
Entrevistamos a la periodista afgana Khadija Amin, a propósito de la publicación de su libro ‘Sin velo’, coescrito junto a la periodista gallega Mónica Niom.
Por Isabel Durán Báez | 20/09/2026
‘Sin velo’ es un libro muy personal, pero también representa la historia de muchas mujeres afganas. ¿Qué significa para ti haber podido contar tu propia historia y qué esperas que encuentre el lector entre sus páginas?
La vida que cuento en este libro no es solamente mi vida; es también la historia de miles de mujeres. Creo que muchas mujeres que lean el libro podrán reconocerse en alguna parte de mi historia y encontrar en ella experiencias que también han vivido.
Para mí, contar mi historia tiene un significado muy profundo. Quise hacerlo porque pensé que, a través de mis propias experiencias y de mi lucha, quizá podría ayudar también a otras mujeres que han pasado o están pasando por situaciones parecidas.
Además, escribir este libro significa dejar algo para el futuro y, especialmente, para mis hijos. Quiero que algún día puedan leerlo y saber cuánto luchó su madre por ellos, por su propia vida y por su libertad.
A lo largo del libro aparecen experiencias muy duras relacionadas con el matrimonio forzado, la violencia y la falta de libertad. ¿Hubo algún momento de tu vida que te resultara especialmente difícil trasladar al papel?
Cuando se lee el libro, se puede ver que una gran parte de sus páginas habla del dolor que he vivido. Por eso, prácticamente todo el proceso de escribirlo fue difícil para mí. Mientras escribía, tuve que volver a vivir experiencias dolorosas que habían sucedido muchos años atrás.
Para mí, esos recuerdos son como una herida que todavía no se ha cerrado completamente. Cada vez que la tocas, vuelve a abrirse, vuelve a doler. Así fue también escribir este libro: tuve que regresar muchas veces al pasado y recordar y sentir de nuevo situaciones que había intentado dejar atrás.
El proceso de escritura duró aproximadamente dos años y durante ese tiempo pasé días muy difíciles. A veces el dolor era tan fuerte que ni siquiera quería hablar. Había momentos en los que sentía que no estaba simplemente contando mi pasado, sino viviéndolo de nuevo.
El título ‘Sin velo’ tiene un enorme significado. ¿Qué representa para ti el velo más allá de una prenda de vestir y qué significa para ti poder vivir hoy sin que otras personas decidan cómo debes vestir, pensar o comportarte?
Para mí, el título Sin velo no significa únicamente quitarse una prenda. Tiene un significado mucho más profundo: significa levantar el velo sobre aquellas partes de la vida de las que normalmente no se habla, sobre cuestiones íntimas, dolores y realidades que, especialmente para una mujer afgana, no son fáciles de contar. En este libro he hablado de mi vida sin censura.
Incluso cuando vivía en Afganistán, uno de mis últimos deseos y luchas era poder presentar algún día las noticias sin velo o sin tener que cubrirme la cabeza. Cuando llegué aquí, también tuve que luchar de alguna manera para poder decidir por mí misma cómo quería vestir.
Pero nunca he estado en contra del hiyab ni de que una mujer decida cubrirse. Para mí, el problema no es el velo; el problema es la libertad de elección. Cada mujer debe tener derecho a decidir por sí misma qué quiere ponerse y qué no, cómo quiere pensar y cómo quiere vivir. Nadie debería tomar esas decisiones por ella.
Antes de la llegada de los talibanes trabajabas como periodista y llegaste a presentar los informativos de la televisión pública afgana. ¿Qué supuso para ti pasar de tener una voz pública a que esa voz fuera silenciada?
El día en que los talibanes tomaron el control de Afganistán sentí que era el último día de mi vida. Hasta entonces había sido una mujer que trabajaba como periodista y presentadora de informativos, una mujer que tenía una voz pública. De repente me convertí en una mujer que debía quedarse en casa y a la que prácticamente ya no se le permitía hacer nada.
Ese cambio fue muy duro para mí. Sentía que no solo me habían quitado mi voz, sino también la vida que había luchado por construir. En aquellos momentos realmente pensaba que quizá aquello era el final de mi vida y que nunca volvería a tener la libertad y la vida que había tenido antes.
