“La obsesión histérica de Washington por aplastar a Cuba desde los primeros días de su independencia en 1959 es uno de los fenómenos más extraños de la historia moderna, pero aun así este mezquino sadismo sigue sorprendiéndonos”, afirmó Noam Chomsky.
Con el paso de las décadas, lejos de debilitarse, el bloqueo se ha fortalecido con leyes como la Cuban Democracy Act de 1992 y la Ley Helms-Burton de 1996, que buscaron internacionalizar las sanciones y desincentivar la inversión extranjera en la isla.
Contra la extrañeza europea los norteamericanos no les había sido posible sostener legalmente por la fuerza a Batista, además de que habían aprendido que las dictaduras no eran un buen negocio.
En este título, Chomsky y Prashad, con su característico escepticismo hacia los grandes poderes, nos advierten de las narrativas simplistas que se suelen imponer desde los principales medios de comunicación.
Si los cubanos no hubieran intervenido, habría habido otra victoria sudafricana en el sur de África que habría reforzado el control del apartheid sobre Sudáfrica. La victoria cubana fue un golpe para el apartheid.