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Vilaplana confirma algo decisivo: sí había cobertura en El Ventorro, Mazón recibía llamadas, y pese a ello no interrumpió la comida, que se prolongó hasta las 18:30 o 18:45
Por Isabel Ginés | 6/09/2025
Diez meses después de la tragedia de la DANA que arrasó el país valenciano y dejó unos de 227 muertos, Maribel Vilaplana ha publicado una carta abierta en la que intenta zanjar las especulaciones y ataques que ha sufrido desde aquel fatídico día. En ella deja claro que no tuvo nada que ver con lo sucedido, que su nombre jamás debió usarse como cortina de humo, y que su único error fue permanecer en silencio, confiando en que la verdad se acabaría imponiendo por sí sola.
La periodista relata que el 3 de septiembre de 2023 cumplió con su agenda laboral en Ford Almussafes hasta las 14:00 y, tras acabar su formación, se desplazó a Valencia para asistir a una comida en El Ventorro con Carlos Mazón, presidente de la Generalitat. La cita, según explica, era de carácter estrictamente profesional, para explorar vías de colaboración. La conversación derivó en temas de comunicación y televisión, hasta que fue interrumpida por las llamadas que Mazón empezó a recibir de manera continuada.
Vilaplana confirma algo decisivo: sí había cobertura en El Ventorro, Mazón recibía llamadas, y pese a ello no interrumpió la comida, que se prolongó hasta las 18:30 o 18:45. Ella misma reconoce que no fue consciente en ese momento de la magnitud de la tragedia que se vivía en otras localidades, pero que al llegar a casa entendió la dimensión del desastre y pidió al presidente que su nombre no saliera a la luz.
El silencio de aquellos días, dice, fue un error: lejos de protegerla, alimentó rumores, insultos machistas y difamaciones que la convirtieron en el blanco de un acoso brutal. Ha necesitado casi un año para reunir fuerzas y contarlo en primera persona. Recalca que ella no tuvo ninguna responsabilidad en los hechos y denuncia la violencia verbal y psicológica que ha padecido, hasta el punto de necesitar tratamiento por estrés postraumático.
Lo que la carta confirma
Más allá de la legítima defensa de Vilaplana, lo que su carta deja en evidencia es la actitud de Mazón:
1. Sí había cobertura en el restaurante y recibió múltiples llamadas mientras los valencianos se ahogaban.
2. Sí permaneció en El Ventorro hasta casi las 19:00, mucho más allá de lo que él y su entorno insinuaron.
3. Tenía cobertura y mostró tranquilidad.
Un presidente ausente
El relato de Vilaplana desmonta la versión oficial y deja a Mazón retratado: en pleno caos, con la Horta Sud colapsada y con pueblos enteros empezando a ser sumergidos bajo el agua, él seguía en un restaurante. No dio la cara, no interrumpió su comida, no mostró la más mínima urgencia. Prefirió la sobremesa al mando.
La excusa de la falta de cobertura, repetida hasta la saciedad, queda hecha trizas.
Su acompañante lo dice sin rodeos: Mazón recibía llamadas en plena conversación. Sabía lo que ocurría y decidió no actuar.
Lo más indignante no es ya la comida en sí, sino la falta absoluta de dignidad política. En un día en que nuestra tierra arrasada por el agua lloraba muertos y sufría pérdidas incalculables, su presidente se mantuvo cómodo, inmóvil, aferrado a su silla en un restaurante. Esa imagen resume la distancia entre gobernantes y gobernados, entre la urgencia del pueblo y la indiferencia del poder.
Vilaplana no es la culpable. Su carta, aunque tardía, lo deja claro. Pero confirma al mismo tiempo que Mazón no merece ser presidente. Un dirigente que en la peor tragedia de los últimos años eligió la comida antes que la responsabilidad, el silencio antes que la verdad y la comodidad antes que la dignidad, no está a la altura del cargo que ocupa.
Cada muerto debería pesarle como una losa. Cada familia destrozada debería recordarle que la política es servicio, no escaparate. Y cada valenciano debería exigirle lo que él nunca ha sabido tener: respeto, responsabilidad y vergüenza.
Mazón es hoy un presidente desacreditado. Su permanencia en el cargo es una ofensa a la memoria de las víctimas de la DANA. Y mientras no asuma su culpa ni dimita, seguirá siendo la encarnación de lo que nunca debe tolerarse: la indiferencia criminal de un político frente al sufrimiento de su pueblo.
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