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Entrevistamos a Joaquim Soler, investigador y profesor asociado vinculado a la Universitat de Girona, especializado en Prehistoria y Arqueología.
Por Hector Bujari Santorum | 1/04/2026
¿Cómo está siendo la colaboración de la universidad y el Ministerio de Cultura de la RASD?
Esto viene de lejos, desde el año 1994. El gobierno saharaui, conociendo la problemática de su país, entró en contacto con la Universidad de Girona. La universidad se prestó a colaborar en aquellas tareas que estuvieran dentro de su capacidad científica y del interés de sus profesores y profesoras.
Se realizaron charlas con el gobierno saharaui, y ellos dieron a conocer su interés en que hubiera un museo en los campamentos. En un primer momento nos sorprendió un poco, porque es una necesidad que uno no se imagina cuando no conoce la situación de los campos de refugiados. Después nos dimos cuenta de que, si era una petición del gobierno saharaui, desde la universidad podíamos atenderla.
Se configuró entonces un grupo formado por profesorado de arqueología y antropología, personal técnico de la universidad, estudiantes y personal de la biblioteca, entre otros, para sacar adelante esta solicitud y estudiar si se le podía dar respuesta. Algunas personas de la universidad ya estaban en contacto con la problemática del Sáhara, a través de asociaciones de amistad con el pueblo saharaui en Cataluña.
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Sobre la situación concreta del patrimonio saharaui se conocía poco. A partir de ahí comenzaron los desplazamientos de personal de la universidad a los campamentos de refugiados y, sobre todo, a los territorios liberados. Gracias a estos desplazamientos se pudo conocer y estudiar lo que había, y se trabajó en la creación de un producto cultural apto para los campamentos, para los saharauis y también para los visitantes.
Se buscaba cubrir dos necesidades: por un lado, la de la gente nacida en el exilio que no conoce su país; por otro, la de ofrecer un relato sobre la cultura tradicional, el medio físico, la historia y la arqueología. Se trata de un museo no temático, sino generalista y enciclopédico sobre el Sáhara. No es muy amplio ni exhaustivo, sino pensado para la población general.
También sirve para atender a las múltiples delegaciones extranjeras que visitan los campamentos, para que conozcan el Sáhara más allá del conflicto, mostrando la riqueza cultural del país, su historia y las razones de su lucha. Es decir, responder a la pregunta: ¿para volver a dónde? Para volver a este país.
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El museo se inauguró en el año 1997. Fue un hito importante, pero no el único. A partir de entonces se ha seguido colaborando en cuestiones de patrimonio cultural hasta la actualidad, incluyendo trabajos de arqueología, antropología y la creación de otros centros culturales.
Este museo se encuentra en Bojador. En otros lugares, como Dajla y Auserd, se crearon centros culturales más orientados a las vivencias de la gente que vive actualmente en los campamentos: su vida personal, su lucha y sus orígenes. No son espacios enciclopédicos, sino más concretos y centrados en la experiencia de la población refugiada.
¿Qué es lo más llamativo en cuanto a patrimonio arqueológico que habéis podido ver en los territorios liberados?
En primer lugar, quiero poner en contexto por qué nos ha sorprendido el resultado. Desde la época colonial ya se conocía que el Sáhara Occidental era un lugar rico en arqueología, tanto en yacimientos como en hábitats de población nómada. No hay poblados de piedra con murallas; estamos hablando de poblaciones nómadas desde la prehistoria, y este nomadismo llega hasta nuestros días.
Esto se debe a que no había una agricultura propia de poblaciones sedentarias. Sí existía en zonas de Mauritania, cerca del río Senegal, pero en el Sáhara Occidental nunca. Siempre se ha tratado de poblaciones nómadas, y no se han construido grandes centros urbanos hasta tiempos recientes.
Por un lado, aunque no haya estos centros urbanos, es muy fácil localizar restos arqueológicos. Como la vegetación no cubre el terreno, es sencillo observarlos: los hay por doquier. Pueden tener cientos de miles de años o ser más recientes; cuando digo “recientes” me refiero, por ejemplo, a 2000 o 1000 años antes de Cristo.
Junto a estos restos de hábitat, también se perciben muy bien los monumentos funerarios. Son túmulos y construcciones que no llegan a lo que en Europa u otras partes del mundo se considera megalitismo a gran escala, pero sí son estructuras llamativas, visibles desde lejos y con cierto valor estético.
