Genocidio en el fin del mundo: Estado y terratenientes contra los selk’nam

Cuando Argentina y Chile se dividieron la ‘Tierra del Fuego’ a fines del siglo XIX, la mayoría de la tierra pasó a manos de terratenientes. Estos poderes persiguieron y exterminaron a la población nativa, especialmente a los selk’nam.

Por Ignacio Liziardi | 25/10/2025

La Isla Grande de Tierra del Fuego ha sido, desde el siglo XVI, un territorio inexplicable para el hombre blanco. Las sucesivas expediciones que atravesaban el pasaje interoceánico recalaban obligadamente en sus costas, particularmente para recolectar leña y cargar agua dulce. El contacto de los habitantes de la isla con los europeos fue diverso; lo que conocemos sobre los primeros está sesgado por la mirada de los últimos: “Onas”, “yaganes”, “alakaluf” fueron formas de clasificación y diferenciación de grupos impuestos por la mirada occidental que encasilló a las personas en “culturas” definidas por su lengua, territorio y rasgos distintivos. En esta operación de definición, se privó al mismo tiempo ―desde la perspectiva hegemónica― a estas personas de la posibilidad del cambio histórico.

Con estas limitaciones, sabemos que los selk’nam, comúnmente conocidos como onas, poblaron históricamente el centro norte de la isla. Organizados en pequeños grupos nómadas, se desplazaban de un sitio a otro en sus haruwen (espacios de caza destinados a cada grupo familiar extenso), que estaban bien delimitados, aunque muchas veces salían de esos límites para intercambios y uniones con los yaganes (o yámanas). Estos, por su parte, habitaban lo que hoy conocemos como el canal de Beagle (Onashaga, en lengua nativa), al sur del territorio selk’nam. Siendo hábiles constructores de canoas, subsistían por la pesca. Al oeste, los grupos alakaluf dominaban la zona del estrecho y los innumerables canales interiores.

La Tierra del Fuego y el archipiélago se encontraban ampliamente poblados por grupos muy diversos. Fueron muchos los intentos de colonización española sobre territorio magallánico que, durante el período colonial, habían fracasado estrepitosamente debido a la brutalidad del clima.

A partir de 1850, los gobiernos de Argentina y Chile tomaron conciencia de la importancia del extremo sur americano. Comenzaron así tímidas campañas de exploración y fundación de enclaves: Argentina en la cuenca atlántica patagónica (desembocadura del Río Santa Cruz y Gallegos) y Chile en las islas del pacífico. Ambos países chocaron con respecto a la posesión de Tierra del Fuego y el estrecho de Magallanes. Sin embargo, la isla fue blanco de numerosos planes paralelos de poblamiento: una misión de la Iglesia anglicana (británica) se asentó en lo que hoy es Ushuaia. Buenos Aires y Santiago apuraron entonces sus planes y conquistaron el territorio patagónico continental entre 1879 y 1885.

Luego de dicha tensión por dividirse la isla, se acordaron los límites actuales y la disputa se resolvió en 1899 con el Abrazo del estrecho. Los presidentes de ambas naciones se abrazaban en la cubierta de un barco de guerra, sellando la división. Los pueblos originarios del archipiélago estaban acorralados. Como si la nueva división de todo lo conocido por ellos no fuera suficiente, en 1886, había estallado la fiebre del oro, que atrajo a numerosos cazafortunas a la isla. El más famoso fue Julio Popper, a quien se le concedieron decenas de miles de hectáreas en 1891 de “tierras públicas” para su explotación. Se instaló una factoría de la noche a la mañana para extraer el precioso metal. Sus hombres, al igual que los de las familias estancieras, persiguieron y exterminaron a cuanta familia selk’nam encontraron, saqueando sus pertenencias, que luego acabarían vendidas a turistas o en museos.

El Estado argentino también fue partícipe activo de las matanzas: el 25 de noviembre de 1886, una expedición comandada por Ramón Lista desembarcó en la bahía San Sebastián, al norte de la isla. Al encontrarse con un grupo de selk’nams, abrieron fuego, matando a al menos 28 personas a sangre fría. En ese lugar, comenzó a funcionar luego la Estancia San Martín, otro establecimiento lanar. En la actualidad, esta fecha ha sido declarada por la legislatura provincial fueguina como “Día del genocidio selk’nam”.

Entre tanto, las familias Behety, Stubenrauch, Braun, Menéndez, entre otras, se habían repartido las grandes llanuras del norte con total acompañamiento de los Estados, donde pusieron a pastar sus miles de ovejas, base de su fortuna en un momento de boom de los precios de la lana. Capitales europeos, particularmente ingleses, impulsaron estos latifundios. Eran sus otorgantes de crédito, proveedores de personal, herramientas y compradores de su lana. Para poner tan solo un ejemplo, la Estancia Primera Argentina fue fundada en 1896 por el inmigrante español José Menéndez, con un tamaño de 160.000 hectáreas, y fue una de las más pequeñas de la isla.

Con la excusa de que los guanacos transmitían enfermedades a las ovejas y competían por los pastos con ellas, fueron sistemáticamente cazados. Esto cumplía una doble función: limpiar de guanacos la isla y matar de hambre a los nativos. Efectivamente, provocó que la población selk’nam viera diezmada su principal fuente de alimento. Comenzaron entonces a cazar ovejas. El discurso terrateniente justificó la matanza de “los indios” porque atacaban sus ovejas, alegando entonces que era defensa de sus legítimos intereses. Aunque, en términos legales, las estancias quedaban teóricamente divididas por los nuevos límites nacionales, la realidad es que desbordaban la capacidad de los Estados de imponer soberanías sobre este confín de la tierra.

