Imperio herido

Este título no busca que estemos de acuerdo con cada página. De hecho, a ratos incomoda. Su mirada sobre Europa es cruel y quizá justa, nuestra autonomía estratégica, escribe, nunca fue más que un eslogan.

Por Dani Seixo | 5/06/2026

A veces los imperios enferman como los hombres. Sin previo aviso, una mañana cualquiera, ya no son los mismos. Pero a diferencia de los hombres, ellos no aceptan la fragilidad. No pueden permitírselo. por ello, la disimulan con estrépito. Néstor Prieto Amador, periodista e investigador de la Universidad de Salamanca, ha escrito un ensayo que funciona como un espejo torcido. Porque lo que refleja no es bonito, pero tiene esa verdad incómoda de las cosas que preferiríamos no mirar.

Aunque el título, «Imperio herido«, suene a réquiem, el libro no canta un final. Advierte de algo más extraño, un coloso que pierde la gracia, que ya no convence ni enamora y que por eso mismo se vuelve puño.

Prieto recorre dos siglos de historia, desde las trece colonias hasta los algoritmos que eligen objetivos en Gaza, para contarnos que Trump no es una grieta en el sistema. Es la piel que el imperio ha sacado hacia fuera. Lo que algunos llaman locura de un presidente, el autor lo nombra como coherencia cruel de una potencia herida que ya no sabe cómo gustar.

Por todo ello, el mundo avanza hacia un lugar más violento. No hacia el caos absoluto, sino hacia una especie de orden sin brújula. Y en ese paisaje desolado, Estados Unidos decide que si no puede ser amado, será temido. Así bombardea Venezuela mientras negocia con Irán. Bloquea Cuba. Presiona Groenlandia. Todo en dos meses. No es delirio. Es un cruel método.

Hay algo casi mágico pero muy real en la forma en que Prieto describe esos algoritmos que matan sin odio. Porque si la guerra siempre fue horrible, ahora además es fría. Deshumanizada por definición. Y el autor nos recuerda que eso ya se ensayó en Gaza, como un ensayo general para algo más grande.

Este título no busca que estemos de acuerdo con cada página. De hecho, a ratos incomoda. Su mirada sobre Europa es cruel y quizá justa, nuestra autonomía estratégica, escribe, nunca fue más que un eslogan. Y su rechazo al entusiasmo multipolar puede parecer excesivo para quienes sueñan con un mundo más equilibrado.

Pero esa incomodidad es exactamente su virtud. Porque Prieto no escribe para adoctrinar, escribe para abrir una herida que ya estaba ahí y que muchos preferimos vendar con discursos cómodos. Su libro, en el fondo, es una invitación a mirar el desastre con los ojos abiertos.

Imperio herido es un buen punto de entrada para quien quiera asomarse a esta locura ordenada que llamamos geopolítica. No hace falta compartir todo lo que dice. Pero conviene agradecer que alguien, por fin, ponga sobre la mesa un debate incómodo, urgente y que llevábamos años aplazando. El imperio sangra. Y cuando sangra, no pide ayuda. Ataca.

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