Galicia Mártir

Por Daniel Seijo

«Solo cantos de independecia y libertad han balbucido mis labios, aunque alrededor hubiese sentido, desde la cuna ya, el ruido de las cadenas que debían aprisionarme para siempre.»

Rosalía de Castro

“Porque la verdadera tradición no emana del pasado, ni está en el presente, ni en el porvenir; no es sirviente del tiempo. La tradición no es la historia. La tradición es la eternidad.”

Alfonso Daniel Rodríguez Castelao

«La justicia pertenece al campo de las fuerzas del alma. Y por eso puede brotar en los lugares menos propicios, pues cuando la llamamos, allí acude, a veces con la venda en los ojos pero alenta al oído, desde no se sabe muy bien dónde, como una cosa anterior a jueces y acusados, incluso a las propias leyes escritas»

Manuel Rivas

Q’as vosas vaguedades,
Cumprido fin terán

Cuatro y años y aquí estamos de nuevo querido pueblo, querida tierra. Cuatro años en los que muchas cosas han cambiado en el mundo, pero no así en nuestra lenta y oscura existencia. Casi como atados a las pesadas y eternas noches de piedra de nuestro pasado más remoto, todavía hoy los «féridos e duros, imbéciles e escuros non nos entenden, non«. Sé que ellos tienen los votos y el poder, sé que nuestra es la tarea de crear alternativa y cimentar la esperanza que venza a su oscurantismo, lo sé y respeto los resultados que durante tantos años han marcado las urnas, faltaría más. No intenten por tanto tildarme de antidemocrático por no comprender y asumir como pétrea una realidad social que ahoga a mi pueblo, porque los responsables de los fusiles, los paseos, los caciques y los carretaxes, son otros. No es en mí «bando» en el que cae precisamente el componente autoritario de todo este circo que desde la dictadura ustedes se han montado y por el que todavía hoy, aunque nos hagamos los civilizados, la nuestra es una democracia tutelada. Una democracia en la que sin aparente disimulo el alcalde otorga preeminencias a aquellos que le confían su voto.  

Cuatro años y pocas cosas han cambiado, nos seguimos moviendo lentos, casi a la imperceptible velocidad de esos 118,5 quilómetros de vías que unen las estaciones de Lugo y A Coruña, en los que los trenes apenas pueden circular a una velocidad constante durante diez quilómetros seguidos. Todo por el mal estado de las vías y una inversión inexistente que transforma un viaje entre Curtis y A Coruña en una odisea en la que la cámara lenta de nuestro progreso nos retrotrae a los viajes y los motivos por los que nuestros abuelos abandonaban esta tierra. También en muchas ocasiones lo hacían en viejos trenes cargados de frustración y abandono institucional. Un abandono que se hace latente en las estaciones de Redondela, Guillarei, Sarria, Carballiño, Ribadavia, Feve, Ortigueira, Burela y Viveiro, todas ellas estaciones sin venta presencial de billetes. Una solución oportuna cuando ante los eternos viajes, los retrasos, las condiciones tercermundistas y el aumento de precios, no quieres escuchar reclamaciones y quejas. Un mal negocio sin embargo para una población envejecida en la que nuestros ancianos y ancianas, no deberían verse abocados al uso obligatorio de las máquinas de autoventa cuando nadie, literalmente nadie, se ha preocupado por familiarizarlos con las mismas. Y es que al señor Feijóo y al Partido Popular, tan solo les interesa la conexión Galiza – Madrid a través del AVE. Da lo mismo, que lo mismo da, que nuestro tejido ferroviario interno se desmorone poco a poco mientras en Madrid miren a provincias con buenos ojos. Todo sea por los jugosos sobrecostes que el propio Íñigo de la Serna, ministro de Fomento popular, reconoció esconder tras las cuentas del AVE galego.