Cinco años después del regreso de los talibanes al poder, la situación de las mujeres y niñas afganas continúa siendo extremadamente grave, especialmente en el acceso a la educación, el trabajo y la vida pública. ¿Cómo describirías la situación actual de las mujeres de Afganistán y qué es lo que más te preocupa de su futuro?
Durante estos cinco años hemos visto cómo se han impuesto cada vez más restricciones a las mujeres afganas y cómo han sido privadas de algunos de sus derechos más básicos.
Yo comparo la situación actual de las mujeres afganas con la de personas que viven en una cárcel sin haber cometido ningún delito. A veces se podría decir que su único “delito” es haber nacido mujeres. Viven en una especie de prisión en la que se les han arrebatado muchos de sus derechos: estudiar, trabajar, participar libremente en la sociedad e incluso hacer que su voz sea escuchada.
Para mí es profundamente doloroso y preocupante que una mujer, simplemente por ser mujer, pueda ser privada de derechos que debería tener como ser humano, hasta el punto de no poder siquiera alzar libremente su voz.
Muchas mujeres afganas continúan resistiendo de diferentes maneras, incluso en circunstancias muy difíciles. ¿Qué historias de resistencia de las mujeres de tu país te gustaría que se conocieran más en España?
Afganistán se ha convertido en un país donde las mujeres se ven obligadas a luchar en la clandestinidad incluso por sus derechos más básicos. Gran parte de la resistencia de las mujeres afganas ha pasado de las calles y los espacios públicos al interior de las casas y a lugares escondidos.
Podemos hablar de escuelas clandestinas, donde las niñas continúan estudiando a pesar de las prohibiciones. Podemos hablar también de gimnasios clandestinos o incluso de salones de belleza que funcionan en secreto, espacios en los que las mujeres intentan conservar una parte de su vida, de su independencia y de sus relaciones sociales.
En realidad, gran parte de la vida de las mujeres se ha trasladado detrás de puertas cerradas. Pero incluso allí continúan luchando por sus derechos, manteniendo viva su voz y negándose a rendirse. Me gustaría que en España se conociera también esta resistencia cotidiana de las mujeres afganas.
La educación aparece como uno de los grandes ejes de la lucha de las mujeres afganas. ¿Por qué crees que controlar el acceso de las niñas y mujeres a la educación es una de las primeras formas de control utilizadas por los regímenes que quieren limitar sus derechos?
Creo que quienes quieren controlar a las mujeres temen a las mujeres formadas y conscientes de sus derechos. Saben que una mujer que ha estudiado y conoce sus derechos difícilmente aceptará que otros controlen su vida y tomen todas las decisiones por ella.
Limitar la educación no significa solamente cerrar las puertas de una escuela o una universidad. Se crea toda una cadena de dependencia. Cuando una mujer no puede estudiar, sus oportunidades laborales también se reducen. Si no puede trabajar, no tiene independencia económica y, sin ella, puede verse obligada a depender de un hombre para poder vivir.
Por eso, privar a las mujeres de la educación es una de las formas más eficaces de limitar su independencia. Si le quitas a una mujer la educación, el trabajo y la independencia económica, también reduces enormemente su capacidad de elegir y construir su propio futuro.
Tú misma has dicho en otras ocasiones que uno de tus grandes sueños es que las niñas afganas puedan volver al colegio. Si mañana pudieras dirigirte directamente a esas niñas y jóvenes, ¿qué les dirías?
Si pudiera hablar directamente con las niñas de Afganistán, lo primero que les diría sería: no perdáis la esperanza. Los días difíciles, por largos que parezcan, también pasan.
Yo misma estudié durante un tiempo en una escuela clandestina. No fue fácil, pero continué, y hoy soy periodista. Por eso quiero que sepan que las dificultades de hoy no deben obligarlas a abandonar sus sueños.
Les diría que no dejen de intentarlo, que continúen aprendiendo de todas las maneras que puedan y que intenten mantenerse fuertes. Quizá hoy les hayan cerrado las puertas de las escuelas y de las universidades, pero no deben permitir que también les arrebaten la esperanza y sus sueños de futuro.
