La herida de Galicia

Por Iria Bouzas

“En Galicia no se pide nada. Se emigra” Alfonso Daniel Rodriguez Castelao.

Si la situación de la España del Siglo XIX era muy difícil para todos los españoles, la situación de Galicia en ese momento se podía calificar como totalmente dramática. Con un pueblo dependiente casi totalmente de una agricultura incapaz de generar producción suficiente para alimentar a toda la población, las hambrunas se sucedían sumiendo a los gallegos en la mayor de las desesperaciones.

La emigración a América se convirtió entonces, en la única salida para varias generaciones de jóvenes que se encontraban con la obligación de garantizar el sustento a sus familias además de luchar por su propia subsistencia.

A través de las cartas que relataban una situación idílica (que los propios remitentes endulzaban para no preocupar a sus familias) y viendo las condiciones de prosperidad económica que traían los retornados, se creó en el imaginario colectivo gallego una imagen mitificada y muy apartada de la realidad que hacía de América la “tierra prometida” a la que viajar para hacer fortuna.

Múltiples fueron los motivos que forzaron a generaciones enteras de gallegos a tener que emigrar. Algunos fueron económicos como la ya antes mencionada hiperdependencia de la agricultura, se sumaron otros factores como los problemas en las comunicaciones que mantenían a Galicia prácticamente aislada y sumida en un sistema totalmente autárquico con escasas relaciones comerciales y todas ellas basadas en el truque que provocaban que la circulación de dinero fuese apenas inexistente.

foto: machbel.com

Pero también existieron muchos motivos políticos. La obligatoriedad del servicio militar en una época donde los conflictos bélicos se sucedían, llevó a muchos jóvenes a huir ante la posibilidad de ser reclutados. Cabe recordar, que los que tenían que emigrar para escapar de la muerte casi segura que suponía el ser alistado solo eran jóvenes pertenecientes a las clases bajas puesto que la ley de la época permitía ser relevado de la obligatoriedad del servicio militar si se pagaban a las arcas reales unas elevadas cuantías de dinero.

Una vez más, la desgracia y la lucha por la supervivencia de un pueblo, en este caso el gallego, se convirtió en un próspero negocio para unos cuantos. Al amparo del hambre de algunos, otros fundaron navieras que se encargaron de tener personas recorriendo los pueblos y aldeas gallegos para buscar a jóvenes a los que convencer de las bondades de la emigración mientras les aseguraban que se le facilitarían todos los trámites para poder salir del país.

Lo que no les contaban eran las condiciones que harían esos viajes de pesadilla. Dependiendo de su destino y una vez embarcados desde los puertos de A Coruña o Vigo, aquellos gallegos se encontraban en barcos masificados con más viajeros de los que era seguro transportar. Las navieras y los consulados fomentaban esta práctica porque al permitir viajar a los emigrantes hacinados, podían abaratar el precio de los billetes y captar así cada vez a personas más pobres.

La legislación española de la época no contemplaba apenas medidas de protección para estos viajeros. El único interés de las autoridades españolas sobre los emigrantes gallegos no era el de los abusos a los que eran sometidos una vez que subían a los barcos, su interés se centraba exclusivamente en asegurarse que no hubiese desertores del servicio militar.

El perfil de estos gallegos que quedaban a merced de las navieras y los cónsules sin escrúpulos, era el de un joven del medio rural, en muchos casos analfabetos y que en su mayoría no llegaban a los 25 años.

Las mujeres no emigraron en masa porque, entre otros motivos, existían limitaciones jurídicas a su salida del país si no iban acompañadas o si no eran reclamadas por algún pariente que estuviese asentado en el país de destino.

La mayoría de los jóvenes que subían a esos barcos, lo hacían creyendo que estaban emprendiendo un viaje de ida y vuelta pero casi todos ellos solo usaron el billete de ida y terminaron sus días lejos de su tierra y sus familias añorando su país, sus tradiciones y su cultura.

La emigración fue y es la sangre que brota incesante de la herida que hace siglos que tiene abierta Galicia. Cada joven que se va es algo de fuerza y de vida que pierde la tierra que le vio nacer.

Yo solo me pregunto, ¿hasta cuándo va a seguir pagando Galicia con su sangre por una herida que otros le han hecho?

5 thoughts on “La herida de Galicia

  • 20/09/2018 at 10:45 pm
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    Que quere decir pois pramin todos son corruptos chamese PP PSGA BNG etc etc como no resto de España

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  • Juan Antonio Martin Salgado
    25/03/2018 at 6:31 pm
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    Muy buen articulo..esta es una tierra muy buena y con muchas posibilidades..hay ke mentalizar a la sociedad galega ke la rikeza la tenemos aki…

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  • 24/03/2018 at 4:14 pm
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    Unos pequeños matices sobre este artículo

    Primero: lxs emigrantes NUNCA eran analfabetos. Saber leer y escribir era indispensable para emigrar y para desenvolverse en el lugar de destino, así como para cartearse con la familia de origen.

    Segundo: Lxs gallegxs no emigramos más por el servicio militar ni por una hiperdependencia de la agricultura. Si fuera así, por que no emigraban tanto lxs andalucxs? que también vivían casi exclusivamente de la agricultura? No. Emigramos más durante el XIX por el carácter parcelario de la propiedad de la tierra. Lxs emigrantes gallegxs podían vender sus parcelas y así pagarse el pasaje con destino a la emigración, algo que en territorios con una economía-política diferente, como el caso andaluz, nunca se podría dar.

    Tercero: La emigración llegó a ser durante el XIX una estrategia de reprodución familiar. Puesto que la Corona se financiaba sobre todo con impuestos de pequeños propietarios (o pripietarias, porque en Galicia la mujer también heredaba) una pareja al casarse debía organizar muy bien las funciones de cada un/a de lxs hijxs. De forma que, si tenían 5 (por ejemplo) Dos se podrían dedicar a la agricultura y se repartirían la hacienda familiar, otrx casaba fuera de casa y se iba a vivir con su pareja a otra hacienda, otro podría dedicarse a oficios eclesiásticxs o ser reclutado (varones siempre) y el último, que solía ser el más espabilado, vendía su parte de la herencia (antes o después de la muerte del padre o la madre) y se iba a “hacer las américas” con la esperanza de volver como “indiano” (eran generalmente varones, pero no siempre).

    Es decir, no se dejaba nada al azar. Las emigraciones en un alto porcentaje eran la consecuencia indirecta de un régimen político español que tenía a Galiza como territorio de extracción que, en el caso de lxs caseiros (familias con hacienda propia) suponía unos impuestos enormes. Luego tampoco es cierto que fuesen lxs más pobres, de las clases más bajas lxs que emigrasen. Emigraba quien tenía esperanza de prosperar y podía pagarse el pasaje, exactamente igual que ahora en todos los países del 3º mundo.

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