Es hora de elegir confiar en Galicia y en la fuerza productiva de su gente o seguir esperando la triste y puntual limosna del cacique

Poco importan las víctimas mortales en nuestro país a causa de los accidentes de tráfico en unas carreteras que en muchas ocasiones, al igual que a la propia Xunta, buena falta les haría una nueva capa de pintura para renovarse. Poco importa la pérdida de oportunidades comerciales que puede suponer no disponer de una vía férrea adaptada a los nuevos tiempos, su potencial para revitalizar el territorio o su enorme impacto en el descenso de la contaminación provocada por los vehículos a motor en Galiza. Eso no importa, Feijóo y la Xunta mirarán para otro lado, ignorarán a quienes tienen verdaderos proyectos de futuro para este país y aguantarán el tirón a basa de populismo y demagogia mientras el tráfico rodado gallego sigue soportando los peajes abusivos e insultantes de Audasa, la concesionaria de la autopista AP-9, y los radares de la DGT convierten a nuestro país en un terreno fértil para cobrar los diezmos al estado español en forma de multas a nuestros trabajadores. Ustedes, sí, ustedes, los trabajadores, los parados, los pobres en definitiva, todos aquellos que no tienen capacidad adquisitiva para pagar las autopistas y que circulan por el territorio gallego a diario, son finalmente los encargados de pagar una nefasta política de transporte en Galiza. Pero no se preocupen, la próxima legislatura de Feijóo, quizás se ponga con ello. Aunque ya les adelanto que él es más de coche oficial y telepeaje. 

La nuestra es una tierra en la que 4.400 aldeas sobreviven con dos o menos personas y 2000 de ellas han sido ya abandonadas. En la última década, son casi 600 los nuevos núcleos de población que han quedado deshabitados, sin conexión con el mundo, sin infraestructuras, nuestro rural se muere lentamente. No existe peor pecado para un gobernante que dejar morir su propia tierra. Hoy el 75% de la población vive en la franja costera, mientras el 80% de nuestro territorio apenas está habitado. Décadas de abandono y políticas de gaita y anuncios baladís que han terminado con partidas destinadas al rural invertidas en pistas de pádel, campos de golf, infraestructuras con sobrecostes hoy abandonadas y centros sociales destinados a entretener a una sociedad tradicional gallega que se muere. Una sociedad que necesita sangre nueva y no entretenimiento. Llegado a este punto, quisiera recordar al alcalde de mi propio municipio, César Longo Queijo, ese cacique, en este caso socialista, que en un vídeo realmente vergonzoso apostaba por gastarse lo poco que nos queda en fiestas y entretenimiento hasta que desaparezcamos. Tus vecinos, esos sin oportunidades de empleo e infraestructuras deficientes, recordamos tus palabras. Y es que el cacique en Galiza es un sentimiento, una forma de hacer política y no solo algo propio de la derecha. Pero eso en esta tierra ya lo sabemos todos.

Más de 34.000 hectáreas de tierra de labor han sido abandonadas en Galiza desde el inicio de la crisis de 2008, una superficie dedicada al cultivo de cereales, legumbres, hortalizas y forraje que hoy han desaparecido para la economía rural. Una realidad de abandono e incomprensión que no solo desdibuja nuestro territorio, sino que lo hace a su vez con nuestra economía y nuestra forma de vida. Nuestro comercio ha pasado de ser un excelente productor agrícola a importar en apenas un trimestre 300 toneladas de tomate, los estantes de nuestros supermercados comienzan a estar invadidos de productos extranjeros, mientras nuestra agricultura se muere fruto de las abusivas tácticas del mercado y la escasa conciencia de nuestros gobernantes. Nos alimentamos con basura teniendo oro en nuestra tierra dispuesto a ser trabajado. Hoy puede que el precio a pagar no sea directamente económico, aunque la cesta de la compra ya se encarece paulatinamente, pero en un futuro y siguiendo esta dinámica, esto será nuestra definitiva ruina. La crisis láctea, la tendencia a las macrogranjas al estilo Coren y el abuso a los pequeños agricultores, ha hecho que la pérdida de peso del sector agrario en la economía gallega suponga en los últimos años una sangría de cerca de 20.000 afiliados a la Seguridad Social, el 35% del volumen de trabajadores que se registraba una década atrás. Sin futuro laboral, sin conexión con la ciudad y por tanto con escaso futuro, el hundimiento poblacional gallego aumenta de forma alarmante dibujando una caída demográfica del 8% en el medio rural. Una población envejecida y escasa que dibuja sin embargo la trampa de doble dirección de la actuación kamikaze de la Xunta: un rural dependiente de la voluntad del cacique y por tanto sometido a sus redes clientelares, pero también un éxodo a las ciudades que poco a poco transforma estas en núcleos de mayor resistencia a la política del gobierno de Nuñez Feijóo. Puede que el rural muera a las manos del PPdG, pero todo apunta a que llegado el caso, su recuerdo se cobrará venganza en las urnas de las principales ciudades.

