¿Hacía una crisis del capitalismo o hacia el declive de la democracia?

Por Pablo M. Arenas López

No hace muchos días, el sociólogo esloveno Slavoj Žižek escribía un artículo (Oportunidad para reinventar la sociedad)  en el que aseveraba que la crisis actual provocada por el coronavirus podría dar un golpe letal al capitalismo global. En este contexto, el sociólogo argumentaba que se debía principalmente al hecho de que la producción económica capitalista está basada en el consumo de bienes materiales destinadas al ocio y el entretenimiento.

Bien es sabido que, a día de hoy, la mayoría de países han empezado a tomar medidas de contención contra el coronavirus, a fin de evitar el mayor número de contagios posibles con el objetivo de no colapsar los sistemas sanitarios de los respectivos países. Entre una de esas medidas ha destacado, por particular dureza, el confinamiento obligatorio de toda la población, a excepción de casos debidamente justificados.

No es difícil extraer que esta situación ha provocado que el consumo, tal y como estaba pensado para una sociedad neoliberal, se desplome a unos mínimos necesarios para la vida cotidiana destinada al confinamiento. Podríamos contar con los dedos de las manos – y nos sobrarían – los productos que actualmente son consumidos: alimentos, bienes materiales de primera necesidad, fármacos, y por supuesto, entretenimiento multimedia en formato digital.

Para Žižek, se plantea una oportunidad única de replantear la base social y económica sobre la que se sustenta el capitalismo global. En un contexto de crisis, plantea que es necesaria una reinvención del comunismo basado en la sociedad de la información, la ciencia, y la solidaridad global.

Sin embargo, y sin dejar de estar de acuerdo con el planteamiento Zizekniano, lo cierto es que la actual crisis económica, sanitaria y global deja más preocupaciones que esperanzas. Alejándome de los planteamientos ciertamente idealistas de Žižek, debemos caer en la cuestión de que esta crisis ha planteado la posibilidad de que las sucesivas crisis puedan ser gestionadas desde el autoritarismo tan característico de los Estados que tienen posesión de la violencia legítima física para sí.

Encontramos el hecho de que, a nivel global, la crisis sanitaria ha sido gestionada desde dos principios básicos: desde la perspectiva de la previsión, y desde la perspectiva de la contención. La primera de ella se ha basado en la idea de que el contagio debe ser prevenido a toda costa, aislando desde el primer momento a toda persona infectada. La investigación científica ha sido la base de la previsión del contagio por coronavirus. Socialmente, dicha perspectiva ha descansado bajo la solidaridad y la cooperación ciudadana desde el primer caso registrado. La segunda perspectiva, por el contrario (el caso de Italia y de España) se ha basado en unas medidas de contención de toda la población. Dichas medidas han venido estando legitimadas por una gran cantidad de expertos en matemáticas, médicos, epidemiólogos que han concebido, a modo global, un esquema según el cual la contención forzada de toda la ciudadanía ralentizará la propagación del virus pero que, sin embargo, al final, cerca de un 70% de la población acabaría contagiada. La idea central estaba basada en el hecho de no colapsar los centros sanitarios para poder dar respuesta a todos los casos diarios de contagio.

En cuestión de política, las medidas han ejercido un mayor control sobre las libertades de la población. La Constitución Española establece los supuestos en caso de crisis y pandemias para que se adopten las medidas necesarias. Y en esta situación, el Real Decreto 463/2020 del 14 de marzo ha establecido las medidas necesarias para la contención del coronavirus en España. La movilidad de la población se ha reducido a lo mínimo establecido por el marco legislativo. Los controles sobre la población se han quintuplicado en apenas una semana.

Por su lado, una fuerte campaña mediática ha animado a una gran totalidad de la población – aún los hay que se saltan las normas – a quedarse en casa y solo salir en caso de extrema necesidad. Actos voluntarios que denotan una amplia solidaridad.

Sin embargo, esas medidas se han tomado desde la óptica de la coerción y la fuerza del Estado, no desde la solidaridad propia de los pueblos. Sostengo que los controles, lejos de ser beneficiosos para las clases obreras y medias, ejercen un carácter más disciplinario y correctivo con respecto a las decisiones que son tomadas desde el Estado (no hay que olvidar que para el marxismo el Estado es una herramienta de opresión hacia la clase proletaria). Son las clases populares, las más perjudicadas por dichas medidas. Sobre ellas, recaen todas las sospechas de ser los más culpables de la situación. En torno a la clase obrera se han proliferado todas las culpas de la actual crisis, achacándole la irresponsabilidad de carecer de la conciencia suficiente para tomar medidas en el asunto de la crisis. Y aún más agravante es el caso de aquellas capas sociales que sufren la exclusión y la marginación en España. No hace mucho, se pedía incluso que se ejerciera un mayor control policial, y por parte del ejército, en los barrios populares de las grandes ciudades. En Sevilla, por ejemplo, se llegó a pedir la presencia permanente del ejército en el barrio de las Tres Mil Viviendas. En efecto, no es complicado adivinar que estas medidas lejos de ayudar a las clases populares, ejercen aún más un carácter autoritario y disciplinario contra quienes el neoliberalismo ha castigado durante tantos siglos.

