Historias de barrio

Por Daniel Seixo

Ser rico es malo, es inhumano. Así lo digo y condeno a los ricos

Hugo Chávez

«El fascismo es capitalismo en descomposición«

Vladimir Ilyich Lenin

Comenzábamos este 2020 con un nuevo gobierno y viejas inquietudes. Apenas iniciado el año, los poderosos del llamado «Mundo libre» se reunían de nuevo en petit comité en el Foro de Davos para debatir de forma discreta y secreta, prácticas propias de endogamia de élite global, el destino de los millones de habitantes de este nuestro planeta. Sin grandes tramas de conspiranoia siempre circundantes a estas citas, pero con una barrera material de lujo situada en los 625.000 dólares que aparentemente cuesta ser miembro de dicho Foro y por tanto garantizarse el acceso a sus exclusivas reuniones, Davos sigue suponiendo un espacio reservado para las grandes fortunas. Todo ello siempre y cuando no seas uno de los influyentes invitados por alguna de las 3000 personalidades que acuden al mismo, cerca de un tercio de las mismas pertenecientes al sector de los negocios. Entre los nombres propios invitados a la cita de este año nos encontramos al presidente de Estados Unidos, Donald Trump, la activista contra el cambio climático Greta Thunberg y el jefe de Uber, Dara Khosrowshahi. Todos ellos dispuestos a intercambiar experiencias y pareceres con figuras clave de Naciones Unidas, la Unión Europea y los jefes de grandes empresas como Coca-Cola, Goldman Sachs e IBM. Desconocemos las charlas que allí tuvieron lugar, pero no creemos que la periodista canadiense Naomi Klein estuviese en su momento muy equivocada en sus apreciaciones.

Un barrio como Vallecas solo se casa con el sentir de la clase trabajadora, que supone a su vez el sentir de los vecinos de ese mismo barrio

En el estado español las cosas eran quizás más mundanas, en ese inicio de año nos entreteníamos con el empate entre el Athletic y el Celta, los partidos vascos se preparaban para unas posibles elecciones, La Razón cargaba contra Irene Montero y Casado, Vox y Ciudadanos se embarraban en una pelea por el llamado «veto parental» que Unidas Podemos y el PSOE aprovechaban oportunamente para marcar distancias y barrer algo de apoyo en una nueva batallita parlamentaria, que todavía resonaba a política amarillista con escasa o nula profundidad real para las vidas cotidianas de los españoles. No es que el tema no tuviese trasfondo alguno, pero las formas y la obsesión por estirar el debate innecesariamente, dejaba entrever que la legislatura que se planteaba por delante volvería a ser más digna de ocupar espacios en La Sexta Noche que en los libros de historia de nuestro país. Y es que por desgracia, en eso se ha quedado hace mucho tiempo nuestro parlamentarismo.

Las cosas continuaron igual por un tiempo, el chalet de Iglesias, las sandeces de Abascal, las amenazas de los cachorros de Vox, la política fluctuante de Génova, las promesas de Sánchez, la resaca en Catalunya, todo hasta que tras negar el contagio local y minimizar las primeras cuarentenas en nuestro país, el 26 de febrero un paciente en Sevilla se convierte en el primer contagio local en España y las cosas comienzan a ponerse serias. Probablemente ninguno de nosotros tuviese las cosas claras todavía en aquel momento, pero los siguientes meses iban a cambiar nuestra realidad de una forma que nadie hubiese imaginado. A finales de febrero y pese a los intentos por transmitir calma por parte del gobierno, la situación se descontrola notablemente. Se duplica el número de casos en España, aparecen nuevos contagios en Madrid y Sanidad señala como una prioridad localizar y analizar el contagio loca. Pese a ello, el ministro de Sanidad, Salvador Illa, espera al 3 de marzo para recomendar celebrar a puerta cerrada los espectáculos deportivos y la vida en los centros de trabajo, el ocio o el transporte público no se ve apenas alterada. China hace ya varios meses que ha alertado del posible riesgo de pandemia y en Europa los actos masivos siguen teniendo lugar a diario. También en nuestro país el 8 de marzo se celebran multitudinarias manifestaciones, actos políticos y continuos desplazamientos a los sectores productivos de las grandes ciudades. El 15 de marzo comienza el Estado de Alarma, en principio duraría 15 días, pero todos sabemos que no fue así. Son ya 7.793 casos positivos y 292 fallecidos.

