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El gesto de los conservadores portugueses recuerda a otros episodios europeos en los que el instinto de preservación común superó la lógica partidista.
Por Lucio Martínez Pereda | 9/02/2026
Varias figuras históricas y moderadas de la derecha tradicional portuguesa están pidiendo explícitamente votar al candidato socialista António José Seguro en la segunda vuelta de las presidenciales para impedir que el líder de Chega, André Ventura, llegue a la jefatura del Estado, porque consideran que su proyecto supone un riesgo para la democracia portuguesa.
Que parte de la derecha tradicional -una derecha moderada, heredera de del conservadurismo que ayudó a consolidar la democracia tras la Revolución de los Claveles- haya decidido solicitar el voto para un candidato socialista es algo más que una anécdota coyuntural: es un reflejo de alarma cívica.
André Ventura y su partido Chega representan el auge de ese populismo punitivo y provocador que enraíza más en el odio oportunista que en el pensamiento político. El gesto de los conservadores portugueses recuerda a otros episodios europeos en los que el instinto de preservación común superó la lógica partidista: el cordón sanitario francés frente al Frente Nacional o la convergencia alemana contra la ultra derecha.
Lo relevante no es solo el voto, sino lo que implica : el reconocimiento de que la democracia, frágil por naturaleza, necesita defensores incluso entre los conservadores partidarios de que está no se profundice mucho. Portugal, país que supo transformar una dictadura en una república parlamentaria sin derramamiento de sangre, comprende que la libertad exige compromisos y decisiones aunque en términos de corto plazo electoral puedan resultar incómodas.
Este ejemplo sería bueno para el partido popular ya que pondría su futuro a largo plazo por encima del cortoplacismo oportunista que sólo pone su mirada en la próxima cita electoral. Para el PP el precedente portugués ofrece una lección útil: la de situar el porvenir del sistema democrático por encima de la aritmética inmediata. Sólo quien piensa en el largo plazo, y no en el rendimiento de las próximas elecciones generales o autonómicas, demuestra entender que la política no es el arte de sobrevivir.
Además, la derecha portuguesa a diferencia de la española, no tiene un cordón umbilical que la liga a la antigua dictadura: en Portugal se llevó a cabo una razonable depuración que destruyó las posibilidades de las élites políticas para seguir sobreviviendo en la nueva etapa democrática. Esa depuración democrática -para algunos escasa- cortocircuitó históricamente la herencia política del viejo régimen. Allí, los vencedores no pudieron disfrazarse de demócratas al día siguiente . En España, en cambio, la Transición funcionó más como un acomodo que como una ruptura: permitió a las élites franquistas replegarse sin renunciar al poder. Por eso, mientras la derecha portuguesa se vio obligada a nacer de nuevo, la española nunca dejó de respirar el aire viciado del pasado.
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