Vivir lejos de Afganistán te ha permitido tener una libertad que muchas mujeres de tu país no tienen actualmente, pero también has tenido que enfrentarte al exilio, al desarraigo y a la separación de tus hijos. ¿Qué significa para ti la palabra “libertad” después de todo lo que has vivido?
Para mí, la libertad no consiste solamente en que yo pueda ser libre hoy aquí. No puedo sentir que mi libertad es completa mientras sé que las niñas de mi país no pueden ir libremente a la escuela ni continuar sus estudios y que tantas mujeres están privadas del derecho a trabajar y de otros derechos fundamentales.
La libertad, para mí, tendrá verdadero significado cuando una niña afgana pueda ir a la escuela, estudiar y decidir sobre su futuro; cuando una mujer afgana pueda trabajar y construir su propia vida.
La libertad también significa tener tranquilidad mental: no despertarme cada día preguntándome qué nueva restricción impondrán hoy los talibanes a las mujeres. Mientras mi mente y mi corazón sigan preocupados por el destino de las mujeres de Afganistán, no puedo considerar completa mi propia libertad.
Desde que llegaste a España has tenido que reconstruir tu vida en un país nuevo. ¿Qué ha sido lo más difícil de empezar de nuevo aquí y qué es lo que más te ha sorprendido de la sociedad española?
Emigrar no fue nada fácil para mí porque no estaba preparada para un cambio tan grande en mi vida. Una de las primeras dificultades fue el idioma. Cuando no conoces la lengua de un país, no puedes entender lo que te dicen ni comunicarte con facilidad, y eso hace mucho más difícil comenzar una nueva vida.
Al mismo tiempo, hubo muchas cosas que me sorprendieron. Una de las más sencillas, pero también de las más importantes para mí, fue tener la llave de mi propia casa. Poder abrir la puerta, entrar y salir sin miedo y sin que nadie me preguntara adónde iba o por qué.
Sentirme segura y aprender a vivir sola e independientemente fue algo completamente nuevo. Nunca había imaginado que llegaría un día en el que viviría sola y podría decidir por mí misma cuándo salir de casa y cuándo volver, sin tener que dar explicaciones a nadie. Para muchas personas puede parecer algo completamente normal; para mí tenía un significado enorme.
España ha acogido a mujeres afganas que han tenido que abandonar su país. Desde tu experiencia, ¿crees que España está preparada para comprender las necesidades específicas de las mujeres refugiadas y acompañarlas en su integración?
Antes que nada, quiero agradecer a España toda la ayuda y el apoyo que ha brindado a las mujeres afganas. Hemos recibido de España un apoyo que no hemos encontrado de la misma manera en muchos otros países, y es algo que no olvido.
Sin embargo, creo que las necesidades específicas de las mujeres afganas no siempre se han comprendido suficientemente. En ocasiones se nos ha tratado de la misma manera que a otros migrantes, cuando las razones que llevan a cada persona a abandonar su país pueden ser muy diferentes. Muchas mujeres afganas tuvieron que marcharse precisamente por su género, por el hecho de ser mujeres.
Estas mujeres llegan a un nuevo país después de haber vivido experiencias muy difíciles: miedo, violencia, separación familiar y una enorme presión psicológica. Por eso, ofrecer un lugar seguro no siempre es suficiente; también es necesario comprender su historia, su situación emocional y sus necesidades específicas.
Agradezco profundamente lo que España ha hecho por las mujeres afganas, pero creo que todavía se puede hacer más, especialmente en el acompañamiento y el apoyo psicológico a las mujeres refugiadas.
En España hablamos constantemente de igualdad y derechos de las mujeres, pero también existen violencia de género, discriminación, desigualdades y debates políticos cada vez más polarizados. ¿Qué diferencias y qué semejanzas encuentras entre la situación de las mujeres en España y la de las mujeres afganas?
Cuando llegué a España, imaginaba que la situación de las mujeres aquí sería completamente diferente. No esperaba encontrar también casos de violencia contra las mujeres o incluso mujeres que pierden la vida como consecuencia de esa violencia. Descubrir esa realidad fue impactante para mí.
Por supuesto, la situación de las mujeres en España y en Afganistán no puede compararse completamente y existen diferencias enormes. Pero sí he encontrado algo en común: la capacidad de las mujeres de ambos países para luchar por sus derechos. Las mujeres españolas, al igual que las afganas, luchan por sus derechos y por la igualdad.
