La clase obrera, más que a trap o Benidorm, huele a mierda

Cabeza de Medusa, Peter Paul Rubens. 1617-18

Ricard Jiménez

«A la gente le da todo igual; mientras no le tiren la basura del otro lado de la tapia, ni le llegue el olor de podredumbre a la terraza, se puede hundir el mundo en mierda». Rafael Chirbes; ‘En la orilla’ (2013)

El olor de abono primaveral, cada vez menos nítido por el abandono hortícola y la masificación urbanística de la periferia costera, junto con el estallido floral de algunos balcones, genera en perfecta simbiosis el anuncio apocalíptico del porvenir anual y es que aquí, como cada verano, huele a mierda. Sí, hasta con mascarilla.

La salina brisa marina y el humectante olor a mierda es algo pegadizo, piel reseca, pero sudada, y mucosas impregnadas del hedor nauseabundo. Incluso hay días que parece hundirse en lo más hondo, una pesadumbre pectoral, aunque «quizá es ansiedad», me advirtieron. No lo tengo claro.

En el vertedero y en los containers repletos, donde se arroja todo presente y pasado de la ciudad, el sol arrecia inclemente. Escucho por las noticias que se recomienda no estar en la calle a las horas de pleno apogeo y fervor del que llaman astro rey, pero los microorganismos parasitarios creo que no entienden de eso. Debe ser por eso que cada año mueren unos cuantos trabajadores bajo la ola de calor. Sí, estoy casi seguro que es por lo mismo que el olor a mierda. Los mismos parásitos que pudren los restos de pescado o verdura son los mismos que se ciernen de forma fúnebre sobre el que trabaja.

Este año a falta de ‘guiris’, el regusto a sangría, vómito y paella congelada, por lo menos ha aminorado su efecto sedante. Si que es verdad que seguimos teniendo cucarachas y es que cuando se construye rápido, con tal de reproducir a la misma velocidad el capital y ese supuesto estado del bienestar, no importa si se asfalta sobre lo que antes era el desagüe fecal.

Literalmente aquí antes las calles eran canales de aguas negras a obra vista, al aire libre. Que mejor paisaje premonitorio, y como alegoría, de lo que serían nuestras vidas: la defecación sistémica que transcurre con rigurosidad por la determinista sociedad de clases. Así que como iba contando, si no es una plaga son dos, o varias. Aunque las ratas, las gaviotas carroñeras o las palomas cojas y medio desplumadas ya son casi animales de compañía perennes.

Haciendo de tripas corazón, o ya acostumbrados, aunque seguramente porque no hay otro remedio, las calles siguen siendo, menos por las noches fantasmales, un constante traqueteo de pasos sonámbulos hacia el transporte público y es que el trabajo es el trabajo, huela a mierda, llueva, truene, nieve o te abrases en el averno.

En el tiempo que transcurro enlatado de camino a la faena (parece ser que ahí no se contagia el jodido virus de la pandemia mundial) intento sentir o relacionar lo que ayer leía en los medios «independientes», las nuevas campañas sindicales o electorales de la socialdemocracia. ¿Estará escuchando esa mujer el nuevo trap de comisiones obreras o Bad Bunny con una lectura emancipadora? ¿Tienen todos pinta de veranear en Benidorm? Es complicado, el aroma a sobaquera de aquel y la hediondez de las entrepiernas sudadas de estos otros no ayudan a pensar, o quizá es que me parece una reverenda defecación tanto fetiche al pastiche, a lo hortera, a lo costumbrista, a lo estereotipado de lo que es o debe ser la clase obrera.

Miro mi reflejo en la ventana del tren. No soy como el tío que se convierte en cucaracha, por lo menos hoy, aunque sí me siento parte de un espectáculo circense. Quizá tenía razón mi padre, con su tono jocoso, al llamarme mono de feria. En todo caso él también lo fue y lo sigue siendo. Eso se lleva tatuado a fuego desde que se nace. Lo primero que haces no es llorar, probablemente sea convertirte en mono de feria recién parido. Lo tengo claro y más ahora que he descubierto que en Tailandia explotan a monos para la recogida de cocos. La única diferencia es que, sobre ellos, el anormal de turno no teoriza mientras discípulos y acólitos aplauden con las orejas.