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Por tanto, encontramos, por un lado, restos de campamentos y, por otro, monumentos funerarios de entre 5000 y 3000 años de antigüedad. Esto se repite en muchas partes del Sáhara y resulta muy interesante de estudiar.
Sin embargo, lo que más hemos investigado es el arte rupestre prehistórico. No porque fuera desconocida la riqueza del Sáhara Occidental en este tipo de patrimonio, sino porque, como ya sabrás, los territorios liberados corresponden a la parte más oriental del Sáhara Occidental. Allí, aunque los españoles dominaron el territorio, no se realizaron tantas expediciones científicas o de exploración en esa zona.
El arte del sur del país y especialmente el de los alrededores de Smara, es conocido desde los años 40. Pero en estas zonas más aisladas, alejadas de lugares como El Aaiún, Dajla o Smara, la investigación fue mucho menor. Es precisamente ahí donde nosotros hemos podido trabajar durante años, descubriendo y documentando yacimientos muy importantes y de gran belleza.
A diferencia de lo que tenemos en España, allí todo es mucho más abundante. Existen lugares con abrigos rocosos en montañas con forma de mesetas planas llenos de pequeñas cavidades con muchísimas pinturas rupestres. Esto en España existe, pero nunca con esa abundancia.
Algo que nos sorprendió especialmente fue la enorme cantidad de este tipo de restos prehistóricos. La pintura rupestre en estas cavidades es extraordinaria.
Además, hay un fenómeno que ya se conocía en Smara, pero que nosotros documentamos en otras zonas, sobre todo cerca del muro y de los campamentos. En el yacimiento de Sluguilla Lawash —y no exagero al decirlo—, a lo largo de más de 30 kilómetros, siguiendo el cauce de un uadi (un río seco), aparecen rocas grabadas.
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En lugares como Tifariti, Mehaires y otros, hay cauces secos con arena y vegetación. Pero en Sluguilla Lawash el paisaje es distinto: es lo más parecido a la hammada, como la de los campamentos de refugiados. Aun así, a lo largo de esos 30 kilómetros se encuentran losas de piedra grabadas con animales prehistóricos.
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¡Treinta kilómetros! Es una extensión enorme. Durante muchos años hemos estudiado este cauce y han aparecido casi 2000 rocas grabadas. Cuando comparas esto con lo que tenemos en España —aunque también haya ejemplos muy valiosos—, el contraste es muy grande.
Se trata de un arte rupestre prehistórico extraordinariamente rico, muy extendido y, al mismo tiempo, difícil de conocer, conservar y proteger. Si en España ya es complicado, allí puedes imaginar hasta qué punto lo es.
Y, además de todo esto, también están los restos de hábitat.
Vosotros, por lo que tengo entendido, tenéis ahora mismo en custodia —porque estáis investigando— algún patrimonio arqueológico. ¿Habéis llegado a alguna conclusión sobre él?
Bueno, hay diversas experiencias. En los campamentos no se dan las condiciones adecuadas para estudiar estos materiales. Algunos deben ser sometidos a estudios físico-químicos para obtener dataciones, por ejemplo. En algunas ocasiones hemos traído materiales a la península, los hemos estudiado y posteriormente los hemos devuelto a los campamentos de refugiados, concretamente al Museo Nacional.
Hace ya muchos años, en 2008, la universidad construyó un espacio específico para que todas las misiones de investigación extranjeras fuéramos depositando los materiales en el museo. Se trata de un museo no solo didáctico, sino también con función de protección del patrimonio, como ocurre en España.
Allí hemos realizado diversas intervenciones, aunque no es lo principal de nuestro trabajo. El arte rupestre, por su fragilidad, es donde hemos puesto nuestro mayor empeño. También hemos llevado a cabo excavaciones, ya que el arte rupestre a veces es difícil de fechar: no siempre es sencillo determinar su antigüedad ni las actividades con las que está relacionado.
Por eso era necesario estudiar los hábitats. Se excavaron algunos, siguiendo una metodología muy similar a la que aplicaríamos en España. Sin embargo, las condiciones sobre el terreno son muy duras, por lo que realizamos intervenciones muy pequeñas, en áreas reducidas y con pocos materiales. No podemos permanecer tres o cuatro semanas en un mismo lugar realizando excavaciones con los medios de los que disponemos.