Imagen: Julio Popper

La dinastía de los Braun-Menéndez fundó en 1908 la Sociedad Anónima Importadora y Exportadora de la Patagonia (SAIyEP), conocida como «La Anónima». Esta empresa, hoy conocida por los supermercados que dominan el mercado patagónico, sigue en manos de la familia.

Durante el 1881 y 1920 aproximadamente, la frontera argentino-chilena de la isla no era tan importante como lo eran las demarcaciones entre estancias. Muchas voces liberales se alzaron en Buenos Aires y Santiago contra las concesiones de tierras ―que eran las más grandes dadas por ambos Estados―, arguyendo que el “progreso” que tanto ansiaban para el extremo austral se veía bloqueado por el accionar terrateniente. La política que proponía a la población que “gobernar es poblar” era saboteada por los grandes propietarios, quienes no permitían a los trabajadores temporales permanecer en la isla ni asentarse ni traer a sus familias. Apenas terminaba la esquila de los ovinos, subían a los trabajadores a los propios barcos de las estancias y los devolvían a Santa Cruz. En las estancias, quedaban los hombres armados y administradores, los perpetradores del genocidio, que eran mayormente del Imperio británico: neozelandeses, ingleses, escoceses. Mercenarios de los confines de la corona.

Alexander Mac Lennan, apodado “chancho colorado”, era capataz de la Estancia Primera Argentina de los Menéndez y fue el encargado de cazar con sus hombres a las familias selk’nam que buscaban refugio en los valles y montañas. Su crueldad es bien recordada y es uno de los personajes principales de la película chilena de 2023, Los colonos. Otro célebre asesino fue Duncan Mac Donald, quien según testimonios directos citados por el historiador Alonso Marchante, para ahorrar balas en mujeres y ancianos, se bajaba de su caballo y los acuchillaba él mismo.

¿Por qué hablamos de genocidio?

No hay forma agradable de narrar un genocidio. Esta palabra, que ha sufrido cierto desgaste, debe ser diferenciada de una masacre o matanza. La diferencia se encuentra en el factor sostenido, en la saña y, la mayoría de las veces, en la sistematicidad de la matanza de individuos, además de la eliminación de las formas de identidad. La ONU estableció en la Convención para la Prevención y la Sanción del Delito de Genocidio de 1948, que se entiende por genocidio a cualquiera de los actos siguientes, perpetrados con la intención de destruir, total o parcialmente, a un grupo nacional, étnico, racial o religioso, como tal: matar a miembros del grupo; causar daño físico o mental grave a miembros del grupo; someter deliberadamente al grupo a condiciones de existencia que hayan de acarrear su destrucción física, total o parcial; imponer medidas destinadas a impedir los nacimientos dentro del grupo; trasladar forzosamente a niños de un grupo a otro. Esas características las encontramos en el Holocausto nazi, en el accionar del Estado turco contra el pueblo armenio a principios del siglo XX, en la persecución estatal-terrateniente a los selk’nam y, hoy, en el accionar de Israel en Gaza, Palestina.

Alonso Marchante divide el genocidio selk’nam en dos periodos: entre 1881 y 1894, los estancieros cazan a los selk’nam en partidas punitivas, asesinan a muchos, pero también toman prisioneros y los reducen a la servidumbre doméstica (particularmente a las mujeres) en sus propias estancias o los envían a las misiones salesianas de la isla Dawson que, en la práctica, funcionaban como campos de concentración. Entre 1894 y 1901, se pone en marcha una ofensiva organizada y sin cuartel. Del lado chileno, los selk’nam que no eran asesinados ni llevados a la isla Dawson fueron repartidos como esclavos por orden directa del gobernador en la plaza central de Punta Arenas, separando familias entre gritos y forcejeos. Determinar dónde empieza y dónde termina la responsabilidad de los Estados nacionales y dónde lo hace el poder terrateniente en Tierra del Fuego entre 1880 y 1930 es dificultoso. 

Cabe aclarar que, por lo general, los genocidios no acaban por completo con un grupo, sino que lo debilitan a un punto de no retorno. Cuando los selk’nam fueron deslocalizados de sus tierras y ya no representaban una amenaza, se los sometió al olvido del Estado. Como tantos otros pueblos originarios, fueron incluidos en la memoria colectiva y la historia escolar de nuestro país como un dato de color o una reliquia que ya no se conservaba. Un caso paradigmático es el de Ángela Loij, quien murió en 1974 a los 70 años y era la última persona en el planeta nacida y criada en una tribu selk´nam. Gracias a sus testimonios, se ha reconstruido parte del conocimiento que tenemos hoy sobre su cultura.

Con las décadas y, en especial, desde el retorno de la democracia, muchos fueguinos y fueguinas han revisitado su ascendencia, encontrando antepasados nativos. En la actualidad, hay familias que reivindican la ascendencia selk’nam. Estas luchan por reconocimiento, para que el genocidio no caiga en el olvido y las voces de sus abuelos no queden sepultadas en el silencio blanco del sur.

Para saber más, recomiendo leer Selk´nam, genocidio y resistencia, de José Luis Alonso Marchante, e Historia de la Patagonia, de Susana Bandieri.


Este artículo fue publicado originalmente en La tinta.

Se el primero en comentar

Dejar un Comentario

Tu dirección de correo no será publicada.




 

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.