Gente corriente, cerebros alquilados: el capitalismo salvaje ya no pide permiso

En el mundo de ‘Gente corriente’ no hay rebelión. Solo rutina. Es la normalización de la distopía. Y eso es lo más aterrador. No hay apocalipsis. Solo facturas.

Por Isabel Ginés | 7/05/2025

La séptima temporada de Black Mirror abrió con un episodio que no necesita exagerar para horrorizar. Se titula Gente corriente, y su crueldad no está en lo que muestra, sino en lo que insinúa: esto ya está pasando, solo que aún no lo vemos con claridad.

Mike, un hombre más entre millones, intenta salvar a su esposa Amanda de un tumor cerebral inoperable. No tiene dinero, no tiene contactos, solo tiene desesperación. Entonces aparece Rivermind, una megacorporación con una oferta disfrazada de milagro: operación gratuita, tecnología de punta, todo incluido. Pero lo que parece una salvación es solo una mutación del viejo contrato fáustico: Amanda vivirá, pero solo como una terminal biológica conectada a sus servidores. Y, lo peor, para mantenerla “viva” deben pagar una suscripción mensual. Sin pago, sin Amanda.

Rivermind no es ciencia ficción. Es la lógica de las grandes empresas llevada a sus últimas consecuencias. Corporaciones que ya almacenan nuestros datos, nuestros hábitos, nuestras pulsiones más íntimas. Que ofrecen soluciones “gratuitas” para problemas que ellas mismas ayudaron a crear.

El episodio duele porque no hay nada irreal en él. Hoy existen prótesis neuronales que pueden predecir el habla. Implantes cerebrales en pruebas que traducen pensamientos en comandos. Y aseguradoras que usan inteligencia artificial para decidir si un tratamiento es “rentable”. La pregunta ya no es si nos conectarán, sino cuándo empezaremos a pagar por seguir siendo personas vivas o en esencia.

La verdadera violencia en Gente corriente no viene de un villano. Viene del sistema. Nadie obliga a Mike. Él acepta. Firma. Sonríe. ¿Por qué? Porque no puede hacer otra cosa. El capitalismo salvaje ya no necesita represión. Le basta con la escasez. El consentimiento se vuelve moneda emocional: se acepta lo inaceptable cuando se teme perderlo todo.

Y eso ya ocurre hoy. En Estados Unidos, enfermos de cáncer montan campañas de GoFundMe para pagar quimioterapia. En África, se venden datos biométricos a cambio de microcréditos. En China, trabajadores duermen en sus fábricas para no perder productividad. En Europa, pacientes mueren esperando autorizaciones. Todo es negocio. Incluso la espera.

Ella ya no es sujeto. Es interfaz. Su cuerpo respira, pero ya no le pertenece. Se ha convertido en infraestructura, como una torre de telecomunicaciones, como un nodo. La única diferencia es que alguna vez la amaron.

Y eso también nos está pasando. Nuestros datos alimentan inteligencias artificiales que no nos retribuyen. Nuestras publicaciones nutren modelos que generan contenido sin citar. Nuestro sufrimiento se analiza, se monetiza y se replica en algoritmos sin rostro.

La moraleja es brutal: cuando todo se compra, la vida solo es valiosa si puede venderse.

En el mundo de Gente corriente no hay rebelión. Solo rutina. Es la normalización de la distopía. Y eso es lo más aterrador. No hay apocalipsis. Solo facturas.

El capitalismo salvaje ya no necesita cadenas. Solo te pide que firmes los términos y condiciones. No llega con armas, sino con descuentos. No impone, seduce. Y cuando quieras recuperar lo que era tuyo tu cuerpo, tu tiempo, tu vida ya estará en alquiler. Con opción de compra. A plazos. Sin devoluciones.

1 Comment

  1. Excelente reseña. Es cierto que lo más aterrador es la normalización de la barbarie. En cierto modo me recordó a la fantástica novela «Ubik» (1969), de Philip K. Dick, donde aparecen compañías privadas de psiquismo que facilitan un estado de vida suspensa después de la muerte, y donde el protagonista debe poner monedas para abrir el frigorífico. Gracias.

Dejar un Comentario

Tu dirección de correo no será publicada.




 

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.