Hay además algo que ha sido muy importante para mí: las mujeres que he conocido aquí nunca me han hecho sentir que soy menos parte de la sociedad por venir de otro país. Al contrario, he encontrado cercanía, cariño y un sentimiento de pertenencia. Muchas también nos han acompañado y apoyado en nuestra lucha por los derechos de las mujeres afganas. Esa solidaridad tiene para mí un enorme valor.
Desde tu perspectiva, ¿qué papel debería desempeñar la política española y europea ante la situación de las mujeres afganas? ¿Crees que se está haciendo lo suficiente para mantener su situación en la agenda internacional?
Si observamos algunas de las decisiones adoptadas en los últimos años respecto a Afganistán, considero que España ha mantenido en distintos momentos posiciones que han sido importantes para nosotras. Espero que España continúe al lado de las mujeres afganas, que siga defendiendo sus derechos y que ayude a que nuestra voz no desaparezca de la agenda internacional.
Sin embargo, si miro la actuación de la comunidad internacional en su conjunto, desde mi punto de vista lo que se ha hecho no ha sido suficiente. Durante estos años hemos escuchado muchas declaraciones de preocupación y hemos visto numerosos informes sobre Afganistán y sobre la situación de las mujeres, pero considero que las medidas prácticas no han estado a la altura de la gravedad de la situación.
Creo también que la comunidad internacional, los antiguos dirigentes de Afganistán y los países que estuvieron presentes durante veinte años en el país no pueden desvincularse completamente de la responsabilidad por lo que ocurre hoy. Las mujeres afganas no deberían quedarse solas ni ser recordadas únicamente cuando aparece un nuevo informe o una noticia. Necesitamos un apoyo constante y acciones concretas.
En España también existe actualmente un debate político importante sobre feminismo, inmigración, derechos de las mujeres y el avance de discursos que cuestionan algunas conquistas de igualdad. ¿Qué te preocupa de este debate y qué mensaje lanzarías a quienes consideran que los derechos de las mujeres son una cuestión secundaria?
Los debates que vemos actualmente sobre inmigración, feminismo y derechos de las mujeres me preocupan. Especialmente en el caso de la inmigración, creo que no podemos mirar a todos los migrantes de la misma manera. Cada persona ha llegado por una razón diferente y detrás de cada migración existe una historia y unas circunstancias particulares.
Cuando escucho determinados debates, pienso en el futuro: ¿qué será de nosotros? ¿Qué futuro tendrán los miles y millones de migrantes que viven aquí, trabajan y contribuyen a la economía y a la sociedad española?
Mi experiencia personal es que vivir en España no significa que un migrante pueda limitarse a vivir de ayudas sociales. Aquí tienes que esforzarte, trabajar e intentar mantenerte por ti mismo. Para mí, eso tiene también un aspecto positivo, porque permite a las personas construir su independencia y formar parte de la sociedad mediante su propio trabajo y esfuerzo.
Por eso considero importante evitar las generalizaciones sobre la inmigración y observar las circunstancias de cada persona y la contribución que hace a la sociedad en la que vive.
¿Dónde crees que termina la libertad religiosa y comienza la imposición sobre una mujer cuando hablamos del uso del velo? ¿Puede considerarse realmente una elección libre cuando existe una presión familiar, social o religiosa detrás?
Cuando hablamos del velo, creo que lo primero que debemos hacer es respetar la decisión de cada mujer. Si una mujer decide llevar un pañuelo, cubrirse el cabello o utilizar el hiyab, es una elección que le pertenece a ella y los demás debemos respetarla.
Al mismo tiempo, desde mi punto de vista existe una diferencia entre elegir libremente una forma de vestir y llevarla como consecuencia de una presión familiar, social o religiosa. En el caso de prendas como el burka o el niqab, especialmente cuando la mujer no dispone de una posibilidad real de decidir, yo no lo considero una elección libre. Para mí, la pregunta fundamental es si esa mujer ha podido decidir realmente por sí misma o si otros han decidido por ella.
