![]()
Richard K. Betts y Stephen Biddle definen esta guerra como absurda: se persigue la destrucción militar como fin en sí mismo, olvidando que la fuerza debe servir a un objetivo alcanzable.
Por Víctor Siles | 30/03/2026
En un artículo publicado el 27 de marzo en la revista Foreign Affairs, los expertos Richard K. Betts y Stephen Biddle desmontan la estrategia estadounidense hacia Irán bajo la administración Trump. Titulado The Price of Strategic Incoherence in Iran: For America, the War’s Benefits Won’t Outweigh Its Costs, el artículo expone con claridad cómo la guerra lanzada por Donald Trump contra la República Islámica carece de una coherencia estratégica clara y terminará pasando factura al propio Estados Unidos —y, por extensión, al presidente—.
Los autores, profesores de estudios de guerra y paz en la Universidad de Columbia y miembros adjuntos del Council of Foreign Relations, argumentan que la decisión de Trump de iniciar un conflicto militar —con ataques sorpresa en junio de 2025 y febrero de 2026— responde más a un impulso táctico y caprichoso que a un plan coherente entre medios militares y fines políticos. La administración declaró objetivos variados y aparentemente complementarios: impedir que Irán desarrollara armas nucleares, destruir sus fuerzas de misiles y navales, y forzar un cambio de poder. Sin embargo, estos propósitos no se articulan en una estrategia viable. En lugar de ello, se ha optado por una lógica de improvisación sin una hoja de ruta clara.
Esta incoherencia estratégica se manifiesta en varios aspectos clave. En primer lugar, los ataques se lanzaron incluso mientras se mantenían negociaciones en curso, incluyendo el asesinato selectivo de líderes y científicos iraníes. Trump había roto unilateralmente el acuerdo nuclear de 2015 (JCPOA) en 2017, erosionando cualquier credibilidad negociadora futura. Ahora, tras declarar en junio de 2025 que el programa nuclear iraní había sido destruido, apenas nueve meses después fue necesario un nuevo bombardeo, lo que revela la futilidad de una guerra sin plan de seguimiento.
En segundo lugar, los autores subrayan que la destrucción militar —por muy espectacular que sea— no equivale a éxito estratégico. Irán ha visto degradadas sus capacidades, pero no eliminadas. Al contrario: los ataques han reforzado su determinación de resistir, incentivando la respuesta militar, la ocultación de instalaciones y la posible aceleración hacia un arma nuclear rudimentaria como último recurso. “La guerra ha degradado las capacidades de Irán, pero ha alimentado sus incentivos para la retaliación”, resumen Betts y Biddle. La República Islámica no ha caído; al contrario, ha generado un gobierno aún más radical y decidido a defenderse.
Los costos ya son evidentes y superan con creces cualquier beneficio táctico. Miles de civiles iraníes han muerto, al menos 13 militares estadounidenses han perdido la vida y las reservas de armas de Washington se han visto mermadas. La economía global ha sufrido sacudidas por la disrupción del suministro energético, con miles de millones de dólares en gastos directos. En lugar de fortalecer la posición estadounidense, la aventura imperialista en Irán ha atado los intereses de Washington a los del régimen de Israel de forma desequilibrada y ha dañado la imagen de Estados Unidos.
Betts y Biddle concluyen que esta guerra es absurda: se persigue la destrucción militar como fin en sí mismo, olvidando que la fuerza debe servir a un objetivo político alcanzable a un precio aceptable. Sin un plan real para gestionar el “día después”, sin capacidad para una ocupación viable (Irán es varias veces más grande y poblado que Irak) y sin credibilidad para negociar, la estrategia se reduce a un ciclo interminable de golpes y contragolpes que beneficia a los enemigos de Estados Unidos.
Los columnistas advierten que Trump ha iniciado una guerra sin brújula estratégica. Las victorias tácticas en el campo de batalla no compensan los costos morales, económicos y estratégicos. El precio de esta incoherencia —advierten— recaerá inevitablemente sobre Estados Unidos, y será alto. Trump, que presumió de poderío militar, descubrirá que la guerra no es un espectáculo televisivo: es un instrumento que, usado sin coherencia, termina pasando factura a quien lo empuña.
Se el primero en comentar