la población civil, y un éxodo incalculable de las áreas en conflicto.

“Durante las operaciones antiterroristas, las fuerzas de seguridad paquistaníes suelen ser responsables de graves violaciones de derechos humanos, como torturas, desapariciones forzadas, detenciones sin cargos y ejecuciones extrajudiciales, según los defensores de los derechos humanos y los abogados defensores de Pakistán. Las leyes contra el terrorismo también se siguen utilizando indebidamente como instrumento de coerción política. Las autoridades no permiten la supervisión independiente de los juicios en los tribunales militares y a muchos acusados ​​se les niega el derecho a un juicio justo.” Ha denunciado en un informe de 2019 la organización en defensa de los derechos humanos Human Rights Watch.

La insurgencia baluchi, además de enfrentarse al ejército y a la policía pakistaní, combate a grupos paramilitares creados por el ISI, el servicio secreto de Islamabad, como Tehreek-e-Nefaz-e-Aman Balochistan (TNAB, Movimiento por el Restablecimiento de la Paz en Baluchistán), que tiene en su correspondencia política al Mutahida Mahaz Baluchistán (Frente Unido de Baluchistán), de Siray Raisani, hermano del primer ministro provincial.

La disidencia baluchi es perseguida más allá de su tierra. En 2020, el cadáver del periodista baluchi Sajid Hussain fue encontrado flotando en un río a las afueras de Uppsala (Suecia), y unos meses después, Karima Baloch, dirigente del Balochistan Students Organization (BSO), refugiada en Canadá, aparecía muerta en un lago de Toronto. Aunque ninguna de las dos muertes ha sido aclarada, todo parece indicar a la alargada mano de los servicios de inteligencia pakistanís.

En algunas comunidades de la diáspora baluchi se ha activado la campaña Free Balochistan, como en Londres, donde sus activistas han cubierto los míticos autobuses de dos pisos con este lema, al que añadían la frase “Save the Baloch people”, o han volado una avioneta con la leyenda “Justice for Balochistan”, en verano de 2019, en Leeds, sobre la final de la Copa del Mundo de cricket entre Pakistán y Afganistán. Toda iniciativa es poca para evitar que Baluchistán siga en esa zona de sombra informativa en la que los grandes estados hacen sus negocios, siempre al margen del pueblo al que no le queda otra opción que defenderse o desaparecer.

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