Huérfanos, guerra y sonidos distorsionados

Salvar Al Garito IOSIF

Por Antonio Mautor

Esta historia comienza en África, en concreto en Angola. En el corazón del continente más antiguo de la Tierra, se libró una de las guerras civiles más sangrientas que se recuerdan. La guerra civil angoleña (1975-2002) fue el conflicto más largo de África, y formó parte de la guerra de Independencia del país. 

Este conflicto, además, fue una parte del engranaje de la guerra fría,  enfrentó al gobierno del MPLA y sus aliados de Cuba y la SWAPO, que luchaba por la independencia de Namibia, contra UNITA, el FNLA, Sudáfrica y Zaire. Los primeros con  apoyo soviético, y los segundos con suministro de  material proveniente de Estados Unidos e Israel, así como de mercenarios occidentales.

Toda una locura que acabó con la vida 3500 personas, más de cuatro millones de refugiados y más de 100.000 mutilados. 

Múltiples generaciones de niños y  jóvenes de Angola, sufrieron de manera terrible las consecuencias de este conflicto bélico. Utilizados sin escrúpulos para los intereses de ambos bandos, además de sufrir el ruido infernal de la guerra, eran partícipes en ella o reclutados. Su día a día transcurría entre sonidos de metralleta, obuses o cortes de machete. Un ruido siniestro, dantesco, horrible, que fue calando en generaciones y los marcó para toda su vida. 

Su mundo lleno de desesperación y miseria encontró en el rock y el metal la válvula de escape ante una realidad tan poco amable. El ruido ensordecedor de las armas, mutó en sonidos distorsionados, riffs y notas de rock, que  sirvieron para dar rienda suelta a la rabia contenida por tantos años de locura, canalizando esa energía por medio de la música. 

Todo este relato queda perfectamente reflejado en un documental llamado Death Metal Angola (2012), dirigido por Jeremy Xido, en que se relatan las vidas de estos jóvenes y cómo llegaron a formar grupos de rock y metal para librarse, aunque fuera por unos momentos, de tanto terror. El film nos narra cómo una pareja,  encarnada en Sonia Ferreira (responsable de un orfanato) y su novio Wilker Flores, son los encargados de intentar llevar este sueño a buen puerto, decidiendo volcar todos sus esfuerzos en hacer realidad una gran azaña: que Huambo, la ciudad en la que viven, sea capaz de albergar el primer festival de rock de Angola (algo que ya habían intentado, sin éxito, en Benguela, y la capital, Luanda).

Entre los preparativos del festival y la presentación de los grupos que actuarán en él (Dor Fantasma, Before Crush o Black Soul, entre otros), la pareja protagonista va contando los esfuerzos realizados a lo largo de los últimos años para dar un techo a los 55 huérfanos que conviven con ellos. Y también para conseguirles un avión rumbo a Benguela en 1998, cuando la conflagración volvió a reactivarse. 

Sonia va recordando con todo tipo de detalles, y alguno de ellos de extrema crudeza, la devastación producida en Huambo por los continuos bombardeos, las minas antipersona, las miles de amputaciones, y sobre todo  los huérfanos durmiendo en las calles, sin tener un sitio donde ir, ni una referencia familiar. Niños, jóvenes, abandonados a su suerte, carne de cañón, sin futuro, con un pie más cerca de la muerte que de la vida. 

El bálsamo ante tanta desolación fue el rock, ademas en su versión más dura y brutal: el death metal y black metal. Dos géneros que arraigarían de manera especial hace ya una década en el país africano, surgiendo bandas de manera espontánea y floreciendo una escena inédita en el continente africano, más proclive a alimentar su música a base del folclore autóctono de cada país. 

Estos géneros, tanto el Death como el black metal, forman parte del metal extremo, la forma -por así decirlo- más radical de expresión que ha alcanzado el rock. Sus letras son gráficas, viscerales, sangrientas, oscuras, todo engalanado por una música difícil de oír, a la que te tienes que acostumbrar, a la que has de llegar, todo con tintes de catarsis absoluta. 

Sonia expresa cómo ellos utilizaron esta música como vehículo para expulsar los demonios que llevaban dentro, que no cesaban de atormentarles y hacerles sentir que no tenían salida alguna a sus pisoteadas vidas. 

Como contrapartida, los chavales que salen en el documental, además de relatar sus terribles vivencias, ponen a Sonia como ejemplo de ángel de la guarda, su nueva madre, la persona que les ayudó a volver a tener ilusión por algo en la vida. 

Para poder conseguir su sueño, tendrán que lidiar con multitud de trabas económicas y burocráticas. Angola pasó de ser un país devastado por la guerra a sumirse en el cruel mercado del petróleo, por lo que un concierto-festival de rock/metal no le importaba a nadie. 

Es de resaltar la actitud de Wilker, novio de Sonia, que tuvo que poner de su bolsillo, nada menos que 3000 dólares, a fin de costear todo el equipo logístico que les faltaba para realizar esta hazaña. Ese dinero iba a ser el que sufragará sus estudios de informática, pero lo dio por bueno para llegar a la meta. En una frase se puede resumir el espíritu de esta historia:

“El dinero sólo es papel, y a mí eso no me importa demasiado…. Lo que realmente me interesa es el rock”.

El concierto se realizó, fue todo un éxito, y ya lleva varias ediciones. 

Esta es la historia de Sonia, Wilker y los huérfanos de Angola. La historia de unos huérfanos que cambiaron el ruido diabólico de la guerra por el sanador de los sonidos distorsionados. Cuando algún día digas que no puedes conseguir algo, recuérdalos y seguro que lo vuelves a intentar otra vez. 


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