La encrucijada alemana por el cambio climático

Por su hegemonía en Europa y tras la llegada de un pomposo negacionista climático como Donald Trump a la presidencia de Estados Unidos, la voz de Alemania ha ganado fuerza en defensa del Acuerdo de París. Con casi un 10 % de las emisiones mundiales de CO2, la UE en su conjunto es todavía uno de los grandes responsables del problema y, por tanto, uno de los bloques a los que se exige más contundencia. China produce el 30 %, y EEUU el 14 %.

Mina de lignito próxima a Pödelwitz, al este de Alemania. STEPHAN FLOSS

Alemania se ha considerado a sí misma como líder mundial en la lucha contra el cambio climático. Impulsó un programa para incentivar las energías renovables que ha conseguido que hasta el 35 % de la electricidad que se produce actualmente en el país provenga de fuentes limpias, los récords en abastecimiento nacional de energía eólica y solar se baten recurrentemente y la conciencia social les ha convertido en un ejemplo entre las grandes naciones industriales. Pero, aún así, algo falla en este modelo.

La sociedad alemana tiene conciencia climática. Una encuesta realizada el año pasado señalaba que el 71 % de la población tiene el cambio climático como principal preocupación y acepta pagar más en su recibo de la energía si eso supone un mayor uso de renovables. El país está invirtiendo más de 500 mil millones en energía limpia, pero todavía está luchando para frenar su dependencia de la energía del carbón. Como resultado de esto, están en peligro sus ambiciosos objetivos para reducir las emisiones y cumplir su parte para evitar el calentamiento global.

El carbón está resultando una pesada carga para Alemania, una losa negra sobre la espalda de Merkel. Además de aumentar la energía eólica y solar, también ha cerrado muchas sus plantas nucleares de bajo carbono, pero el carbón ha quedado en gran parte sin tocar y ahora genera el 40 por ciento de la electricidad del país. Gran parte de eso proviene del lignito, una forma de carbón de grado bajo y particularmente sucia y cuyo daño medioambiental se calcula en 16 800 millones de euros.

La eliminación del carbón es factible, y hay un ejemplo claro. Gran Bretaña promulgó recientemente un impuesto al carbono y ha reemplazado casi todo su uso de carbón con energías renovables y gas natural.. Esto ha tenido un coste. El sur de Gales, una antigua región minera, ahora lucha contra la alta pobreza y el desempleo, pero es algo que se solucionaría destinando fondos para crear nuevos empleos y reeducar a los mineros en el desarrollo de nuevas actividades económicas.

Las naciones del mundo se reúnen en diciembre para una nueva ronda de conversaciones sobre el clima en Polonia. Lo que Alemania decida hasta entonces tendrá efecto sobre el resto del mundo.

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