La carrera diplomática por el Sáhara Occidental: Todos se mueven, ¿y la RASD?

El ministro de Exteriores, Nasser Bourita, corrió a reunirse con Lavrov en Moscú. El objetivo era previsible: asegurarse de que Rusia no vete una resolución favorable a Marruecos en el Consejo de Seguridad.

Por Héctor Bujari Santorum | 19/10/2025

A pocos días de la renovación del mandato de la MINURSO en el Consejo de Seguridad de la ONU, las declaraciones del canciller ruso, Serguéi Lavrov, actuaron como un jarro de agua fría, aunque en el fondo no hicieron más que confirmar la posición histórica de Moscú. Su afirmación de que el tema solo se cerrará «cuando todas las partes interesadas —y no solo una— comprendan que esta decisión se basa en el equilibrio de los intereses» fue una clara advertencia: Rusia no avalará una solución impuesta, y su única mención al «Plan de autonomía» marroquí sirvió para dejar claro que no lo apoyará de forma incondicional.

Ante este mensaje, la reacción marroquí fue inmediata. El ministro de Exteriores, Nasser Bourita, corrió a reunirse con Lavrov en Moscú. El objetivo era previsible: asegurarse de que Rusia no vete una resolución favorable a Marruecos en el Consejo de Seguridad. El resultado fue la formalización de un Comité de Trabajo bilateral, una maniobra para profundizar la alianza e intentar neutralizar un veto ruso.

La ofensiva marroquí no se ha detenido en Moscú. Bourita tenía ya agendado un viaje a París para los días 22 y 23 de octubre, donde se reunirá con su homólogo francés. Esta coordinación no es nueva, existe una hoja de ruta franco-marroquí centrada en “actualizar” el plan de autonomía. En esencia, no se busca una solución política legítima, sino un maquillaje jurídico que consolide la ocupación bajo la apariencia de una negociación.

Este eje París-Rabat cuenta, además, con la complicidad de Washington. Francia y Estados Unidos acordaron coordinar su postura en el Consejo de Seguridad. Su objetivo común es promover una redacción que, por primera vez, introduzca de manera implícita el concepto de «soberanía marroquí» sobre el Sáhara Occidental. Esto supondría un cambio fundamental en la naturaleza del conflicto, transformando el mandato de la MINURSO de una misión de descolonización a una de mera estabilización.

El pago al reconocimiento estadounidense se efectuó en diciembre de 2020, Marruecos e Israel firmaron el Acuerdo de Abraham, formalizando la normalización de sus relaciones diplomáticas. A cambio, Estados Unidos apoyó la soberanía marroquí sobre el Sáhara Occidental.

Frente a esta maquinaria diplomática, Argelia mantiene su postura histórica de apoyo a la autodeterminación y a la RASD. Sin embargo, el hecho de que Washington haya sondado al presidente Tebboune para buscar una «flexibilización» de su posición evidencia la estrategia del eje occidental: intentar diluir el conflicto en una disputa bilateral entre Marruecos y Argelia, borrando del mapa la esencia del derecho a la autodeterminación.

En este punto, surge la pregunta crucial: ¿cuál está siendo el papel de la República Árabe Saharaui Democrática (RASD) ante esta ofensiva? Mientras Marruecos despliega una intensa agenda diplomática, reuniéndose con Lavrov, cerrando acuerdos en París y coordinándose con Washington, no se vislumbran movimientos equivalentes desde la representación saharaui.

En un momento tan crítico, donde el voto del Consejo de Seguridad puede significar la legitimación definitiva de la ocupación, la ausencia de una contraparte diplomática saharaui igual de activa es alarmante. La dirigencia saharaui, ya sea por incapacidad o por omisión, no parece estar llevando a cabo una campaña urgente de reuniones con los miembros permanentes y no permanentes del Consejo para contrarrestar la narrativa marroquí y defender su causa ante quienes tienen el voto.

Esta ausencia no es casual, sino sintomática. Tras décadas de conflicto, se percibe el agotamiento de una dirigencia que ha perdido el fuelle del impulso revolucionario de 1975. La épica de la fundación y la guerra ha dado paso a una gestión burocrática de la resistencia. Se ha administrado la esperanza, pero no se ha disputado el futuro con la misma ferocidad con la que el enemigo disputa el presente. Una inercia letárgica que confunde la resiliencia con la pasividad.

Frente a este desafío existencial, la necesidad de un cambio de ciclo político es palpable. La unidad nacional forjada en el exilio, ese capital sagrado del pueblo saharaui, no puede ser la víctima de la parálisis. Urge un relevo que, sin traicionar los principios fundacionales, recupere la audacia de los orígenes y libre la batalla.

Sin embargo, este necesario relevo topa con una amarga paradoja. A la juventud saharaui, a la que se le ha intentado dar espacio en el movimiento, en no pocos casos se le ha encontrado un perfil que prioriza el beneficio individual sobre la causa colectiva. La misma red de contactos exteriores que debería ser un arma diplomática, ha sido utilizada por algunos para gestionar su propia salida hacia Europa, buscando una vida lejos de la asfixia de los campamentos.

