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Poncins describe su iniciación en la vida inuit con crudeza y honestidad: el frío, el hambre, las noches interminables, el aprendizaje de la paciencia, la escucha, la observación.
Por Dani Seixo | 3/07/2026
Hay libros que se leen como aventuras y hay libros que, además, se leen como documentos históricos, como radiografías de una época concreta. Kabluna. Mi vida entre los inuits, del aristócrata francés Gontran de Poncins, es sin duda una mezcla de ambas realidades. Publicado originalmente en 1941, el relato recoge los quince meses que el vizconde pasó entre los netsilik, en la isla del Rey Guillermo, entre 1938 y 1939. Pero lo que hoy resulta más fascinante, e incómodo, no es tanto la crónica de la supervivencia en el hielo como la crónica de una mirada: la del hombre blanco europeo que se enfrenta a un mundo que no entiende y que sin embargo acaba en cierto modo admirando.
Porque Kabluna, término inuit para hombre blanco, es ante todo, una novela de formación, pero de una formación muy particular. No se trata solo del aprendizaje de la caza de la foca o del manejo del trineo de perros, se trata del desaprendizaje de las categorías con las que un europeo de principios del siglo XX miraba el mundo: el tiempo, la propiedad, la familia, la higiene, la moral. Poncins llega al Ártico con la mochila cultural de su tiempo, una educación aristocrática, una fe en la superioridad técnica y moral de Occidente y una sensibilidad que oscila entre el romanticismo exótico y el desprecio etnocéntrico. Y eso es precisamente lo que hace de esta obra un documento tan valioso como problemático.
El relato comienza con una sucesión de estupores… Al autor le horroriza que los inuits coman carne cruda y congelada, que no tengan horarios, que compartan a las mujeres sin reparos, que cojan los objetos ajenos como si fueran suyos. Esa primera parte es un catálogo casi antropológico de lo que el europeo considera «bárbaro» e insoportable de sus nuevos anfitriones. Poncins no se limita a describir, juzga. Y juzga desde una posición de superioridad que hoy nos parece, cuando menos, ingenua. Pero la genialidad del libro y lo que lo ha convertido en un clásico reside en que ese juicio inicial se va desmoronando poco a poco, conforme el autor se va convirtiendo, en palabras suyas de forastero en hombre.
Ese arco narrativo es lo que salvó a la obra del olvido. Poncins describe su iniciación en la vida inuit con crudeza y honestidad: el frío, el hambre, las noches interminables, el aprendizaje de la paciencia, la escucha, la observación. Pero también describe la sabiduría práctica y simbólica de un pueblo que sobrevive donde el europeo no duraría una semana sin su tecnología. Y ahí está el giro, el «primitivo» resulta ser más inteligente, más adaptado y en cierto sentido más humano.
Sin embargo, es necesario leer este título con las precauciones críticas que exige cualquier texto de su tiempo, porque la admiración final del autor no borra el hecho de que todo el relato está construido sobre una polaridad básica: el nosotros civilizado y el ellos salvaje, incluso cuando ese «ellos» acaba siendo valorado positivamente. Poncins descubre a los inuits, pero siempre desde su propio viaje interior, desde su propia catarsis. El otro es en gran medida un instrumento para su propia transformación espiritual. Eso no invalida el libro, pero lo sitúa en su lugar: el de un aristócrata francés que busca en el Ártico una respuesta a las preguntas que Europa ya no le resolvía.
Kabluna no es un manual de antropología, ni una guía de buenas prácticas para el encuentro intercultural. Es el testimonio de una época en la que el hombre blanco aún podía creer que el centro del mundo estaba en París o en Londres y que los demás pueblos esperaban ser descubiertos, descritos y quizás redimidos.
Hoy, leer Kabluna produce una extraña sensación de ambivalencia. Por un lado, emociona la capacidad de Poncins para reconocer su propia ceguera y para abrazar una forma de vida radicalmente distinta. Por otro, incomoda su condescendencia, su paternalismo, su certeza inicial de que él era el portador de la razón y los inuits los portadores de la mala costumbre. Pero quizá esa ambivalencia sea precisamente lo que hace del libro una obra viva, no nos da respuestas, sino que nos muestra el proceso, torpe y sincero, de un hombre que aprendió a escuchar.
Kabluna es, en definitiva, un espejo en el que mirarnos con honradez. Porque, aún hoy, seguimos siendo en algún sentido kablunas. Y el viaje de Poncins nos recuerda que el primer paso para entender al otro es, como él, admitir que no entendemos nada.
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