Hijoputismo negligente

Jesús Ausín


Atilano es un tipo peculiar. Un extremeño que tras llevar toda su vida en Madrid, no ha perdido ese gracejo que usan los de allí al hablar. Tanto, que muchas veces hay que prestar mucha atención para entender lo que dice porque parece que hablara en otro idioma. El Castúo se pega como el humo a la ropa, y es difícil dejarlo atrás. Grande de corpulencia y corazón, impresiona, sin embargo, la primera vez que lo ves. Un bigote bruno, zaíno que casi le rodea la boca le da un aspecto de bandolero del siglo XIX. Sin embargo Atilano es un trozo de pan. Alguien sin maldad. Aunque, algunas veces, más de las necesarias, su comportamiento deja bastante que desear. Más por ignorancia que por mala fe.

Atilano siempre ha sido pobre y sabe lo que es tener necesidad. Quinto hijo de una familia de nueve, su pobre padre no entraba en casa, salvo para dormir. Unía un trabajo con otro. Comía siempre de fiambrera y los fines de semana, sustituía al titular en una portería. Con esos antecedentes, Atilano fue a la escuela lo justo y con trece años ya movía sacos de carbón en una carbonera. Después de la mili, la vida fue un poco más justa con él. En el cuartel se acercó al servicio postal y le gustó tanto que, una vez licenciado, acabó dedicándose de lleno a ello. Aunque su falta de formación, pero sobre todo de voluntad, le ha llevado a trabajar de interino los últimos quince años.

Hace dos meses llegaron al barrio dos compañeros de trabajo. Están de paso en Madrid y ninguno tiene coche propio. Atilano disfruta de un Renault 12 que compró de segunda mano tres años después de acabar la mili. Es el coche familiar que sacan poco porque la familia no está para dispendios, pero ahora que se han puesto de moda los hipermercados fuera de la capital, lo utilizan de vez en cuando para ir al Continente de Alcobendas y ahorrarse unas pesetas en la compra. Hoy, la esposa de Atilano se ha quedado en casa y ha invitado a sus dos compañeros a que le acompañen a él y a sus dos hijas en su viaje al supermercado. De paso, pueden intentar ahorrarse unas pesetas en su compra semanal para el piso que comparten.

Lo primero que les ha llamado la atención es que Atilano no solo no reprende a sus hijas, que al poco de entrar en el “hiper” abrieron una botella de Kas de naranja, la pegaron dos grandes tragos y la dejaron en mitad de una estantería con muebles de jardín, sino que la idea partió de él cuando las niñas le dijeron que tenían sed. Un poco más tarde, se quedaron pasmados cuando Atilano abrió varias cajas de cartón de unas latas de conserva de navajas y cambió su contenido por otras de sardinas. “Así me cobran las navajas al precio de las sardinas, -les dijo a sus acompañantes -. ¿Vosotros no queréis?” Ambos negaron con la cabeza. Una cosa es pasarlo mal y otra robar, estaban pensando cuando el propio Atilano, como si leyera sus pensamientos, se excusó diciendo que total no es que le estuviera robando a nadie. El Continente es francés y tienen dinero. Y finalizó con un “que se jodan”. Pero su compañero Mauro le advirtió que otra persona pagaría las navajas y en realidad se estaba llevando sardinas. Atilano se encogió de hombros.

Dos pasillos después, estaba haciendo lo mismo con unas cajas de chocolate. Sustituyó un chocolate con almendras por uno mucho más caro que de la misma manera, cambiando sus correspondientes envases, pagó al llegar a caja a un precio más barato. Y en el pasillo de los detergentes, vació en una esquina un tambor redondo de Colón, introdujo varias botellas de whisky recogidas unos minutos antes,  rellenó el resto con detergente y volvió a tapar el tambor.

Sus compañeros y vecinos aseguraron que nunca más volverían al hipermercado con él.

Tres días después, en la tele, el periodista del telediario daba la siguiente noticia: “una niña muerta por un síncope respiratorio tras ingerir un chocolate con almendras. Era alérgica a los frutos secos. Sus padres habían comprado el chocolate con leche en un hipermercado pero resultó que toda la tableta estaba rellena de almendras. Fuentes policiales iniciarán una investigación para dirimir responsabilidades”.

Hay un proverbio chino que dice que el aleteo de una mariposa se puede sentir al otro lado del mundo.

Las personas en general no somos conscientes de nuestros actos. Salvo los maledicentes, los sinvergüenzas y los que viven justamente de saber que la mayoría de las personas son gentes buenas y utilizan esa candidez para su propio beneficio.

No he seguido mucho el tema de la listeriois porque estando de vacaciones, la verdad es que si ya de por si veo poca televisión, en vacaciones ni me acerco a un noticiario. Pero en la radio y en las redes, fue un tema bastante comentado.

