Hiroshima o la decadencia de Occidente

La justificación que la administración Truman enarboló fue que de ese modo, se salvarían miles de vidas de soldados aliados y se daría fin a la Segunda Guerra Mundial, pero esta afirmación, muy lejos de ser cierta, despertó siempre infinidad de sospechas, dudas e inquietantes preguntas sin respuesta.

Por José Miguel Gándara | 9/08/2024

¡Como podremos olvidar aquella centella!

En un instante los 30.000 en las calles desaparecieron.

En el fondo de las tinieblas aplastados los gritos de los 50.000 cesaron.

Cuando el humo huracanado y amarillo se desvaneció, los edificios estaban rajados, los puentes derretidos, los trenes llenos de gente quedaron chamuscados, vasto páramo de escombros Hiroshima.

Sankichi Toogue

Decenas, cientos de niños y adolescentes desorientados, con los brazos extendidos como zombis, se iban concentrando paulatinamente junto al puente Miyuki, nadie sabía de donde procedían ni porque recalaban en aquel lugar, sedientos, con el cuerpo hecho jirones, despedazados.

Este es el testimonio de uno de los testigos que en la mañana del 6 de agosto de 1945 se encontraba vagando sin rumbo por las calles de Hiroshima.

Un destello cegador, una mole de fuego, como si el sol se duplicara caprichoso de sí mismo, engullendo a la Tierra en su anaranjada masa de muerte, trastornando su órbita, calcinando la elipsis que marca el tiempo de los hombres, su siempre metafísica referencia respecto al universo exterior.

Sí, ese día los cimientos del alma humana, las fuerzas gravitatorias que lo sostienen, los vínculos entre los diferentes eslabones, entre las distintas familias, entre todos los clanes, se rompieron.

Durante 70 años la historia ha sido tergiversada, manipulada y adecuada a los intereses de una nación homicida, o mejor dicho, de un gobierno homicida, el gobierno de los Estados Unidos de América presidido por Harry S. Truman y que aquel 6 de agosto de 1945 dio la orden de lanzar la bomba atómica sobre una población indefensa y ya de por sí diezmada por el acontecer de la guerra.

La justificación que la administración Truman enarboló fue que de ese modo, se salvarían miles de vidas de soldados aliados y se daría fin a la Segunda Guerra Mundial, pero esta afirmación, muy lejos de ser cierta, despertó siempre infinidad de sospechas, dudas e inquietantes preguntas sin respuesta.

Algunos historiadores han demostrado documentalmente que la capacidad militar de Japón había sido destruida con creces y que el gobierno japonés habría enviado comunicados y personas para negociar la paz con Estados Unidos, negociadores que Washington ignoró completamente.

Asimismo,en los archivos nacionales de Washington se han encontrado documentos que atestiguan la intención japonesa de acordar la paz desde al menos el año 1943.

Es un hecho incuestionable que la verdadera intencionalidad de los Estados Unidos al arrojar la bomba sobre Hiroshima, no era destruir ninguna base militar,ni proteger la vidad de sus soldados, ni tan siquiera precipitar o adelantar el final de la guerra; su verdadero objetivo consistía en imponer su dominación económica, política y militar sobre el mundo, por eso mismo escogieron para ello el mantra de que «la fuerza es el poder», el poder es la dominación y la dominación termina por cristalizar en un éxtasis caprichoso y vacuo, de extrañeza y de perplejidad de unos hombres para con otros.

Ahí, en ese momento, es a mi parecer donde comienza la decadencia de occidente, el poder, la fuerza bruta irracional, la mentira histórica se imponen culturalmente a la verdad, a la esencia íntima y auténtica del ser humano, que no es otra que mirar siempre al «otro», «la otredad».

Sólo tres meses después de las explosiones en Hiroshima y Nagasaki, Oppenheimer, que había dirigido los experimentos y posterior fabricación de la bomba atómica, le dijo al presidente Harry Truman:

-Siento que mis manos están manchadas de sangre.

Y el presidente le respondió:

-Los lavabos están fuera. Indicando seguidamente a sus Secretario de Estado Deam Acheson que nunca más quería ver a ese hijo de puta en su oficina.

Allí donde los infravalores del poder absoluto o el beneficio transhumanista se hacen fuertes, no tienen cabida la piedad o la compunción por el destino de los hombres.

Como afirmaba John Steinbeck en su novela «Las uvas de la ira», nosotros somos la gente y si fueramos capaces de hacer un frente común alcanzaríamos la supervivencia y derrotaríamos para siempre al Leviatán de múltiples cabezas que se esconde detrás del poder político.

El drama de la existencia prosigue…..

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