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Lejos de ofrecer una visión romántica de la clase trabajadora, Petri construye una película incómoda y profundamente crítica.
Por Jaime Campillos | 6/06/2026
A principios de la década de los setenta, en plena efervescencia de los años de plomo y los conflictos laborales que sacudían Italia y buena parte de Europa occidental, el director italiano Elio Petri estrenó La clase obrera va al paraíso (La clase operaia va in Paradiso), una de las películas más incisivas y perturbadoras que ha producido el cine político europeo. Más de medio siglo después, la obra conserva una sorprendente capacidad para interpelar al espectador contemporáneo.
Esta cinta retrata las condiciones de explotación del trabajo industrial en el capitalismo y anticipa muchas de las contradicciones que siguen definiendo a día de hoy la vida laboral de millones de personas alienadas por la competitividad permanente y la subordinación a la productividad.
Lejos de ofrecer una visión romántica de la clase trabajadora, Petri construye una película incómoda y profundamente crítica. Su protagonista, Ludovico Massa, conocido como Lulù, no es ni un líder sindical ni un revolucionario que toma fábricas. Más bien es un obrero obsesionado con producir más que nadie, convertido en el trabajador ideal para una empresa que premia el rendimiento. Por este motivo, la película resulta poderosa ya que sitúa el conflicto político en el trabajador y muestra cómo la propia explotación termina colonizando la conciencia de quienes la sufren.
La trama se desarrolla en una gran fábrica metalúrgica del norte de Italia. Lulù trabaja en una cadena de producción con un ritmo vertiginoso. Su habilidad para superar constantemente los objetivos fijados por la empresa lo convierte en una figura querida por la patronal y despreciada por muchos de sus compañeros. Mientras otros trabajadores cuestionan las condiciones laborales o son miembros sindicatos, nuestro protagonista se limita a producir. La propia identidad de Lulù se pervierte y empieza a girar alrededor de la fábrica. Vive para trabajar y para seguir siendo reconocido dentro de un sistema que lo consume.
La elección de este personaje es fundamental para entender la propuesta de Petri en esta película. En muchas representaciones cinematográficas del movimiento obrero, el conflicto surge de una conciencia colectiva formada y militante. En este caso sucede lo contrario pues Lulù es, en cierto modo, un producto perfecto de la industrialización. Ha logrado interiorizar los valores de la empresa y destaca por ser productivo, competente y disciplinado.
El filme encuentra uno de sus momentos decisivos cuando el protagonista sufre un accidente laboral y pierde un dedo. Este episodio actúa como una ruptura con una gran carga simbólica y psicológica. De la noche a la mañana, el trabajador modélico comprende que para la empresa no es más que una pieza intercambiable dentro del engranaje, totalmente desechable si fuera necesario. La mutilación física del personaje hace que este descienda a una parte recóndita de su psique que le hace comprender que el sistema al que tan vehementemente servía reduce al individuo a la mera capacidad productiva.
Por supuesto este descubrimiento no es una iluminación inmediata, ni sucede como una epifanía. El proceso es complejo y contradictorio. La actitud de Lulù oscila entre la rebeldía y la resignación. Quiere ser solidario con sus compañeros, pero al mismo tiempo desea recuperar su antiguo puesto. Este sentimiento dota de profundidad a la película. La conciencia política de enfrentarse a los conflictos internos como las propias dudas que pueden surgir o el ser tibio a la hora de tomar decisiones. Dentro del propio proletariado industrial hay tensiones que evidencian la fragmentación de la clase trabajadora propiciada por el capital.
Quizá por eso esta película sigue siendo tan relevante en el siglo XXI. Aunque las grandes fábricas de tradición fordista han perdido protagonismo en muchas economías occidentales, las dinámicas rapiñadoras que denuncia Petri continúan presentes bajo nuevas formas como la presión por aumentar la productividad, la vigilancia enfermiza del rendimiento y la precarización del empleo por no mencionar la subordinación del tiempo personal a las voluntades de las empresas.
De hecho, muchos de los espectadores que vean este filme hoy podrán reconocer en Lulù Massa rasgos que ya no son únicamente propios e inherentes al obrero industrial. El trabajador de una plataforma digital o el empleado sometido a objetivos de venta son las dos caras de la misma moneda. Han cambiado las tecnologías y las formas de organización productiva pero persiste la lógica de valorar a las personas por su rendimiento.
Se plantea, entonces, una pregunta fundamental: ¿es posible recuperar la humanidad en un entorno dominado por el capital? La respuesta permanece abierta. Petri decide no mojarse demasiado y en su lugar propone una reflexión crítica sobre las condiciones necesarias para tener una vida digna.
En definitiva, cincuenta años después del estreno, La clase obrera va al paraíso sigue siendo una de las grandes películas políticas europeas. Su fuerza se concentra y reside en áreas como la denuncia de una realidad histórica concreta pero además tiene capacidad para poner en el punto de mira los mecanismos de dominación que continúan operando hoy en día bajo nuevas formas y nombres diferentes.
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