Todo esto en una legislatura que por el 2016 Nuñez Feijóo aseguró sería la legislatura del rural, no siendo por la eucaliptización del territorio para beneficio de Ence y por los numerosos incendios que han asolado el medio rural ante la incompetencia y negligencia de la Xunta, uno no puede sino tomarse como una broma pesada las palabras el hoy todavía presidente gallego. Aunque tampoco aquellos que han perdido su empleo en las actividades ganaderas y agrícolas en el rural, han podido encontrar consuelo en la industria ya casi inexistente de nuestro país, así seis de cada diez empleos creados en Galiza desde 2009 nueve han sido en las actividades con los salarios más bajos y la conflictividad laboral y la desmantelación de la industria tiene nombre propio en casos como el de Alcoa, Thenaisie Provoté, Reymogasa, Isidro 1952 y por desgracia tantas otras empresas. Tras varios años consecutivos de desaceleración económica y con una reducción del ritmo de creación de empresas del 68%, nuestro país va camino, si nada lo impide, de convertirse en un desierto industrial duramente afectado por la deslocalización y los nuevos procesos geopolíticos y económicos que han sorprendido a Madrid y al gobierno de Nuñez Feijóo con el pie cambiado. Mientras en la capital de España la situación gallega parece importar únicamente como una moneda de cambio con Europa que ya supuso la pérdida de nuestro sector pesquero, naval y ganadero, en Santiago la única salida a esto son buenas caras y una apuesta por el empleo en el sector del ocio y el turismo que ya ha mostrado sus claras debilidades durante la crisis del Covid-19 que todavía estamos viviendo. Todo esto mientras las loas y los aplausos puntuales a Amancio Ortega e Inditex, la táctica de la caridad y la explotación agradecida, logra tapar la realidad laboral de nuestro territorio, una realidad que se dibuja en huelgas silenciadas por los medios y un aumento de la siniestralidad laboral que sitúa a Galiza en la cabeza percances durante la jornada de trabajo.

Hoy el líder popular se encuentra cómodo en esa política de la identidad nacional, incluso pudiendo capear sin demasiadas dificultades temas aparentemente tan comprometidos como el desafío catalán o los envites de Vox

Galiza es hoy un país dividido en barrios ricos y pobres, una tierra de caciques y labregos, aunque estos se hayan mudado a las ciudades. En nuestro foro interno, seguimos siendo aquella tierra de la que escribía y dibujaba Castelao. El 12,5% de los hogares gallegos ingresaban en 2018 menos de 450 euros al mes por persona. Además, un 18,8% da población se encontraba en riesgo de caer en la pobreza, medio millón de personas con ingresos inferiores a los 9000 euros anuales. Según informes de Cáritas, nuestro país se sitúa como el territorio con más personas a las puertas de la exclusión social. Un dibujo social que se completa con la realidad de una sociedad en la que más personas mayores viven solas pese a que la mitad de las pensiones gallegas no superan los 700 euros y los jóvenes se muestran incapaces de marcharse del hogar familiar, algo que lógico con la escalada de precios en el alquiler en nuestras ciudades que se ha llegado a situar en un aumento de cerca del 15% desde 2016. Todo mientras desde 2017 el gobierno gallego únicamente ha construido 12 nuevas viviendas protegidas, la cifra más baja del conjunto del estado español. Como dice mí propio alcalde: disfrutemos hasta extinguirnos que a este paso poco nos queda, por algo la Xunta adjudicó a dedo cerca de 2,5 millones de euros al macrofestival electoral O son do Camiño, las verbenas y el pan y circo para los mayores adaptado a las nuevas generaciones. Mientras tu país se muere, tú puedes sentirte cool en tus redes sociales como si estuvieras en Madrid. Osea, mientras dure el pan tío, que tampoco parece vaya a ser eterno.

