Gabriel resucita el espíritu de Gamonal

Por Pablo Luján

Ha pasado una semana desde que empezamos a conocer en detalle todo lo que rodeó al asesinato del pequeño Gabriel. Siete días repletos de noticias tan tristes como alarmantes. Adultos capaces de matar a un niño de ocho años y jugar con el sufrimiento de una familia. Otros adultos sedientos de patíbulo que tapan sus frustraciones con peticiones de cadena perpetua y ostentación del racismo. Dirigentes políticos y medios de comunicación rastreros, respectivamente encantados por tener la oportunidad de legislar en caliente y por llenar páginas y programas con audiencias soñadas. Mierda, demasiada mierda. Pero también han sido siete días que han demostrado que sigue habiendo hueco para la esperanza. Primero, por la actitud de un padre, y en especial una madre, que desde el comienzo intentaron frenar cualquier muestra de odio, aunque sus palabras no fuesen respetadas por muchos de los que aseguraban pedir justicia por el pequeño. Segundo, por la respuesta del distrito burgalés de Gamonal, salpicado injustamente por una carroña mediática que encontró en este suceso una excusa para manchar el nombre de este barrio, y que para muchos ha pasado desapercibida.

A Gamonal llegaron los buitres hace algo más de cuatro años, unos con cámara y micrófono y otros con porra y casco. En enero de 2014, el barrio se convertía en el centro de todo el Estado. Un distrito popular, el más grande de la ciudad y el más castigado por la crisis, por los ERE de las fábricas cercanas, por el paro y por los desahucios, se levantaba contra el caciquismo del alcalde de la localidad, Javier Lacalle, del Partido Popular. La chispa fue la construcción de un bulevar que, además de entorpecer la vida cotidiana y el día a día en la zona, dejaba entrever la sospechosa relación entre el edil y el promotor de la obra, con un coste de nueve millones de euros. Las protestas vecinales derivaron en concentraciones y manifestaciones espontáneas, en guardias y sentadas nocturnas y en enfrentamientos con la policía llegada de Madrid y Valladolid. Todos miramos hacia Burgos en ese momento, convencidos de que la organización y la lucha vecinal de verdad servían para algo. Tras días de respuesta, de decenas de heridos y de detenidos y de guerra mediática contra el barrio, las obras fueron suspendidas.

Pero la llama de Gamonal, como la de tantos y tantos lugares, sin nadie que supiese mantenerla, se fue apagando. Y en Gamonal, como en tantos y tantos lugares, continuaron los despidos, las caras tristes a la hora del carajillo, los ruidos de las tragaperras, los finales de mes complicados, los desahucios, los cierres metálicos de comercios que se bajaban para siempre y los niños pasando la tarde del viernes en unos parques sucios, grises y descuidados. Ya nadie hablaba del lugar que había hecho prender la chispa. Ya no hacía falta guerra mediática, pues no había nada que contar, al menos nada diferente a lo que sucedía en cualquier otro barrio del país.

Cuando la sed de venganza inunda el debate público y político, dos víctimas son mejores que una para contentar a la audiencia

Hasta el lunes pasado, en el que los mismos que acudieron a Gamonal en enero de 2014 con cámara y micrófono, llegaron al lugar suplicando por un titular, convirtiendo en noticia los chascarrillos que oían de un corrillo de viejos a la puerta del mercado y haciendo directos con las anécdotas contadas en la barra del bar. Fueron muchos los vecinos que, delante de las cámaras y a través de las redes sociales, cargaron contra el acoso recibido. Otros, para ilustrar la magnitud de la invasión, contaron que si veían a algún desconocido por la calle, sabían sin duda que este era periodista. Y poco importaba si la gente quería o no hablar. Para eso estaban los cámaras que se colaron en el patio interior de la casa en la que una hija de la asesina de Gabriel moría 20 años atrás en extrañas circunstancias, grabando con todo detalle el tendido de cuerdas, las manchas de humedad y las paredes sin pintar.

Para eso estaban también los reporteros que reconstruyeron los supuestos pasos que la detenida daba cada mañana al salir de su portal e ir a la carnicería en la que trabajaba, cerrada durante esos días por la presión de las cámaras. Y también estaban aquellos programas en los que una música inquietante acompañaba a una sucesión de imágenes del barrio, de sus paredes llenas de graffitis, de sus edificios viejos y de sus calles de adoquines levantados y asfalto agrietado, como si aquel escenario explicase de alguna forma que una persona terminase asesinando a un niño años después. Buscando, de forma sutil, tejer una extraña relación entre aquel ambiente y acabar transportando el cadáver de un pequeño en el maletero del coche.

A Gamonal llegaron los buitres hace algo más de cuatro años, unos con cámara y micrófono y otros con porra y casco

Menos sutiles fueron los que directamente bucearon en las redes de la homicida, publicando las fotos de sus años en Gamonal y las muestras de apoyo hacia las movilizaciones vecinales de cuatro años atrás, de nuevo creando un vínculo entre una criminal y una lucha social. Los mismos que, sin hambre de informar pero voraces de sensacionalismo, sacaron a la luz la identidad de la hija de la asesina, porque cuando la sed de venganza inunda el debate público y político, dos víctimas son mejores que una para contentar a la audiencia.

Pero el espíritu de Gamonal volvió. Aquel barrio que abría los portales a los jóvenes que huían de la policía en las carreras nocturnas de enero de 2014 y que se organizaba para que las excavadoras estuviesen siempre vigiladas y no se moviesen, hizo piña con la hija de la asesina. Los extraños de la cámara y el bloc de notas no encontraron en Gamonal ni el morbo que habían ido a buscar ni una mala palabra sobre la joven a la que la sed de clickbait casi destroza la vida. Las vecinas y vecinos la defendieron ante las cámaras, el dueño del bar en el que trabajaba dejó claro las veces que fueron necesarias que la muchacha no tenía culpa de nada, un grupo de jóvenes se concentró en su apoyo y dos de sus vecinas cerraron la puerta del edificio a los cámaras que intentaron grabar el portal en el que a día de hoy reside. En Gamonal, a casi 800 kilómetros de Almería, quizá no ha habido pantallas gigantes retransmitiendo en directo el funeral del chaval, ni un tumulto de gente exigiendo pena de muerte. Pero es allí donde el homenaje público al pequeño Gabriel ha sido más sincero. Ha sido allí donde se ha frenado en seco a la rabia a la que se referían Patricia y Ángel, padres del pequeño, y donde el morbo y el sensacionalismo fácil y barato no han podido entrar. Ha sido allí donde la gente ha protegido de ese odio a la que, de alguna forma, es la otra víctima de la bruja mala de esta historia. La hija de la asesina, de origen dominicano y, seguro, vecina orgullosa de Gamonal.

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