Los siguientes meses supondrían el caos. Nervios, desabastecimiento, militares en las calles, cuerpos de seguridad efectuando labores de represión selectiva, con especial fijación con las personas migrantes, desinfección de los espacios públicos, silencio en las calles, aplausos en los balcones, miedo y especialmente muertos. Un continuo e imparable conteo de muertos que a día de hoy todavía continua en nuestro país llegando a los 31.118 fallecidos a causa de esta enfermedad. Aunque seamos sinceros, solo el tiempo pondrá blanco sobre negro frente a estas cifras. Las residencias de ancianos ocupan grandes titulares por la negligencia e insidia de la gestión de la Comunidad de Madrid y el gobierno central con nuestros mayores, cientos mueren solos, otros cientos lo hacen hacinados ante la impotencia de sus cuidadores y los sanitarios. Las imágenes hablan solas, ataúdes, filas de cadáveres, infraestructuras públicas convertidas en hospitales de campaña y trabajadores de nuestra sanidad, y muchos otros campos imprescindibles, jugándose su salud e incluso la vida ante un virus del que todavía no se saben demasiadas cosas. Faltan equipos de protección, mascarillas, respiradores, guantes, falta cualquier cosa que pueda ayudar a paliar esta catástrofe sanitaria y la crueldad y futilidad de este sistema capitalista, capaz de poner una nueva camiseta o un Iphone en cualquier parte del mundo en cuestión de horas, pero incapaz de hacer nada para salvar nuestras vidas, se hace demasiado evidente. Por un segundo es lo común, el sacrificio de un pueblo y la unidad de los pequeños esfuerzos de cada comunidad lo que parece evitar nuestra rendición ante la muerte. Los operarios de las fábricas de automóviles comienzan a producir respiradores, los pequeños emprendedores diseñan modelos capaces de generar piezas de repuesto en diversas impresoras 3D, cooperativas de migrantes, costureras y pequeños talleres en cada Centro Social y organización militante se ponen manos a la obra y producen cientos de mascarillas destinadas a paliar la falta del más mínimo material necesario para trabajadores médicos que se dejan la piel haciendo horas extra pese a los contagios, pese a los primeros caídos en la batalla. En lo peor de la pandemia, Rusia, China y siempre Cuba, envían material y personal médico a diversos países dejando entrever que lo necesario en esos momentos es comprender que está en juego lo humano. Estados Unidos decide piratear diversos transportes de material médico a países como el nuestro y la OTAN hace oídos sordos a la petición de ayuda del gobierno de España.

Los meses pasan, los aplausos son puntuales cada día a las ocho en cada barrio, los sanitarios, los bomberos que desinfectan nuestras calles, pero también los trabajadores de los supermercados, los servicios de limpieza municipales o los transportistas son jaleados como auténticos héroes, son reconocidos por los suyos y arropados en los peores momentos. Ellos insisten una y otra vez en que no son héroes, son simplemente trabajadores, gente como tú y como yo, capaces de sacar lo mejor del ser humano cuando la sociedad más lo necesita. Quizás son conscientes de lo que está por venir. El esfuerzo merece la pena, las cifras de contagiados comienzan a bajar con el tiempo, los muertos se estabilizan pese a nunca parar de estar presentes en nuestro día a día y las puertas de las calles se abren paulatinamente de nuevo. Los que salen a pasear al perro, los runners, los paseantes, los que bajan a tomarse una caña, poco a poco las cosas vuelven a eso que damos en llamar nueva normalidad y los aplausos y el reconocimiento va desapareciendo lentamente de los balcones hasta que por vergüenza de unos y otros, cesa.

Mientras barrios como Vallecas sufren, ellos visualizan ese dolor en series de Netflix, hablan del derecho a la belleza o mandan a desplegarse fuerzas policiales en lugares en los que lo que realmente resulta necesario son médicos y trabajo

Comienza el verano y la temporada turística, los primeros rayos de sol, las terrazas, la llegada de los primeros vuelos con turistas, el gobierno pide perder el miedo al coronavirus y los grandes empresarios del sector turístico marcan la agenda de las medidas que se deben tomar. Los bares se llenan poco a poco, los pubs, las discotecas y entre medias las fábricas siguen su actividad sin apenas controles a la vez que los temporeros salen a buscarse la vida en un país que no ve llegar las ayudas anunciadas y que sabe que sin salir a la calle, pese al riesgo, el hambre terminará matando más que el propio virus. El verano nos hace olvidar de nuevo las necesidades y el supuesto heroísmo de los nuestros. Los epidemiólogos vuelven a ser sustituidos por los tertulianos todoterreno en los platós de televisión y en el mejor de los casos son presentados únicamente como sobremesa animada con muñequitos y payasadas antes de dar paso a la verdadera polémica del día: la partidista.

Todos sabemos que septiembre será un mal mes, lo sabemos quienes nos negamos a participar del desenfreno colectivo, lo saben aquellos que exprimen a la ciudadanía como sujeto de consumo pese a conocer que el contador de muertos se ha reactivado y lo saben los médicos y trabajadores sanitarios que adelantan sus vacaciones o comienzan a prepararse mentalmente para volver a enfrentarse al desastre, esta vez solos, sin apenas aplausos. Zaragoza, Euskadi, Barcelona y Madrid… Las ciudades y las circunstancias son distintas, las medias adoptadas también, pero la realidad del modelo es similar, prácticamente idéntico, se ha abierto demasiado rápido todo, se ha fomentado el consumo y entre transportes públicos abarrotados a primera hora y diversas conductas irresponsables auspiciadas por la dejadez política, la economía ha vuelto a inyectar músculo a un virus que todos sabíamos que no nos iba a perdonar. Los contagios aumentan, los centros sanitarios comienzan a colapsarse y tras todo ello regresa el conteo de muertes y las medias improvisadas. Realmente, no hemos aprendido nada, no han querido aprender nada.