Tampoco debemos olvidar que existen diferentes culturas, religiones y formas de entender la vida. De la misma manera que yo, como mujer musulmana, respeto las decisiones y creencias de personas que pertenecen a otras religiones o culturas, también quiero que se respeten mi religión, mi cultura y mis decisiones. Nadie debería ser insultado o juzgado simplemente por ser musulmán.
En definitiva, para mí lo fundamental es la mujer y su derecho a elegir. Si una mujer elige libremente llevar el velo, su decisión debe ser respetada. Pero cuando la imposición y la presión sustituyen a la elección, ya no podemos hablar de libertad de la misma manera.
¿Crees que en España existe cierta hipocresía al defender la libertad de las mujeres aquí mientras muchas veces se mira hacia otro lado ante la situación de las mujeres afganas? ¿Qué responsabilidad tenemos como sociedad occidental?
Desde mi experiencia, sí percibo una contradicción. He sentido que la protección de los derechos de una mujer europea no siempre se aplica de la misma manera a una mujer migrante, especialmente a una mujer afgana.
Lo he sentido muchas veces durante el proceso relacionado con mis hijos. En ese camino me encontré repetidamente con la realidad de que yo no era española ni tenía la nacionalidad de un país europeo, y sentí que eso hacía mi situación todavía más difícil. Mi experiencia me ha mostrado que una mujer migrante no siempre recibe la protección que espera y necesita.
En mi caso, una de las preguntas más dolorosas que sigo haciéndome es cómo pudo darse una situación en la que el padre de mis hijos pudiera llevárselos a Afganistán y ellos no regresaran. Para mí no es solamente una cuestión personal; me ha llevado a preguntarme hasta qué punto los sistemas son capaces de proteger a una mujer migrante y a sus hijos cuando se encuentran en circunstancias especialmente complejas y vulnerables.
Si hablamos de derechos de las mujeres, esos derechos deben ser para todas las mujeres, independientemente de que sean europeas o migrantes, de su nacionalidad o del país del que procedan.
Después de todo lo que has vivido, ¿qué derecho de las mujeres crees que nunca debería poder ser negociado, limitado ni justificado en nombre de la cultura, la tradición, la religión o la política?
Para mí, uno de los derechos sobre los que nunca debería negociarse es el derecho a la educación. Ninguna mujer ni ninguna niña debería ser privada de estudiar por razón de su género.
Creo que la educación debe estar por encima de la política, la religión, la cultura y la tradición, y ninguna de ellas debería utilizarse como justificación para limitar el acceso de las mujeres y las niñas a la educación. La educación es un derecho humano fundamental y toda mujer y toda niña debería poder ejercerlo sin discriminación.
Cuando privas a una mujer de la educación, no le quitas solamente la posibilidad de estudiar; también limitas sus oportunidades de construir su futuro, alcanzar su independencia y elegir el camino de su propia vida. Por eso, para mí, el derecho a la educación nunca debería ser negociable.
Para terminar, después de todo lo que has vivido y de haber convertido tu experiencia en un libro que da voz a otras mujeres, ¿qué futuro sueñas para las mujeres de Afganistán y qué futuro te gustaría que construyéramos también para las mujeres en España?
Sueño con un futuro completamente diferente para Afganistán: un futuro en el que las mujeres no tengan que luchar por sus derechos más básicos, sino que puedan participar en la dirección del país, formar parte de las grandes decisiones y llegar a ocupar los cargos políticos y sociales más importantes. Sueño con que algún día una mujer pueda ser presidenta de Afganistán y con que el hecho de ser mujer no sea nunca un obstáculo para sus sueños ni para sus capacidades.
También me gustaría pedir a quienes lean esta entrevista que no sean únicamente espectadores de la historia de las mujeres afganas, sino que nos acompañen y apoyen nuestros esfuerzos. A través de nuestra asociación, Asociación Esperanza de Libertad, intentamos seguir trabajando para las mujeres y las niñas que permanecen dentro de Afganistán y crear para ellas más oportunidades y más esperanza.
Mi sueño es que llegue un día en el que las mujeres afganas ya no tengan que luchar por derechos que deberían haberles pertenecido siempre; que puedan estudiar, trabajar, decidir, liderar y participar libremente en la construcción del futuro de su país.

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