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La absolución de Medina y Luceño del delito de estafa es un nuevo capítulo en la larga historia de impunidad de los poderosos en España.
Por Ricardo Guerrero | 20/03/2025
El pasado 19 de marzo de 2025, la Audiencia Provincial de Madrid dictó una sentencia que ha dejado un regusto amargo en la sociedad española: la absolución de Luis Medina y Alberto Luceño del delito de estafa al Ayuntamiento de Madrid en el conocido como ‘caso mascarillas’. Este fallo no solo pone en entredicho la capacidad de nuestro sistema judicial para castigar a los poderosos, sino que también expone, una vez más, cómo el capitalismo se ceba con los más vulnerables en los momentos de mayor desesperación.
Mientras miles de personas morían y el país se sumía en el caos de la pandemia de COVID-19, estos empresarios sin escrúpulos y los responsables políticos del Ayuntamiento de Madrid tejieron una trama que convirtió la tragedia en un negocio millonario.
Lucro a costa de la urgencia
En marzo de 2020, cuando el virus arrasaba vidas y el sistema sanitario colapsaba, el Ayuntamiento de Madrid, bajo la gestión de José Luis Martínez-Almeida, se encontraba en una situación límite. La necesidad de mascarillas, guantes y tests era imperiosa, y la urgencia abrió la puerta a oportunistas como Medina y Luceño. Estos empresarios, valiéndose de contactos privilegiados —Medina, hijo de una familia de élite, llegó al consistorio a través del primo del alcalde—, ofrecieron al Ayuntamiento un lote de material sanitario a precios desorbitados. El consistorio desembolsó más de 11,5 millones de euros por un millón de mascarillas, 2,5 millones de pares de guantes y 250,000 tests, de los cuales una parte resultó defectuosa. De esa suma, seis millones terminaron directamente en los bolsillos de los intermediarios como comisiones: un millón para Medina, que se gastó en un yate, y cinco para Luceño, quien los destinó a lujos como coches de alta gama y una vivienda en Pozuelo de Alarcón.
La sentencia de la Audiencia argumenta que no se ha probado que ambos empresarios engañaran al Ayuntamiento al ocultar sus comisiones, y que no estaban obligados a revelarlas. Pero esta defensa técnica no puede ocultar la realidad: Medina y Luceño inflaron los precios de los productos —un 60% en las mascarillas, un 81% en los guantes y un 71% en los tests, según las investigaciones— aprovechándose de un mercado roto y de la desesperación de una administración pública que, en teoría, debía velar por el interés general.
En un momento en que cada euro contaba para salvar vidas, estos buitres del capitalismo convirtieron la tragedia en un «pelotazo» económico, como ellos mismos lo calificaron en sus comunicaciones privadas.
La complicidad del Ayuntamiento
Pero la responsabilidad no recae solo en los intermediarios. El Ayuntamiento de Madrid, gobernado por el Partido Popular, desempeñó un papel clave en esta debacle. ¿Cómo es posible que una administración pública aceptara pagar 6,2 euros por mascarilla, cuando en otros lugares se adquirían a precios mucho menores? ¿Por qué no se investigaron las credenciales de estos empresarios, que carecían de experiencia en el sector sanitario? La respuesta apunta a una mezcla de negligencia y, potencialmente, complicidad. La «laxitud en los controles», como reconoció el juez instructor Adolfo Carretero, permitió que el dinero público fluyera sin preguntas hacia las cuentas de Medina y Luceño. Nadie en el consistorio exigió transparencia sobre las comisiones ni cuestionó la calidad del material, que en parte resultó inservible.
José Luis Martínez-Almeida ha intentado lavarse las manos, afirmando que el Ayuntamiento fue «engañado» y que los hechos son «éticamente reprobables», aunque no penalmente punibles según la sentencia. Sin embargo, esta excusa no resiste el escrutinio. Si el consistorio fue víctima, lo fue por su propia ineptitud o por una voluntad deliberada de mirar hacia otro lado mientras el dinero de los madrileños se esfumaba. La ausencia de mecanismos de supervisión y la rapidez con la que se cerraron los contratos sugieren que los responsables políticos priorizaron la apariencia de acción sobre la gestión responsable del erario público. Este caso no es solo una estafa de dos empresarios; es también un fallo sistémico de quienes debían proteger a la ciudadanía y no lo hicieron.
Impunidad para los poderosos
La absolución de Medina y Luceño del delito de estafa es un nuevo capítulo en la larga historia de impunidad de los poderosos en España. Mientras Luceño ha sido condenado a tres años y ocho meses de prisión por fraude fiscal y falsedad documental —castigos que difícilmente compensan el daño causado—, Medina ha salido completamente indemne. Este fallo envía un mensaje devastador: en este país, quienes tienen contactos y apellidos ilustres pueden lucrarse a costa de la tragedia sin temor a consecuencias graves. La justicia, que debería ser un baluarte contra la desigualdad, se convierte en cómplice de un sistema que protege a los privilegiados.
No basta con señalar a los intermediarios. Los responsables políticos del Ayuntamiento de Madrid deben ser procesados por su papel en esta estafa. La negligencia, si no la connivencia, de quienes autorizaron estos contratos merece una investigación exhaustiva y sanciones ejemplares. Permitir que este caso quede impune es traicionar a las víctimas de la pandemia, a los sanitarios que trabajaron sin medios y a los ciudadanos que confiaron en sus gobernantes para gestionar una crisis sin precedentes. Cada mascarilla defectuosa, cada euro desviado, fue un clavo en el ataúd de la esperanza colectiva.
El rostro del capitalismo
El «caso mascarillas» no es un incidente aislado; es un símbolo de la barbarie del capitalismo, que transforma la muerte y el sufrimiento en oportunidades de lucro. Mientras los vulnerables lloraban a sus muertos y las UCI se desbordaban, Medina y Luceño brindaban por su botín. Este episodio refleja un sistema donde el beneficio privado prevalece sobre el bien común, y donde las élites pueden saquear los recursos públicos con la bendición de una justicia y unos políticos complacientes.
España no puede permitirse olvidar ni perdonar esta afrenta. La absolución de Medina y Luceño, y la connivencia del Ayuntamiento, son una bofetada a la memoria de quienes sufrieron la pandemia. Exigimos justicia: que los intermediarios devuelvan hasta el último céntimo y enfrenten las consecuencias de su codicia, y que los políticos implicados rindan cuentas por su ineptitud o complicidad. En un momento de muerte y desesperación, la estafa de las mascarillas no puede quedar impune.
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