José María Galante “Chato”: compañero y luchador

Por Pepe Mejía / La Comuna de presxs y represaliadxs del franquismo

En la madrugada del 28 al 29 de marzo de 2020, fallecía nuestro querido compañero de luchas y muchas batallas, José María Galante, más conocido como “Chato”.

Todavía muy conmocionado por el tremendo dolor que me causa su pérdida, no quiero dejar pasar escribir en estos momentos tan duros. Escribir para rendir, como si fuera un granito de arena, un pequeño pero muy merecido homenaje que de seguro le haremos compañeros/as, camaradas, amigos y amigas, conocidos y conocidas. Chato, no sólo fuiste una persona luchadora, sino un compañero lleno de solidaridad y afecto.

Este ha sido el desayuno más duro de mi vida. Me he sentado con mis dos hijos -menores de catorce años- que me han visto afectado. Y he tenido fuerzas para explicarles quién era Chato, cómo le conocí, cómo me influyó, como aprendí de él, cómo compartí con él ideales, actos, charlas, movilizaciones en la calle, reuniones, muchas reuniones y cómo fue una persona que destilaba por todos los poros mucho cariño y afecto.

Tenía yo 21 años. Llevaba cuatro meses en Madrid. Después de dos citas clandestinas con gente de la LCR, me dieron la cita definitiva. No me acuerdo muy bien si fue en febrero o marzo de 1977 cuando me acerqué a la calle Augusto Figueroa y Chato fue la persona que me abrió las puertas de la LCR. Mi primera impresión fue que me encontraba con un hombre curtido en mil batallas. Después me enteré de que acababa de salir de la cárcel y allí estaba, en la primera trinchera de la organización, en el umbral del local de la LCR.

Junto con el Moro, compartí con Chato días agitados de movilizaciones, clandestinidades y organización. En más de una ocasión, hice llegar a Chato escritos de la dirección a Madrid. Porque Chato era, además de buen estratega, un compañero de organización. No se le escapaba detalle. Te preguntaba y te interpelaba. Y si tenía que ser duro en el debate lo hacía pero siempre con ese tacto, ese cariño y ese afecto. Así aprendí a ser un militante, un camarada que se hace fuerte dentro de la colectividad, de la célula y de la organización. También mucho temple. En esos tiempos compartimos algún piquete en alguna huelga general y siempre el Chato, organizador y atento a la represión que podía caer contra nuestros camaradas.

Mantuvimos un contacto más estrecho de militancia cuando nos trasladamos a la calle Embajadores. Todos los días nos veíamos. Y Chato, además de militante le podías ver limpiando el local, abriendo la puerta, asistiendo a reuniones, coordinando acciones y siempre con la discreción necesaria.

Durante los duros años de plomo en Perú, cuando Sendero Luminoso llegó a marchar por la principal arteria de Lima, Chato se integró en la Comisión de Defensa de los Derechos Humanos de Perú (CODDEH-PERÚ). Nos reuníamos en mi apartamento de Príncipe de Vergara bajo la atenta mirada de Trotski. Mi conversador loro era el único que le sacaba de quicio. Chato me obligaba a llevar a Trotski a la cocina. Porque cuando Chato hablaba -y Trotski estaba presente- mi loro no le dejaba hablar.

Coincidimos en el apoyo a la revolución nicaragüense y en la lucha contra la OTAN. Cuando empezó a militar muy activamente en Ecologistas en Acción, y creo que también en Aedenat, estuvimos más alejados de la militancia más estrecha, pero siempre nos veíamos en las movilizaciones y espacios de lucha.

Cuando los inicios de La Comuna, organización de expresos y ex presas y represaliadas de la dictadura franquista, Chato me llamó para echar una mano en comunicación y prensa. Mis tareas primordiales fue impulsar los inicios de la querella argentina y el tema Billy el Niño. Para este último, le pase información sobre cómo se había trabajado la localización de represores en las dictaduras en Chile y Argentina.

En La Comuna trabajamos a todo trapo. Chato me insistió siempre en construir una organización horizontal, inclusiva y participativa donde todo el mundo se sintiera a gusto y con el objetivo claro de aplicar la justicia a los represores de la dictadura. Además de juntarnos, nuevamente, con ex militantes de la LCR, entre ellos y ellas con Piños, retomamos el contacto con compañeros y compañeras que habían sufrido represión, torturas y persecución. Compañeros y compañeras como Manolo Blanco Chivite, ex militante del FRAP y condenado a muerte en 1975 y al que había conocido en un piso franco de la calle Arenal. A Pablo Mayoral y muchas otras compañeras de viaje. La Comuna fue el espacio ideal para continuar con nuestra lucha y contra el olvido.

En los últimos tiempos nos seguimos viendo en las distintas convocatorias de La Comuna o del movimiento memorialista. Asistía con frecuencia a las actividades que se celebraban en el local de la Plaza de los Comunes. Compartíamos, junto con Justa, su inseparable y combativa compañera, conversaciones varias, alegrías y aprovechábamos para preguntarnos por nuestras amistades.

Para mí Chato fue un luchador infatigable, anti franquista, anticapitalista y ecologista, firme defensor de los derechos humanos. Gracias por conocerte. Gracias por compartir parte de tu tiempo. Gracias por todas las enseñanzas que me dejas. Gracias Chato. Que la tierra te sea leve, compañero!

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