Hemos trabajado en un yacimiento que ya hemos publicado, el llamado Ashash —“el abrigo de los nidos”—, utilizando su nombre en hassanía. Se trata de una de esas pequeñas cuevas o abrigos con pinturas, situadas al borde de un uadi (un río seco). Allí detectamos desde hace tiempo evidencias de hábitat y, al coincidir con arte rupestre, realizamos un sondeo, una pequeña excavación, para comprender la edad y las características del asentamiento y ver si podía relacionarse con las pinturas. Finalmente no se pudo establecer una relación directa, pero sí obtuvimos una datación de unos 8000 años antes del presente.
Esto corresponde a grupos de cazadores-recolectores de la estepa, en una época en la que existían rinocerontes, asnos y jirafas: una fauna muy distinta a la actual. El clima tampoco era como el de hoy; se trataba de un periodo más húmedo y verde.
También hemos trabajado en un lugar mítico para los saharauis llamado Leyuad. Asimismo, hemos investigado el arte rupestre en una cueva conocida desde antiguo, registrada ya a finales de los años 40: la llamada Cueva del Diablo. Allí hemos trabajado incluso de noche, reproduciendo y documentando todos los grabados rupestres.
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Cerca de ese lugar, en otro sitio también conocido —donde ya trabajaron investigadores canarios en los años 70—, realizamos una pequeña excavación de unos dos metros cuadrados. Actualmente seguimos investigando ese yacimiento, que probablemente tenga entre 9000 y 7000 años de antigüedad. Este tipo de sondeos no busca documentar un único momento, sino varios momentos de ocupación a lo largo del tiempo.
Además, hemos llevado a cabo intervenciones similares a las de otros equipos, como los de la Universidad del País Vasco, que también han trabajado intensamente en arqueología en la zona. En nuestro caso, hemos estudiado algunos monumentos funerarios de los que mencioné antes, y los resultados apuntan al tercer milenio antes de Cristo.
En definitiva, hemos trabajado en distintos ámbitos, pero nuestro compromiso principal ha sido siempre con el arte rupestre, porque consideramos que es el eslabón más frágil de todo este patrimonio.
También quería preguntarte cómo es vuestro trabajo en relación con esto a lo largo del tiempo. Por lo menos por mi parte, no sé si para el público general hay un gran desconocimiento de la labor de un arqueólogo más allá de ir al lugar y hacer la excavación. En el día a día, ¿cómo es realizar estos estudios?
No es muy distinto a lo que haríamos aquí sobre el terreno, no solo por las carencias derivadas de la situación del conflicto, sino por el hecho de trabajar en el desierto. Es un reto estar un tiempo largo en el mismo sitio. La superficie se documenta superficialmente, se va excavando, se documenta el material, la ubicación de todos ellos y, una vez hecha esta parte de trabajo de campo, se estudian los materiales y se publican. No es muy distinto de lo que se hace aquí en Europa, por ejemplo. Es el equivalente.
Nuestro compromiso era que el Sáhara no solo fuera conocido por el conflicto, sino por todo lo que hay además, y que esto además tenga la suficiente fuerza para que otra gente descubra el territorio y el conflicto después.
Después de esto, con los resultados, nosotros hacemos dos tipos de productos: productos científicos, igual que haríamos en España. Intentamos publicarlo en lugares de prestigio para que la comunidad científica se entere de lo que ocurre allí, porque muchas veces el Sáhara Occidental aparece en blanco en mapas sobre la prehistoria o con muy pocos puntitos. Este vacío nos parece pernicioso: ahí había gente y había pasado. Si no había nada en el pasado, parece que lo que hay en el presente no es importante. Llenar el pasado nos parece una forma de que la gente se interese en el presente.
Por otra parte, dejando de lado estos productos científicos, se vuelca en productos como los que hemos hablado antes: el museo, exposiciones, charlas. Nosotros no lo hacemos solos, lo hacemos con el Ministerio de Cultura. Si el Ministerio de Cultura considera que hacen falta cierto tipo de productos y nosotros llegamos a ello, vamos trasladando eso para que el ministerio haga lo que considere. Aunque ellos son muy abiertos, confían en nosotros y piden pocas cosas.
Las condiciones no son las mejores. Intentamos hacer esto, este tipo de trabajo para los museos y la difusión en Europa, y de ahí hablar del conflicto.
Sobre las afecciones al patrimonio arqueológico, especialmente al patrimonio rupestre, ¿qué impactos habéis visto en ese patrimonio?