Este fenómeno no es solo un drenaje de talento; es una sangría de legitimidad y un síntoma de la descomposición del proyecto común. La lucha revolucionaria se ve así minada por una mentalidad de gestoría personal, creando una fractura profunda entre la base que resiste y una emergente clase cosmopolita que negocia su desvinculación.

El pulso, por tanto, no es solo contra Marruecos y contra el conformismo; es también contra la deserción silenciosa de una parte de la cantera llamada a sustituirla.

Si la nueva generación que aspira a liderar reproduce los vicios del oportunismo o prioriza su huida, el futuro del Sáhara Occidental no se perderá en el Consejo de Seguridad, sino que se habrá malvendido, billete a billete, en los pasillos de las embajadas y en los vuelos de evacuación.

Si la dirigencia actual es incapaz de actuar con la urgencia que este momento histórico exige, su legado no será la resistencia, sino la rendición. La historia los juzgará no solo por lo que lograron, sino por lo que, en el momento decisivo, dejaron de hacer.

¿Dónde está la urgencia? ¿Dónde está la red de alianzas que debería estar activándose palmo a palmo en los pasillos de la ONU, en las capitales de los miembros no permanentes del Consejo, en las sedes de los grandes medios internacionales? La respuesta es un silencio que equivale a ceder terreno sin disparar un solo tiro diplomático.

La comunidad internacional se enfrenta a una disyuntiva: respetar el derecho internacional o ceder a las presiones de un eje que prioriza la «estabilidad» de los intereses sobre la justicia. Pero para que la balanza se incline hacia lo primero, es imperativo que la parte saharaui esté presente en todas las mesas. El silencio diplomático, en este contexto, equivale a ceder terreno. El desenlace no solo mostrará hasta qué punto la ONU es garante del derecho, sino también la capacidad de la dirigencia saharaui para disputar, palmo a palmo, el futuro de su pueblo.

Más allá del pulso diplomático inmediato en el Consejo de Seguridad, lo que está en juego trasciende las fronteras del Magreb y cuestiona la vigencia misma del derecho internacional.

La comunidad internacional se enfrenta a una disyuntiva que trasciende el caso saharaui. Se juega el respeto al derecho inalienable de todos los pueblos a la libre determinación y la independencia, un principio consagrado en la Carta de las Naciones Unidas y, específicamente, en la resolución 1514 (XV) de la Asamblea General del 14 de diciembre de 1960, que contiene la Declaración sobre la concesión de la independencia a los países y pueblos coloniales.

No se debe subestimar la profunda solidaridad que la causa saharaui despierta en gran parte de África. Para naciones como Sudáfrica y Nigeria, la independencia del Sáhara Occidental es una deuda pendiente del continente, y cualquier intento de enterrarla encontrará una oposición en la Unión Africana, pudiendo activar una crisis diplomática entre la ONU y la UA.

Saltarse el derecho internacional en el Sáhara Occidental no es un hecho aislado; abriría una puerta peligrosa a la inestabilidad global. Si se legitima la anexión de un territorio no autónomo mediante la imposición de un hecho consumado y el maquillaje diplomático, se sentaría un precedente devastador que alentaría conflictos territoriales en todo el planeta. Lo que está en juego es la propia arquitectura del orden internacional basado en normas.

He aquí la paradoja más cruda: quienes más insisten en saltarse este derecho fundamental en el caso saharaui son precisamente los mismos actores que suelen protagonizar y alimentar la inestabilidad mundial. Su aparente búsqueda de «estabilidad» en el Magreb no es más que la imposición de una paz ficticia sobre la base de la injusticia, una fórmula que, lejos de apaciguar, siempre termina por generar más conflicto. El desenlace de esta votación mostrará no solo el futuro del Sáhara, sino hasta qué punto prevalece la ley del más fuerte sobre el derecho de los pueblos.

La Corte Internacional de Justicia zanjó el debate en 1975: no había soberanía marroquí previa sobre el Sáhara Occidental. Por tanto, invocar la ‘integridad territorial’ para tratar de anexionarse un territorio que nunca fue suyo es una distorsión grotesca del derecho internacional.

La civilización que se construye sobre el saqueo de otras culturas no es más que una ficción. Precisamente ese es el camino que están recorriendo Francia, Estados Unidos, España y Marruecos, entre otras. Sus intereses bilaterales en un trueque infame sobre los derechos del pueblo saharaui. El colonialismo es el estado de barbarie de las naciones civilizadas, y todavía está vigente.

¿Qué mensaje se envía a otros territorios en disputa si se premia la invasión y la ocupación? El caso del Sáhara no es una excepción, es el manual de lo que ningún país que existe en paz debería querer que se normalice.

Si la anexión del Sáhara se legitima, la Carta de la ONU y su Resolución 1514 quedarán hechos trizas. Será la invitación a un mundo donde la fuerza, y no el derecho, decida el mapa de las naciones.

Si esto ocurre, será la última palada de tierra sobre Naciones Unidas y el paso definitivo hacia un mundo donde los intereses de unos pocos se imponen sobre los derechos de los pueblos. Quizás esta sea la confirmación más contundente de que vivimos en ese mundo.

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