Aplaudir con las orejas me parecería un superpoder digno de película taquillera, de estas que rompen registros de asistencia y que luego, también nos endosan los críticos que se cagan en Godard. Yo me conformo, mientras sigo estrujado en el vagón, no ya solamente que en una curva no me reviente una costilla contra el lateral, sino que estos académicos dejen de dar directrices, o que finjan saber, sobre lo que debe escucharse para ser ese «sujeto revolucionario». Sí, porque ahora lo revolucionario es lo individual. Ahora suena Lou Reed, aunque podría ser cualquier otra cosa, lo que sigue es sin oler a magdalena mi existencia.

Entrar a trabajar, en parte, tiene su lado positivo y es que el olor a mierda, el de sobaco y entrepierna que arrastras desde buena mañana quedan difuminados en un aroma característico y definitorio, casi con un poder balsámico, que engrasa incluso tu paladar. Este perfume mantecoso a fritanga, no define la calidad con que se trata al comensal, es algo genérico.

Oler a fritanga de un cuatro tenedores, un sol Repsol o una estrella Michelín es el punto álgido, olfativa y vitalmente hablando, al que puedes aspirar y respirar (o con el que ahogarte). Es el antes, durante y después de hacer lo que se supone que debías hacer: estudiar y esas cosas, que nada tienen que ver con la esquilmación y robo de la plusvalía, y que por supuesto, no define hasta que punto deberás vender la fuerza de tu trabajo. Eso tampoco te lo explican. Quizá en esto exagero un poco y es tan solo mi realidad, a veces he conocido a quienes llegan a oler a neftalina y espray de baños termales en cualquier tienda del don billetes (el de la lista Forbes).

Pero volviendo a lo que siento que estaba contando, esto (en cualquiera de los casos) casi parece, más que trabajar, sacar brillo a la punta del prepucio del dueño moderno. Ya no se lleva casi lo de la vieja escuela, ahora lo hacen sonriendo. «En ambiente familiar» dicen. No sé si deberían empezar a estudiar el trabajo como una afección sociopática de quienes poseen los medios de producción (como insinuaba el barbas) o es ya más un acto incestivo, porque no veas el por culo que dan en este entorno de parentesco ficticio.

Doce horas, las manos gastadas de tanto escuchar «aquí sabes cuando entras pero no cuando sales, porque así es la hostelería». Pienso para mí: no me comerá los huevos el semejante palurdo con pedigrí. Huevos trufados, huevos con foie, huevos maridados con un Pingus o un Vega Sicília.

Entreoigo, que casi es fin de semana, como si fuera un salvavidas, como si importara una mierda porque es cuando más se curra, pero «por fin tenemos la propina de la semana», por no llamarlo el rastrojo del cliente, que como Hansel y Gretel con su superioridad moral (o inconsciencia) consideran que las migajas sirven para algo.

«¡Ei chavales! Por quien apostaréis esta semana con la propina» espeta el soplapollas, cuando sabemos todos que él más que en apuestas deportivas en lo que viene gastándose todo aquello, nuestro que se queda, es en farlopa y en las «medias naranjas» nuevas que estrena semanalmente. Los que ya tienen (o roban de forma consensuada) en estas supuestas democracias (tan bien repartidas) no tienen porque esperar con ganar, no depositan su futuro en el esoterismo utópico del premio, en las cartas del tarot de madrugada.

Paso. Me visto rápido, me vuelvo a oler la mierda que ya casi había olvidado… O eso quiero pensar a ratos, porque irremediablemente ya forma parte de mí. Pensándolo fríamente quizá ni cucaracha ni mono de feria, mierda eso soy, eso somos. Si algún día llego al parlamento. Me digo a mi mismo (por creer en algo) nada de discursos pomposos. Hacer de la mierda un acto político, porque política de mierda ya se viene llevando a cabo casi desde la bipedestación.

Vuelvo. Todo igual. Los nadies, que escribía Galeano, y además suena a lenguaje inclusivo.


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