Pero lo peor aún está por llegar. Las medidas políticas que los diferentes estados democráticos han ido implementado en Europa han dejado la puerta abierta a la idea de cómo las diferentes crisis sociales pueden ser gestionadas, y el factor tecnológico juega un importante papel en la gestión de dichas crisis.

En un artículo publicado por Yuval Harari, advierte de la peligrosidad de dichas medidas de control y vigilancia total de la población (Un mundo distinto después de la pandemia) Las tecnologías de la información actual permiten recopilar gran información personal de nuestro ordenadores y móviles. Desde datos biométricos, a opiniones políticas, gustos, creencias religiosas, e incluso, saber con quién nos relacionamos más a menudos y cuáles son los temas de conversación más recurrentes.

Tal es así que, según explica el propio Harari “el ejemplo de China, que mediante el monitoreo de smartphones y el uso de millones de cámaras de reconocimiento facial y obligando a los chinos a chequear y reportar su temperatura corporal y condiciones médicas logró detectar no sólo a los portadores del virus sino también trazar sus movimientos e identificar a todos con quienes estuvo en contacto”.

Para mayor gravedad, si cabe, el pasado día 20 de marzo, el jefe del Estado Mayor de la Defensa, Miguel Ángel Villarroya, ya hablaba en la habitual ronda de prensa de una guerra en la que todos nosotros éramos soldados, aplaudiendo, además, la gran disciplina y evidencia – a veces deja que pensar que ciega – que los ciudadanos estábamos mostrando en este momento.

El artículo en cuestión, no deja indiferente a nadie (Estamos en guerra pero no soy soldado) Con gran acierto en el análisis, extraigo lo que para mí representa la mayor gravedad en el asunto:

“Informa, con la finalidad de ¿tranquilizarnos?, que el ejército continúa su despliegue por todo el territorio español. Nos cuenta que ayer en un pueblo de Zaragoza aplaudieron al ejército desde los balcones y sugiere que “ese es el espíritu que hay que demostrar”. Es de esperar que mañana se congratule de que, por fin, la sociedad española asuma también como propio el concepto, igualmente militar, de obediencia ciega. El médico dice “muchas gracias (mi) general”, y continúa dando la palabra al resto de uniformados.

Más inquietante si cabe fue la intervención del mando policial, José Ángel González al comenzarla afirmando que “la normalidad sigue siendo absoluta”. Ahora resulta que el estado de alarma ya es la situación normal. La excepción convertida en norma. Afirma que hay una “tendencia alcista” en número de personas detenidas, y avisa que, “en los incumplimientos, tolerancia cero” (¿incumplimientos de qué órdenes?, debemos recordar que por incumplir las normas previstas en el estado de alarma se prevén multas, no detenciones).

El uso de un lenguaje tan bélico suscita la idea de que la sociedad se encuentra encarnizada en una batalla con un peligroso enemigo (el coronavirus). Sin duda, todos conocemos que, en época de guerra, los derechos son papeles mojados. La propia utilización de la palabra guerra, para toda persona experta en las Ciencias Políticas, implica que los derechos pueden ser recortados al antojo, porque lo que realmente importa es salir victorioso de esta continua batalla.

Si bien, estas medidas extraordinarias fueron tomadas en contextos extraordinarios, cabría preguntar si, verdaderamente, está crisis justifica la paulatina pérdida de libertad – y principalmente la intimidad – a la que la ciudadanía, y, sobre todo, recordemos, las clases populares, nos vemos sometidas.

La vigilancia y el castigo, recuerda Foucault, ha sido una de las principales herramientas que los Estados Modernos han tenido para controlar y disciplinar a los ciudadanos en situaciones dónde los intereses del propio Estado se veían en peligro. Intereses que, sin duda alguna, afectan a toda la ciudadanía – principalmente en materia de salud – pero que en poco o en nada ayudan a preservar los derechos hasta ahora inalienables a todo ser humano.

No lejos queda aquella imagen novelesca de George Orwell en 1984 donde, desde la ventana de Winston Smith, sobresalía el siguiente mensaje: “LA GUERRA ES LA PAZ. LA LIBERTAD ES LA ESCLAVITUD. LA IGNORANCIA ES LA FUERZA”.

Pronto veremos el alcance real de toda esta situación, y podremos cifrar, con datos, la gravedad del asunto. Un hecho casi seguro es que todo esto cambiará la realidad social. De nosotros, y solamente de nosotros, depende que se derive en una dictadura encubierto, o como decía Žižek, en una verdadera transformación hacia el socialismo y por consiguiente, el triunfo de la solidaridad y la libertad de los pueblos.

Be the first to comment

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.