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El problema nunca ha sido cocinar, cuidar o lavar; el problema es que históricamente esas tareas se han impuesto a las mujeres como su única opción, sin reconocimiento ni compensación.
Por Isabel Ginés | 27/02/2025
El comentario de ese hombre refleja una falacia común que busca deslegitimar el feminismo mediante una comparación absurda entre el trabajo doméstico y el empleo remunerado. Su argumento parte de la premisa errónea de que las mujeres rechazan el hogar por considerarlo “sumisión” mientras aceptan el empleo como “empoderamiento”, ignorando por completo la raíz del problema: la desigualdad estructural y la falta de elección real. Este tipo de discurso no solo simplifica una problemática compleja, sino que también desvía la atención de las verdaderas causas de la lucha feminista, que busca equidad y justicia en todos los ámbitos de la vida.
El problema nunca ha sido cocinar, cuidar o lavar; el problema es que históricamente esas tareas se han impuesto a las mujeres como su única opción, sin reconocimiento ni compensación. No se trata de que el feminismo “haya engañado” a las mujeres para despreciar el hogar, sino de que ha denunciado cómo el patriarcado ha limitado sus posibilidades a ese único rol. Mientras tanto, los hombres, que supuestamente valoran tanto esas tareas, rara vez están dispuestos a asumirlas como su principal ocupación. Esta contradicción evidencia que el discurso de quienes critican al feminismo desde esta perspectiva carece de coherencia, ya que no están dispuestos a renunciar a sus privilegios para asumir las responsabilidades que tanto dicen valorar.
Por otro lado, el argumento de que trabajar en una oficina también implica obedecer a un jefe y, por lo tanto, no es “empoderamiento”, es una falsa equivalencia. La diferencia crucial es que el trabajo remunerado otorga independencia económica y la posibilidad de elegir, mientras que el trabajo doméstico impuesto a las mujeres históricamente ha sido una forma de dependencia. Si las mujeres no tienen ingresos propios, quedan en una posición de vulnerabilidad frente a sus parejas, sin poder salir de situaciones de abuso o simplemente sin la posibilidad de decidir sobre su propia vida. El acceso al empleo remunerado no solo les brinda recursos económicos, sino también autonomía y la capacidad de tomar decisiones libres sobre su futuro.
Si cocinar y cuidar no es sumisión, ¿por qué tantos hombres como él no eligen hacerlo en lugar de ir a la oficina? Porque el problema no es el acto en sí, sino la desigualdad en la distribución de las responsabilidades. Si realmente creen que quedarse en casa es tan maravilloso y que el empleo es una esclavitud, ¿por qué no cambian de rol? La respuesta es sencilla: porque en el fondo saben que el poder y la autonomía no están en el hogar impuesto, sino en la capacidad de decidir. Y eso es precisamente lo que el feminismo exige: libertad de elección, reconocimiento del trabajo doméstico y corresponsabilidad real.
El feminismo no busca despreciar el trabajo doméstico, sino reivindicar su valor y redistribuirlo de manera equitativa. No se trata de que las mujeres deban rechazar el hogar, sino de que tanto hombres como mujeres tengan la libertad de elegir cómo quieren vivir sus vidas, sin que las tareas de cuidado y mantenimiento del hogar recaigan exclusivamente sobre ellas. Además, el feminismo busca que el trabajo doméstico sea reconocido como lo que es: un trabajo esencial que sostiene la sociedad y que, por lo tanto, merece ser valorado y compensado de manera justa.
El comentario de ese hombre no solo refleja una comprensión superficial del feminismo, sino también una resistencia a cuestionar los privilegios que el sistema patriarcal le ha otorgado. El feminismo no es un movimiento que busque enfrentar a hombres y mujeres, sino que lucha por construir una sociedad más justa e igualitaria, donde todas las personas, independientemente de su género, tengan las mismas oportunidades y derechos. La verdadera libertad no está en imponer roles, sino en permitir que cada individuo decida cómo quiere vivir, sin cargas desiguales ni limitaciones impuestas por estereotipos de género.
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