No voy a hablar de La Mechá (o Magrudis), ni del dueño que, al parecer, usó a su propio hijo como testaferro tras dejar un pufo en otras tres empresas de unos 33 millones de euros (Fuente El País). Ni siquiera de los casi 300 afectados, cuatro muertos y nueve abortos.

De todo este embrollo lo que más me ha asustado es el tratamiento que las autoridades, en especial la Junta de Andalucía, le han dado al tema. Primero retrasando la alerta sanitaria cuatro días, por un error en los análisis, y mintiendo asegurando que la carne ya estaba retirada (20 de agosto). El 21 de agosto la Junta ordena retirar todos los productos de Magrudis. Más tarde, leemos que la empresa seguía vendiendo carne con una marca blanca. Las autoridades callan y ni siquiera advierten del nombre de la marca y de dónde se vende. El 26 de agosto el Colegio Oficial de Veterinarios de Sevilla indica que el brote es consecuencia de la mala higiene  en las instalaciones de la empresa (según la Junta no había inspecciones porque la propia empresa se autorregulaba). El 29 de agosto se descubre que seguían comercializando hasta dos tipos de chorizo y una morcilla. La Junta sigue sin hacer nada con respecto al cierre de la fábrica o el procesamiento de los responsables. El 30 de agosto sale a la luz que Magrudis no tenía licencia y que, además, vendía otros cincuenta productos fabricados por otras empresas. Hasta el 30 de agosto el Ayuntamiento no precinta las instalaciones. El 31 FACUA saca a la luz que Magrudis empezó a operar dos años antes de tener registro sanitario, en 2013. Era entonces alcalde el popular Zoido. Sus responsables siguen el la calle y sin visos de ser juzgados. Han muerto cuatro personas. Nueve mujeres han perdido el bebé que estaban gestando y hay afectados hasta en Alemania.

En cualquier fábrica puede haber un brote de legionela y hasta en los quirófanos de un hospital hay bacterias que pueden provocar la muerte. Lo que diferencia a este hijoputismo liberal es que el resultado económico siempre está por encima de las personas y que, todo funciona entorno a eso. Si una alerta sanitaria puede perjudicar a un empresario, el hijoputismo liberal tenderá a minimizar el asunto de forma que el perjuicio para quién ha provocado la alerta sea mínima independientemente de lo que le suceda a la gente.

Cuando las personas, por ignorancia, por desconocimiento o por hartazgo votan a estos partidos que creen que lo primero es el negocio y después la gente (a eso toda la vida se le ha llamado fascismo, pero ahora lo llaman liberalismo) no son conscientes de que su voto puede servir para provocar muertes. ¿Habrían muerto esas cuatro personas y los nueve bebés si se hubiera clausurado la fábrica el primer día y requisado y retirado del mercado todos sus productos? ¿Les habría pasado lo mismo si la alerta hubiera sido de máxima difusión? Yo creo que no. Un acto, en teoría libre e inocente, como el de meter una papeleta en una urna, puede provocar la muerte por una infección, que el Amazonas sea destruido masivamente por los incendios con el fin de ganar terreno para pastos y vacas o provocar miles de muertos en Yemen. Incluso puede provocar una guerra nuclear o que la tierra sea inhabitable dentro de cuarenta años por los efectos del cambio climático.

Es evidente que los sentimientos y el pensamiento son difíciles de contener. Pero estamos en una coyuntura en la que quizá una decisión errónea sea irreversible e irreparable para el mundo tal y como lo conocemos. Parece ya claro que nuestros hijos tendrán que aprender a mal vivir de un trabajo escaso y precario. Que el agua dulce y potable es un bien preciado y cada vez más escaso y que habrá una lucha a muerte por su control. Por eso cada vez se hace más necesario que meter la papeleta en una urna sea un acto reflexivo, generoso (pensando en el bien de los demás) y responsable. Es fascismo ha sido el causante de la mayor parte de las guerras de la humanidad. Desde las cruzadas a las dos guerras mundiales. Siempre hemos sabido salir adelante. Pero ahora, no nos jugamos únicamente el futuro de las personas sin de todo el planeta. Los fascistas niegan el cambio climático, el machismo, la violencia que se ejercen para su ejecución e incluso tienen la jeta de asegurar que todo lo que hacen es en nombre de la igualdad, de la democracia y del interés general. No hay libertad en meter en la cárcel al que opina distinto, ni en que tengas que pagar la sanidad o la educación para ser atendido. Pero sobre todo no hay igualdad, democracia o interés general si destrozan el planeta en el que vivimos todos, incluidos animales y vegetales.

El hijoputismo nos hace esclavos e impide nuestro desarrollo en libertad.

Salud, feminismo, república y más escuelas (públicas y laicas)


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