La gordofobia: el negocio de hacernos creer que nuestro cuerpo siempre está mal

Existe una diferencia enorme entre preocuparse por la salud de una persona y utilizar la salud como excusa para justificar la discriminación.

Por Isabel Durán Báez | 10/07/2026

No nacemos odiando nuestros cuerpos. Aprendemos a hacerlo. La gordofobia no consiste únicamente en insultar a una persona por su peso o hacer comentarios sobre su aspecto físico. Es un sistema de discriminación que atraviesa la medicina, la educación, el mundo laboral, la moda, los medios de comunicación y, sobre todo, una industria multimillonaria que necesita que las mujeres vivamos convencidas de que nunca somos suficientes.

Desde niñas aprendemos que ocupar poco espacio es una virtud. Que ser delgada es sinónimo de éxito, salud, belleza, disciplina e incluso de valor moral. Mientras tanto, el cuerpo gordo se presenta como un fracaso, como algo que debe corregirse, esconderse o transformarse. Pero ¿quién gana con todo esto?  La respuesta es sencilla: una enorme maquinaria económica.

La industria de las dietas, los productos «milagro», los tratamientos estéticos, la cirugía, los suplementos, las cremas reductoras, las aplicaciones para contar calorías, los gimnasios convertidos en espacios de culpabilidad y buena parte del mercado de la moda viven de una promesa imposible: que, si haces lo suficiente, algún día alcanzarás el cuerpo correcto. Y ese día nunca llega. Porque el negocio no consiste en que te aceptes, sino en que siempre encuentres un nuevo defecto que corregir.

A esto se suma una presión constante sobre las mujeres que rara vez recae con la misma intensidad sobre los hombres. A ellos se les permite envejecer, cambiar físicamente o ganar peso sin que eso eclipse el resto de su identidad. A nosotras se nos sigue evaluando, antes que nada, por nuestro aspecto. Sin embargo, criticar la gordofobia no significa negar la importancia de la salud.

Existe una diferencia enorme entre preocuparse por la salud de una persona y utilizar la salud como excusa para justificar la discriminación. La obesidad puede aumentar el riesgo de desarrollar determinadas enfermedades, como la diabetes tipo 2, la hipertensión o algunos problemas cardiovasculares. Pero reducir toda la salud al peso corporal es una simplificación peligrosa.

Hay personas delgadas con enfermedades graves y personas gordas con buenos indicadores de salud. El peso es solo uno de los muchos factores que influyen en el bienestar.

El problema aparece cuando cualquier síntoma de una persona gorda se atribuye automáticamente a su peso. Muchas mujeres cuentan cómo sus dolores, problemas hormonales o enfermedades fueron ignorados durante años porque la única respuesta que recibían era: «pierde peso». En algunos casos, ese sesgo ha retrasado diagnósticos importantes.

La gordofobia también tiene consecuencias psicológicas. La vergüenza corporal, el miedo a comer en público, los trastornos de la alimentación, la ansiedad o el aislamiento social no aparecen por casualidad. Surgen en una sociedad que convierte el cuerpo en un examen permanente.

Y las redes sociales no han hecho más que intensificar esa presión. Aunque hoy existen más discursos sobre diversidad corporal, también vivimos rodeadas de filtros, retoques digitales y cuerpos imposibles que se presentan como naturales. Se vende la autoestima mientras se alimenta la inseguridad. Desde una perspectiva feminista resulta imposible separar la gordofobia del control histórico ejercido sobre el cuerpo de las mujeres.

Durante siglos se nos ha exigido ser discretas, bellas, jóvenes, depiladas, sonrientes y, por supuesto, delgadas. Cada norma estética implica tiempo, dinero y energía que dejamos de dedicar a otras cosas: estudiar, descansar, crear, participar políticamente o simplemente vivir sin estar pendientes del espejo.

No se trata de prohibir que alguien quiera adelgazar, ir al gimnasio o cuidar su alimentación. El feminismo defiende la libertad de las mujeres para decidir sobre su cuerpo. La pregunta importante es otra: ¿esa decisión nace de un deseo propio o de una presión constante que nos ha enseñado que solo merecemos aceptación si cambiamos nuestro aspecto?

Quizá la verdadera revolución no consista en amar nuestro cuerpo todos los días. Tal vez baste con dejar de convertirlo en el centro de nuestro valor. Porque una mujer no debería tener que adelgazar para ser escuchada. No debería pedir perdón por el espacio que ocupa. Y, desde luego, no debería sostener con su inseguridad una industria que obtiene beneficios precisamente de convencerla de que nunca será suficiente.

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