Golpes Bajos, una epidemia de melancolía en el Vigo de los ochenta

El aire melancólico y depresivo de Germán Coppini imprime un sonido original y cautivador -radicalmente diferente de sus agresivas descargas sonoras al frente de Siniestro- a la banda que en 1983 saca su primer trabajo

Por Angelo Nero | 7/07/2026

En el Vigo de los ochenta la juventud se dividía entre los seguidores de Siniestro Total y los de Golpes Bajos, aunque en sus orígenes compartieron vocalista, un joven santanderino llamado Germán Coppinni. Siniestro grabó su primer disco en 1982, “¿Cuándo se come aquí?”, una gamberrada sonora que a aquellos chavales que apedreábamos buses a las puertas del instituto nos regaló nuestros primeros himnos: “Ayatolah!”, “Matar jipis en las Cíes” o “Las tetas de mi novia”. Algunos de los que ahora peinamos canas, muchos ya abuelos respetables, es lo más cerca que estuvieron de ser punkis.

Dicen que después de recibir un botellazo en un concierto en la sala Zeleste de Barcelona, Germán contactó con Teo Cardalda (teclados), que tocaba en TrenVigo, con Pablo Novoa (guitarra), y forman Golpes Bajos, sin duda el grupo más atractivo de aquella movida viguesa en la que no había tantos grupos ni tampoco eran tan buenos, y que se completó con Luis García (bajo). En un bajo de la familia de Cardalda ensayaron y grabaron su primera maqueta, que el padre de Teo envió a un concurso de la revista Rock Special. La sorpresa es que ganaron, y fueron fichados por la productora Nuevos Medios. El aire melancólico y depresivo de Germán Coppini imprime un sonido original y cautivador -radicalmente diferente de sus agresivas descargas sonoras al frente de Siniestro- a la banda que en 1983 saca su primer trabajo, grabado en un fin de semana. Es un mini-elepé con tres temas que ya estaban en la maqueta: “No mires a los ojos de la gente”, “Malos tiempos para la lírica” y “Estoy enfermo”, y dos temas nuevos: “Lágrimas” y “Tendré que salir algún día”.

Ese primer trabajo de los Golpes Bajos se abría con “No mires a los ojos de la gente”, que lo tenía todo para convertirse en un himno de toda una generación. Estaba todo en su sitio, los teclados luminosos de Cardalda, la línea de bajo juguetona de Luis García y el talento de las cuerdas de Novoa, y la voz de Coppinni que parecía la proyección de un recuerdo: “No mires a los ojos de la gente / Me dan miedo, siempre mienten/ No salgas a la calle cuando hay gente / ¿Si no vuelves? ¿Y si te pierdes? / ¿Y si te pierdes?”. Mientras la movida madrileña subía a los altares a gente con tan poco talento como Alaska, en Vigo reinaba el sofisticado Coppinni que, además, le había dedicado una canción en su etapa siniestra: “Yo quiero ser Alaska, ser una Pegamoide, follarme a un androide y quedarme con vuestra pasta”.

La guitarra de Pablo Novoa es la gran protagonista de “Estoy enfermo”, el segundo de los temas del mini-elepé de debut de los Golpes: “Me dejas solo / Ya ni lo siento / No escribes cartas / No te contesto / Cuando te llamo / Me das excusas / Te da vergüenza / Y te comprendo / ¡Estoy enfermo, Como envejezco!”, una de esas canciones para llegar al éxtasis bailando en El Kremlin o en A Trincheira. Una oda a la decadencia, como un batido entre Talking Heads y The Clash, entre la furia y el caos, en la que Coppinni no tuvo que fingir nada, porque durante la grabación del tema estaba con gripe.

No sé ni cuantas veces en los ochenta, en los noventa y tiempo después, cuando dejé de ser inmortal, canté “Seguro que algún día, cansado y aburrido / Encontrarás a alguien de buen parecer / Trabajo de banquero, bien retribuido / Y tu madre con anteojos volverá a tejer”, y es que “Malos tiempos para la lírica” lo decía todo sin necesidad de decir demasiado. Es un tema que te empapa de una melancolía atroz, pero a la vez te da un subidón, que criticaba la mediocridad cultural de la época y tomaba su título de un poema de Bertolt Brecht. Con toques de funk, techno y new wave, la canción tenía todo para convertirse en un éxito, sobretodo por la peculiar forma de cantar del camaleónico Germán Coppinni al que, en aquellos tiempos, veíamos a menudo en el Ruralex o en El Manco.

Mi excelente final / Para una corta vida / Divertidas caras de asombro / Cuando recibáis la noticia / Ni una sola lágrima / Todo queda en palabras / Anécdotas e historias, pero / ¿a que soy algo que se atraganta? / Ni una sola lágrima”, dice la letra del cuarto corte del álbum, “Lágrimas”, un coqueteo con la muerte que solo puede cantar quien se ve muy lejos del final. El tema más techno de todos, con unas melodías fabulosas y con Coppinni empachado de melancolía invitando a bailar -como lo harían los Siniestro más tarde- sobre su tumba.

Xavier Valiño, que escribió un libro fundamental sobre el grupo vigués, “Escenas olvidadas. La historia oral de Golpes Bajos”, dijo sobre los autores de esta epidemia de melancolía: “Golpes Bajos es un grupo que te llega o no te llega, pero si lo hace te caes rendido ante él. No es una formación que ames u odies, sino que entra o no en tus coordenadas musicales. Del mismo modo que hay voces que te encantan o te repelen, la de Coppini no restó, sino que fue un atractivo”.

Su primer trabajo discográfico se cerraba con “Tendré que salir algún día”, con la voz depresiva de Germán Coppinni bailando sobre la línea del piano de Cardalda, un bocato di cardinale que demostraba que también se manejaban bien en los temas lentos. El tema tiene, para mí, una de las mejores letras de este trabajo: “Y es que nunca me acuesto / Sin haber aprendido algo nuevo / Escondiendo mi cabeza entre las sábanas / Derrochando minutos y no ando sobrado de ellos / Tomando del día las últimas bocanadas. / Como alma en pena encerrado / En el cuarto de los huéspedes / Creando aureolas de fantasía / Donde hago oídos sordos a las súplicas diarias / Esperando el Pater Noster, la pesadilla. / El futuro es ya / El que algo quiere, algo le cuesta / Me lloran los ojos al abrirlos a la claridad/ Tiemblan mis manos cuando acaricio tu cabello / No dejando de sentirme un fracasado.

Golpes bajos no se encerraron en el cuarto de los huéspedes, ni sintieron el fracaso, puesto que su primer trabajo vendió 20.000 copias en tan solo seis meses, algo poco común para un grupo debutante, y que les llevó a meterse en el estudio para grabar su primer elepé: “A santa compaña”, ya en 1984.

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