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La combinación de crisis industrial profunda y militarización rampante dibuja un escenario de estancamiento prolongado, mayor desigualdad y riesgo de escalada bélica.
Por Ernesto Vílchez | 11/07/2026
La industria automovilística alemana, pilar histórico de la economía europea, atraviesa una crisis existencial que amenaza con convertirse en el detonante de un nuevo ciclo de depresión económica en todo el continente. Volkswagen, el mayor fabricante de Europa, se prepara para proponer recortes de hasta 100.000 empleos y el posible cierre de varias plantas en Alemania, incluidas instalaciones históricas como las de Hanover, Emden, Zwickau y la de Audi en Neckarsulm. Bosch ha anunciado miles de despidos masivos en su división de movilidad, ZF Friedrichshafen recorta miles de puestos en su división de sistemas electrificados, y el sector en su conjunto ya ha perdido más de 51.500 empleos solo en la primera mitad de 2025, según datos de EY. Mercedes-Benz, Porsche y otros gigantes ofrecen paquetes de salida voluntaria millonarios mientras reestructuran o relocalizan producción.
Estos recortes no son un ajuste coyuntural. Representan el fin de un modelo que durante décadas sostuvo el empleo industrial de calidad en Alemania y sus países proveedores. La competencia china en vehículos eléctricos, los elevados costes energéticos y laborales, la sobreproducción y la caída de márgenes (Volkswagen registró una caída del 44% en beneficios netos en 2025) han convergido en una tormenta perfecta. Lo que ocurre en Wolfsburg, Stuttgart o Ingolstadt no se queda ahí: se propaga a toda la cadena de suministro europea y anuncia un proceso más amplio de desindustrialización.
Paralelamente, Europa asiste a la creación de una burbuja bélica financiada con dinero público. El gasto militar europeo creció un 14% en 2025 hasta alcanzar los 864.000 millones de dólares. Alemania, por primera vez desde 1990, superó el 2% del PIB en defensa (114.000 millones de dólares en 2025) y tiene planes de llegar al 3,5% para 2029, con cientos de miles de millones de euros destinados a contratos de armamento, tanques, drones, fragatas y sistemas espaciales militares. Esta militarización acelerada, impulsada tras la guerra en Ucrania y bajo presión de la OTAN, desvía recursos públicos masivos hacia la industria armamentística mientras la industria civil, especialmente la automovilística, se desangra.
Esta burbuja puede estallar de dos formas: o bien en un nuevo conflicto internacional que arrastre al continente a una guerra de alta intensidad, o bien en un colapso económico cuando las tensiones disminuyan y las inversiones militares revelen su carácter improductivo a largo plazo. En ambos escenarios, los trabajadores pagan el precio.
¿Quién ha provocado esta situación? La burocracia de Bruselas y los gobiernos liberales de la UE. En lugar de defender la soberanía energética y productiva de Europa, han aplicado de forma ciega las directrices del atlantismo y de Washington. Las sanciones contra Rusia, impulsadas desde Estados Unidos, cortaron el acceso a energía barata y fiable, disparando los costes industriales y acelerando la desindustrialización. El Pacto Verde Europeo y su agenda de transición forzada hacia el vehículo eléctrico se impusieron sin una estrategia industrial realista que protegiera la competitividad frente a competidores estatales chinos altamente subsidiados. La soberanía económica se sacrificó en el altar de la geopolítica atlántica.
El resultado es previsible: miles de despidos, cierres de fábricas y una precarización acelerada de la clase obrera en Alemania y en toda Europa. Los trabajadores, que durante décadas sostuvieron con su esfuerzo la prosperidad del modelo exportador alemán, ahora ven cómo sus empleos se destruyen mientras se destinan ingentes cantidades de dinero público a la producción de armas. No pueden, ni deben, cargar sobre sus espaldas este nuevo ataque a sus intereses de clase.
La situación que enfrenta la clase obrera en los próximos años será muy complicada. La combinación de crisis industrial profunda y militarización rampante dibuja un escenario de estancamiento prolongado, mayor desigualdad y riesgo de escalada bélica. Los gobiernos liberales y la Comisión Europea han demostrado que priorizan la alineación atlántica y las agendas ideológicas supranacionales por encima del empleo industrial y la soberanía de los pueblos europeos.
Los trabajadores europeos no tienen por qué aceptar pasivamente este destino. La defensa de sus intereses de clase pasa por cuestionar radicalmente las políticas que han conducido a esta encrucijada: la subordinación a Washington, la burocracia de Bruselas y la conversión de Europa en un campo de batalla económico y militar ajeno a sus propios pueblos. La crisis del automóvil alemán no es solo un problema sectorial. Es la señal más clara de que el modelo actual está agotado y de que se avecina un periodo de lucha por la supervivencia económica y social del continente.
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