Y mientras todo esto sucede, Feijóo no parece preocupado, no en vano, Galiza y Murcia son las únicas autonomías de régimen común sin traspasos de competencias en la última década. El autogobierno gallego se nota por tanto únicamente en los tejemanejes con Pemex, las falsas promesas, las puertas giratorias al estilo Beatriz Mato o las sentencias por “nepotismo” que la justicia confirma en la creación y adjudicación de una plaza de Educación para la cuñada de un alto cargo do PP. Galiza para ellos es su corrala particular, tierra de caciques y como tal actúan. El tráfico de influencias, las fotos con narcos, las dudosas negociaciones con funcionarios, la dictadura mediática a basa de subvenciones a medios como La Voz de Galicia o el autoritarismo en la CRTVG, el abuso en los derechos laborales o los continuos casos de corrupción que salpican a la gestión de Feijóo y que sin duda terminarán estallando en estos cuatro años gobierne o no, son simplemente evitados por un dirigente que impone el silencio informativo en su feudo y que es visto por la ignorante progresía madrileña como una especia de Iñigo Urkullu con acento riquiño. Por supuesto, tanto Feijóo como Urkullo son dos personajes de la derecha más rancia, maliciosa y casposa que nos podemos imaginar. Pero eso no lo saben o no les interesa a los super analistas de la «izquierda» posmoderna española. Esperemos a que salga toda la basura que guarda la gestión de las Caixas, quizás entonces algún periodista estrella de esos que salen en la televisión con gran pompa, se entere de lo que aquí pasa, pero tampoco depositen demasiada esperanza en ello.

Y es que al señor Feijóo y al Partido Popular, tan sólo les interesa la conexión Galicia – Madrid a través del AVE

Y ustedes se preguntarán, ¿cómo es posible que Feijóo se encuentre a las puertas de otra mayoría entonces? Pues vayamos por partes. Primero animando a la izquierda a ir a votar este fin de semana para cambiar las cosas, para construir un país con movilidad y futuro para el rural, por nuestras tradiciones culturales y también por su futuro como fuente de riqueza y bienestar para nuestro pueblo, por un país industrializado y con empleo y especialmente, por un país libre de ataduras que nos impidan gestionar nuestras riquezas y nuestras vidas. Dicho esto, el Síndrome de Estocolmo electoral en Galiza no tiene fácil explicación, pero deriva principalmente de dos factores: el caciquismo y el abandono institucional. Del mismo modo que Galiza cayó en manos franquistas sin apenas historia que lo refleje, pese al dolor y sufrimiento de nuestro pueblo, todo parece resumirse a un «así fueron las cosas», la democracia se instauró en nuestro país de forma defectuosa sin apenas atención política por parte de las instituciones y los diferentes partidos. Aquí muchos alcaldes llevan ininterrumpidamente en su cargo más tiempo que la propia democracia, los Baltar y compañía compran votos y voluntades a la luz de los focos y nadie dice nada porque lo que aquí pasa no interesa si no es para la triste crónica de «así fueron las cosas, así son los gallegos». Ante tal abandono político e institucional, los gallegos han interiorizado otra forma de ver y hacer política, aquí el voto para las generales no tiene que corresponderse necesariamente al voto local y el cacique del pueblo, es una institución que supera en importancia al presidente. Ante el paro, la precariedad y la falta de infraestructuras, la importancia del trabajo público y la prestación de favores tiene su importancia. Algo que no deberían juzgar ustedes si no están en los pies de una tierra en la que el hambre y la migración todavía no han pasado a ser un recuerdo, aún se encuentra muy presente en la piel de los mayores y de otros que no lo son tanto.

Durante años, Don Manuel, Fraga Iribarne para los que no tenéis corazón, fue a base de caciquismo y populismo un segundo padre para muchos gallegos, por supuesto el primero siempre será Xosé Ramón Gayoso o en su defecto Santiago Pemán. El hombre que fue ministro franquista y jugó entre tazas de vino al dominó con Fidel Castro, supo combinar una especie de curioso galleguismo supeditado a Madrid con el manejo impecable de amplias redes clientelares que llegaban desde el despacho de las empresas a la más pequeña obra pública del último ayuntamiento gallego. Todo en Galiza durante muchos años, era levantado en el inconsciente colectivo popular por obra y gracia de Don Manuel.  

