Hiroshima. Testimonios de los últimos supervivientes

 

Este libro, ‘Hiroshima: Testimonios de los últimos supervivientes’, no es la crónica de una explosión, sino que supone el inventario minucioso de sus ecos.

Por Dani Seixo 24/07/2025

Hay un cierto tipo de silencio que solo se encuentra en las ciudades que han muerto y han vuelto a nacer tras un largo deambular por el desierto del dolor y la desolación. Incluso en medio del zumbido de los tranvías y el murmullo apresurado de los oficinistas, Hiroshima es hoy una ciudad de una pulcritud casi dolorosa, sobras elegantemente alargadas y avenidas que parecen dibujadas con la precisión de un cirujano. Pero bajo el asfalto y el hormigón, bajo las luces de neón que parpadean con la indiferencia de la modernidad, yace otro mapa, una topografía de fantasmas y cenizas fruto de la barbarie. Hiroshima es una ciudad con una cicatriz en el alma, una huella indeleble que el paso del tiempo no puede borrar.

Es a esta geografía invisible a la que Agustín Rivera ha dedicado su pluma y su paciencia. No llega como un historiador con sus archivos y sus cifras, seiscientos metros sobre el punto de mira, ochenta mil almas evaporadas en un instante, sino como un oyente. Un extranjero que, a lo largo de los años, se ha sentado en salones modestos, ha aceptado tazas de té servidas por manos temblorosas y ha aprendido a escuchar no solo las palabras, sino las pausas que las separan, aquellas en las que por lo general reside la verdad de las cosas.

Este libro, «Hiroshima: Testimonios de los últimos supervivientes», no es la crónica de una explosión, sino que supone el inventario minucioso de sus ecos. La explosión fue un asunto de apenas unos segundos, un destello de magnesio tan brillante que pareció un segundo sol, un sol perverso nacido para devorar el cielo de la mañana por el cálculo político de un Imperio en expansión. Lo que vino después, sin embargo, ha durado casi ochenta años. Es un asunto de pieles que cada noche recuerdan el fuego, de una lluvia negra y pegajosa que cayó sobre los vivos y los muertos. Y es, especialmente, un asunto de voces y testimonios. Pero Rivera, en la muy cuidada edición que presenta la editorial Kailas, va más allá de la palabra. Intercala en sus páginas fotografías, rostros en blanco y negro, miradas que contienen un universo de lo no dicho. No son imágenes del horror inmediato, sino retratos de la supervivencia, de la dignidad que persiste en un rostro surcado por el tiempo y el recuerdo.

Rivera es un coleccionista de testimonios ofrecidos casi a regañadientes, como si las palabras mismas pudieran quemar de nuevo al pronunciarlas, tal y como hicieron los efectos de la bomba. Nos presenta a los hibakusha, los supervivientes, no como monumentos vivientes ni como víctimas profesionales, sino como personas con vidas truncadas y recuerdos aferrados al pecho. Hombres y mujeres ancianos que riegan sus bonsáis, que se preocupan por el futuro de sus nietos y que en algún rincón imperturbable de su mente siguen teniendo seis, diez o quince años. Siguen corriendo por una ciudad que ya no existe, buscando a una madre, un hermano, un amigo que se desvaneció. La fuerza de estos testimonios reside en su desnudez.

El método de Rivera es de una sencillez desarmante. Se limita a observar, a registrar los detalles que componen una vida, detallándolos con la perspicacia y la paciencia del buen cronista. El gesto de una mano que alisa un mantel, la cadencia de una voz que se quiebra al recordar a un hermano pequeño, la mirada perdida en un jardín impecable mientras se narra el caos más absoluto. Y es en esa acumulación de detalles donde se revela la psicología profunda de la catástrofe. No es solo el dolor físico, sino la herida moral, esa que nunca cicatriza.

Leer Hiroshima no es leer sobre una bomba, sino asomarse a la extraordinaria capacidad del ser humano para levantarse, pero sin olvidar el peso de lo que carga. Estos ancianos no han olvidado nada. Viven con el «ruido eterno de los muertos» dentro de ellos. Y al compartirlo con la prosa serena y respetuosa del autor, nos hacen un regalo terrible y necesario: nos obligan a recordar con ellos, a escuchar ese silencio denso y a comprender que la memoria no es solo un acto de decencia. Es en si mismo una advertencia.

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