Aquí hay mucha mitología, mucha. Al contrario de lo que pudiera parecer, y esto es poco “salvaje” lo que voy a decir: la guerra protege el patrimonio. Si hay guerra, hay poca gente y hay poco lío. Es así de crudo. Si lo comparas con situaciones como Mauritania o Marruecos, donde hay un mercado negro inmenso de materiales y puedes encontrar de todo por internet, en el Sáhara Occidental esto no pasa; ha estado protegido. Ha estado protegido por las circunstancias.
Entonces, afecciones hay, pero muchas menos de las que habría en otra situación. Aquí el problema es que el gobierno saharaui no tiene las capacidades para poder protegerlo; ya le gustaría, pero no las tiene. Entonces, si esto fuera todo abierto, habría un problema. Ya sabes, hay regiones militares, hay control y se vigila dentro de lo posible.
Ha habido afecciones; yo he participado en algunas misiones en el pasado de reparación de algunas de ellas, pero, aun siendo graves, podría ser mucho peor.
¿Qué afecciones has podido ver durante estas misiones en las que participaste en las reparaciones?
Me gusta poner un contexto. Ten presente que durante la época colonial era habitual coger losas con grabados, decorar los cuarteles militares y trasladarlas a España. Esto, que yo sepa, no se da ahora. Una parte de nuestro trabajo consiste en documentar todo lo que hay, porque si no se produce este proceso… se puede perder, pero también se puede recuperar. Si no haces esa tarea de documentación, nunca vas a poder recuperar nada.
Entonces, por eso dije antes que nuestra prioridad es el arte rupestre, no solo por el valor científico, sino porque creíamos que era donde nuestra actividad podía tener más utilidad desde el punto de vista administrativo y de protección patrimonial.
En el año 2007 o 2008 hubo bastante lío y fue muy mediático un tema con la MINURSO, porque se vandalizaron algunos sitios, sobre todo tres, con pinturas rupestres. Ahí conseguimos armar, con ayuda del gobierno saharaui y de la MINURSO, un equipo de restauración que finalmente fue quien financió la operación, y llevamos la intervención sobre el terreno. En su momento fue muy criticada la MINURSO, pero también fue colaborativa.
Yo estuve muy satisfecho de poder participar en la misión y de revertir los daños; fueron revertidos. Había muchos actos vandálicos que no eran obra de la MINURSO, sino de la población local o incluso de los franceses. Cuando fue posible, algunos de esos también se fueron revirtiendo.
Claro que en aquel momento fue muy fuerte y sorprendente que unos oficiales que están allí para hacer unas tareas se dedicaran a hacer esas cosas con esos efectos negativos. Al final, creo que fue un proceso muy educativo para todas las partes, porque, que yo sepa, no se ha vuelto a producir. Esto ocurrió en 2007 o 2008 y nosotros lo reparamos en 2010.
Te quería preguntar sobre la situación de la Cueva de las Bailarinas. Hubo un intento de retirar parte de la pared y quedó afectada, no sé si tienes información sobre este tema.
Hay una parte donde las personas están danzando, de ahí el nombre de la cueva, pero hace mucho de esto. En 1995 y 1996 estaba bien y en 1997 se había arrancado, o había caído y alguien se llevó una parte. Te estoy hablando de unos 40 centímetros. Esto también pudo ser que, aprovechando una grieta, alguien lo sacara.
De forma natural también pudo caer; al final, no todas las afecciones del patrimonio son culpa de las personas, las condiciones ambientales también juegan, y a veces son las dos. No sé si alguien se lo llevó o si cayó al suelo y alguien se lo llevó. No vamos a poder llegar más lejos, es anecdótico comparado con lo otro.
Ahora sabes que hay guerra y no podemos visitarla. Igual, cuando termine la guerra y se pueda volver a visitar, vamos a ver otras cosas. Sobre esto no tengo mucha más información; los que trabajan sobre el terreno no han reportado más casos así.
¿Habéis identificado trabajo arqueológico por parte de Marruecos en el territorio ocupado?
Durante mucho tiempo no. Sí se hizo un libro bastante bonito sobre el arte rupestre de Smara en 2008, pero no eran cosas nuevas, sino conocidas desde la época española. De lo que quedaba, porque fue muy esquilmado durante la ocupación española, se publicó ese trabajo.
Hasta ahora, poco más se ha hecho. Se ha intentado que gente de Canarias trabaje allí, pero normalmente lo hacen en Tarfaya, que también era saharaui en origen y fue entregada a Marruecos en 1958, donde sí se hacen algunas cosas.
En los territorios ocupados no tengo mucha constancia. No sería extraño que se estén haciendo actividades, pero yo las desconozco.
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