Solo el desastre del Prestige y la cercana visión del fin de los fondos europeos dilapidados en paseos marítimos y verbenas, pudo lograr que la izquierda se hiciese con el poder durante un breve período de tiempo. Tras ese paréntesis que por buenismo, honradez y decencia el bipartito no supo aprovechar para sustituir u ocupar las presentes redes clientelares, hizo finalmente su puesta en escena Feijóo. Pero aquel candidato electoral, no era el Feijóo que hoy todos conocemos, el inexperto candidato a la sombra del enorme poder de Fraga, era un cachorro neoliberal puro, un líder dispuesto a renunciar a lo sembrado por Don Manuel y abandonarse al Partido Popular de la aznaridad. Un Partido Popular que en Galiza era visto como un extraño, un partido político madrileño que atacaba la identidad propia de los gallegos. Pronto descubrió nuestro particular «héroe» derechista gallego que el ataque a cara descubierta al idioma, la renuncia al populismo de feria y ese toque de emperador romano en la Galia, no iba a funcionar en nuestro país. Aplicar recortes y privatizaciones sin el sonido de la gaita y la alegría de la verbena, no era posible en esta tierra. Fue entonces cuando Feijóo decidió seguir firmemente la política de la identidad, camuflarse en un hombre del pueblo y sostener con ello un partido lo suficientemente alejado de Madrid como para poder tener su propio espacio teórico y discursivo con el que profundizar en la política neoliberal más extrema sin demasiadas preocupaciones o sobresaltos. Con la renuncia a la ideología y por tanto perfeccionamiento de las tácticas de su maestro Fraga, Feijóo se ha mostrado capaz de aglutinar el voto de centro de manera efectiva e incluso de atraer votantes de todo el espectro político gallego, también en las regiones más alejadas ideológicamente de su gestión. No olvidemos en este punto la herencia caciquista y sus milagros, haberlos haylos.

Casi como atados a las pesadas y eternas noches de piedra de nuestro pasado más remoto, aun hoy los «féridos e duros, imbéciles e escuros non nos entenden, non«

Hoy el líder popular se encuentra cómodo en esa política de la identidad nacional, incluso pudiendo capear sin demasiadas dificultades temas aparentemente tan comprometidos como el desafío catalán o los envites de Vox acerca del idioma o el autogobierno. Feijóo sale reforzado de los extremos y mientras el foco apunta a temas identitarios, sus políticas económicas muestran su cara más dura en Verín o entre los trabajadores de Alcoa, la realidad de un país que se desintegra poco a poco inmerso en la competición cultural de quienes dicen amarlo. El daño al líder de los populares gallegos se le inflige cuando se hace mención a su gestión de la sanidad, el desmantelamiento de los sectores productivos o la deriva de temas como la vivienda o el trabajo. Un ejemplo paradigmático lo encontramos en el cierre del paritorio del hospital comarcal de Verín, un tema con el que todo gallego y gallega se ha sentido identificado dada la degradación constante de la sanidad propiciada por la gestión de Feijóo y que sin duda ha costado a la Xunta más de un disgusto y apuros a la hora de programar el calendario electoral. Lo material, en este caso ejemplificado en el desmantelamiento de la sanidad, sirve como nexo para estructurar un discurso que a su vez atraviese las luchas «identitarias» como la feminista o la defensa del mundo rural. Lo material, pone en jaque a Feijóo y logra que las miserias de su gobierno salgan a la luz.

Curiosamente, a las puertas de las elecciones y en plena crisis por los nuevos rebrotes de cornovarirus en la Mariña de Lugo, podemos ver como Feijóo se escuda de nuevo exclusivamente en lo identitario, en el sentimiento, en el supuesto amor a Galicia. Mientras tanto las enfermeras eventuales piden un cambio de gobierno que ponga fin a su precariedad, los trabajadores de Alcoa prometen guerra y la situación sanitaria se deteriora inexorablemente fruto de la incompetencia de una autogestión raquítica que por falta de uso y costumbre apenas saben ejecutar en San Caetano. Suceda lo que suceda este fin de semana, los problemas seguirán ahí, la lenta muerte del rural no va a esfumarse, la precariedad y siniestralidad laboral, el deterioro de infraestructuras, las privatizaciones, la falta de un autogobierno efectivo y práctico y el desierto industrial al que nos encaminamos, nada va a solucionarse de la noche a la mañana, nada lo va a poder solucionar de forma sencilla y rápida. Peor cuatro años después, querido pueblo, ustedes vuelven a tener la ocasión de decidir si continuar con el sentimentalismo identitario que no nos lleva más allá que a un vivamos como gallegos encarnado en un bonito eslogan publicitario compartido por populares y empresarios, o si por el contrario, comenzamos a votar y a vivir como verdaderos gallegos no supeditada a órganos partidistas ubicados en Madrid. Es hora de elegir confiar en Galiza y en la fuerza productiva de su gente o seguir esperando la triste y puntual esmola del cacique. Ustedes y su voto deciden.


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