La clase trabajadora y la clase mediocre


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Por Carlos Martínez


Hace pocos días saltó a las primeras planas una nota de prensa de la OCDE, los titulares eran llamativos: “La OCDE advierte que se estancan los ingresos en la clase media” o “La automatización pone “en riesgo” uno de cada cuatro empleos de clase media en España, según la OCDE”.  Uno de los objetivos de la clase dominante es imponer su ideología. En el caso del capitalismo en los países ricos se repite como mantra que ya no hay clase trabajadora, que ha sido sustituida por la clase media. Se afirma que todos tenemos las mismas oportunidades para ser un “emprendedor” y hacernos ricos. El que es pobre y está en el paro es problema de él exclusivamente, pues ha dejado pasar sus “oportunidades”.

Sin duda este mensaje del poder real ha calado hondo en la sociedades de los países más desarrollados y por tanto, en la izquierda política y en el ámbito sindical. Sin embargo, si despojamos las noticias de la terminología y adjetivos liberales, lo cierto es que lo que advierte la OCDE ya lo predijo Karl Marx hace mucho tiempo, pero este último de forma más precisa e, incluso, de forma más objetiva y desideologizada. Como dijo el pensador alemán, somos trabajadores, la clase social oprimida por el capital.

El término trabajador es tan preciso como el que utilizaron los romanos, el proletariado. Los proletarios eran los trabajadores, aquellos que cuando dejaban este mundo, solo dejaban hijos, la prole, que seguirán trabajando como sus progenitores. Ese es el hecho diferencia de un trabajador de un burgués, mientras que este último puede dejar en herencia la propiedad de un medio de producción, que  permitirá a su descendencia tener una vida opulenta gracias al trabajo de los demás. El trabajador, independientemente del sueldo que tenga y los bienes de consumo de los que disfrute, su sustento depende exclusivamente de su propio trabajo o del salario de algún miembro de su familia. Al igual que ocurrirá con su prole.

Cuando te consideras clase media, parece que formas parte del sistema y gozas de cierto estatus y prestigio social.

En Europa, gran parte de la clase trabajadora dispone de un nivel aceptable de vida, gracias a la herencia del socialismo y a la depredación de nuestra burguesía sobre los recursos humanos y naturales de los países del tercer mundo. Eso nos ha permitido adquirir en propiedad una vivienda, tener automóvil, etc. y como consecuencia de ese aumento del poder adquisitivo nos hemos creído que somos clase media y no clase trabajadora. Otro éxito que hay que apuntar a los capitalistas.

Pero la crisis sistémica del capitalismo que hemos sufrido esta última década ha devuelto a muchos trabajadores a su triste realidad. Son muchos los que han perdido su vivienda, los que tienen el sueldo embargado para el resto de su vida, los que no van recuperar los salarios ni la estabilidad laboral que ellos o sus padres tenían hace diez años… Como todos deberíamos conocer, las crisis del capitalismo sirven para eso, para concentrar el capital, para que cada vez los ricos sean más ricos y los pobres más pobres.

Las cifras corroboran las tesis marxistas. El PIB de España en 2008 fue de  1 116 225 M.€, siendo el per cápita de 24 300 €. En 2018 la cifra del PIB fue de 1 208 248 M.€ y la renta per cápita de  fue de 25 900 €. Es decir, el conjunto de los españoles somos más “ricos” tras la crisis. Sin embargo, mientras han crecido las rentas del capital, las rentas del trabajo no han hecho nada más que caer. En conclusión, vivimos en un país más desigual, y en eso no ha tenido nada que ver la corrupción, los chóferes de los políticos, la inmigración, ni las CCAA.

Con los anteriores datos, aún asumiendo las tesis del empresariado, podemos desmontar eso de que los trabajadores son clase media. Por ejemplo,  una familia de cuatro miembros, con dos hijos menores de edad o que todavía no tienen trabajo, para ser considerada “clase media” deberían tener unos ingresos brutos de unos 102 000 euros anuales, cifra que resulta de multiplicar por los miembros de la unidad familiar el PIB per cápita de este país. Conozco trabajadores con unos ingresos muy inferiores a la media que, a pesar de ello, se considera “clase media”.

Las consecuencias del empobrecimiento de los asalariados nos afectan a todos, incluso a quienes han tenido la suerte de mantener su puesto de trabajo y salario. Los salarios han perdido peso en la riqueza nacional y eso tiene dos consecuencias, la primera la pérdida de ingresos públicos (pues los asalariados pagamos más impuestos que los empresarios) con la consiguiente subida de impuestos a los trabajadores. Y la más grave: ha quebrado el sistema de pensiones, pues los que se jubilaron lo hicieron con salarios dignos, mientras que los trabajadores que los han sustituido lo hacen con salarios inferiores y mayor precariedad laboral. Una situación insostenible con el sistema de reparto que tan bien ha funcionado desde la creación del sistema de pensiones públicas.

En el campo de la batalla ideológica, también tiene trascendencia identificarse correctamente. Cuando te consideras clase media, parece que formas parte del sistema y gozas de cierto estatus y prestigio social. Cuando tienes conciencia de clase, parece más sencillo y consecuente que te rebeles contra el sistema y luches por la igualdad real y efectiva de todas las personas. Para recuperar la conciencia de clase, empecemos a llamarnos por nuestro nombre, por lo que somos, nuestro orgullo de clase y rechacemos todas esas denominaciones paniaguadas tales como clase media, clase media trabajadora, gente o ciudadanía.

 


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