Los responsables políticos intentan desesperadamente ahora escurrir el bulto con una vacuna que no llega, una vacuna que saben que no podrá salvar a miles de vidas, pero que es usada como parapeto político y futura moneda de cambio para suculentos negocios internacionales que favorecerán a las farmacéuticas. Los avances chinos, rusos o cubanos son ignorados. En el mundo capitalista la prioridad la imponen quienes nos abandonaron en el peor de nuestros momentos en marzo y abril. Se comienza a hablar de mascarillas, distancias de seguridad y responsabilidad individual, el estado hace gala de una soez incapacidad para ejercer de eje rector de nuestras necesidades sociales, la economía manda, la economía aprieta y poco a poco la economía y el virus ahogan. Madrid se postula como gran agujero negro de todo esto que comienza de nuevo a gestarse amenazando nuestra realidad, los casos se disparan de nuevo en los barrios obreros, aquellos que sufrieron lo peor de la primera ola y que hoy vuelven a ver como sus vecinos enferman y fallecen rodeados de calles estrechas, parques escasos y metros abarrotados. El Madrid obrero, el Madrid rebelde, el Madrid trabajador, ese es el punto en el que el coronavirus vuelve a hacer daño, no por irresponsabilidad o dejadez, sino por pura debilidad. Aquí las personas no teletrabajan, ni pueden dejar a los niños en guarderías privadas o desplazar se a todos sus destinos en coche. Por no poder, hay personas que no pueden ni comprar mascarillas nuevas cada vez que resulta necesario para su seguridad o guardar distancias de mínimas en pisos compartidos por varias generaciones de trabajadores precarios, explotados y puteados. Aquí, las cosas ya eran jodidas antes del coronavirus y amenazan con llegar a ser realmente insoportables.

Un continuo e imparable conteo de muertos que a día de hoy todavía continua en nuestro país llegando a los 31.118 fallecidos

Es ahí también en donde Ayuso decide poner el foco de la segregación, humillando y rodeando a sus habitantes con controles policiales retransmitidos en directo por todos los carroñeros de la prensa generalista. Tras la noche del 9 de noviembre de 1989, han sido infinidad de muros los que se han levantado en nuestras calles. Unos sostenidos por la indiferencia ante las desigualdades generales y otros levantados con la obsesión por alcanzar un estatus o un modo de vida insostenible y cainita para nuestra sociedad común. El presidente Sánchez decide aceptar esas medias ante infinidad de focos de televisión y un sin fin de banderas y cálculos políticos, como en todo acuerdo entre burguesías, el armisticio se ratifica con movimiento de tropas represivas y falsas promesas. Las Unidades de Intervención Policial espera su momento y este no tardará en llegar, lo hace este pasado 25 de septiembre en Vallecas. Siempre Vallecas, no es casual. Vallecas dibuja las garras del gato madrileño, el hogar de Alfon, Carlos Palomino y tantos otros jóvenes militantes desconocidos pero vitales para la lucha de la izquierda madrileña. Vallecas es barrio, es clase, es madrugar cada día para ganarse el pan. Vallecas es eso y es también un problema para todos aquellos que quieren silenciar o engatusar al pueblo, independientemente de su aparente color en el espectro parlamentario. Un barrio como Vallecas solo se casa con el sentir de la clase trabajadora que supone a su vez el sentir de los vecinos de ese mismo barrio.

Los mismos que se llenaban la boca con los aplausos en los balcones o aplaudían hace apenas unos días las batucadas y las manifestaciones ociosas en las que participaban sin temor a ser descubiertos como parte del poder, hoy ponen paños calientes para evitar condenar las agresiones a quienes ayer exigían dignidad y respeto, piden explicaciones, hablan de repulsa y condenan toda la violencia, también por supuesto la de los jóvenes que ante un antidisturbios desatado ejercen resistencia. Son los mismos que han dejado ya el barrio, los que hablan de posibilismo y prometen soluciones sociales que no terminan de llegar o directamente son denegadas cuando se reclaman. Mientras barrios como Vallecas sufren, ellos visualizan ese dolor en series de Netflix, hablan del derecho a la belleza o mandan a desplegarse fuerzas policiales en lugares en los que lo que realmente resulta necesario son médicos y trabajo. Han perdido a los barrios, lo han hecho ante la indiferencia de sus asesores y la arrogancia de sus egos, los han perdido hace mucho al refugiarse en una clase aburguesada real únicamente en redes sociales y muy alejada ya de la militancia de barrio y el tejido local propio de cualquier partido que ellos ni tan siquiera se han dignado a estructurar a estas alturas. No sé si existe posibilidad de rectificar todo esto y en realidad tengo serias dudas de que esa sea la intención de sus protagonistas, pero si ese fuera el caso, quizás deberían comenzar por comprender que aún estando en el poder, las cargas policiales han llegado de nuevo antes a Vallecas que a las puertas de Galapagar. Quizás las cosas hubiesen sido distintas en caso de seguir mirando al cielo.


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