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Florentino Pérez es un oligarca del régimen, representa la fusión perversa entre poder económico y político.
Por Javier Siscart | 13/05/2026
El 12 de mayo, Florentino Pérez compareció en Valdebebas en una rueda de prensa que fue puro ejercicio de poder. Más de una hora de monólogo arrogante, ataques a periodistas, victimismo y un órdago electoral que en realidad era un “el Real Madrid soy yo”. “Lamento decirles que no voy a dimitir”, proclamó. No era la intervención de un presidente de club. Era la exhibición de un oligarca que se cree por encima de las normas, las instituciones y la ética.
Pero la verdadera esencia de Florentino Pérez no está en el fútbol, sino en su vertiente empresarial y política. Como detalla magistralmente el periodista Fonsi Loaiza en su libro Florentino Pérez, el poder del palco (Akal, 2022), Pérez surgió “al calor de la pequeña burguesía franquista y del aprendizaje de una carrera política frustrada” para convertirse en uno de los máximos exponentes de la oligarquía española. De empleado de la familia March y rescatador de una constructora en quiebra (ACS), pasó a controlar un imperio de autopistas, servicios públicos, dependencia y grandes infraestructuras gracias a contratos millonarios con el Estado.
Loaiza desmonta la imagen de empresario “hecho a sí mismo”. Pérez ha forjado su fortuna a través de un sistema de tráfico de influencias, puertas giratorias y cercanía al poder político que trasciende partidos. Ha sabido jugar a dos bandas: ideológicamente de derechas, pero financiando y aliándose con gobiernos de distinto signo para blindar sus intereses. De Aznar a Zapatero, pasando por las administraciones autonómicas y locales, ACS ha sido beneficiaria sistemática de la burbuja de las infraestructuras: AVE, autopistas radiales, aeropuertos… Proyectos a menudo opacos, sobredimensionados y pagados con dinero público, que en muchos casos han generado escándalos de corrupción, sobrecostes y privatizaciones encubiertas.
Como señala Loaiza, Florentino ha encarnado el “lucro, caciquismo, tráfico de influencias y corrupción política”. Su imperio no se sostiene solo en talento empresarial, sino en una red de contactos que le permite operar con impunidad. Mientras desde el palco del Bernabéu se erige en salvador del madridismo, en los despachos de Moncloa, Génova o las comunidades autónomas mueve los hilos que protegen sus concesiones y minimizan el escrutinio. La Superliga no fue un capricho futbolístico: fue la extensión lógica de su modelo oligárquico al deporte, un intento de crear un cartel de élites que elimine la competencia y garantice ingresos blindados para los poderosos.
En la rueda de prensa del martes volvió a evidenciar esa mentalidad. Atacó a medios, se quejó de “robos” y se presentó como víctima de una conspiración, sin una sola autocrítica real. Ese tono no es casual: es el de quien considera el Real Madrid como una extensión de su conglomerado ACS, una herramienta de imagen y poder. Pérez no rinde cuentas ante los socios; las rinde ante bancos, fondos de inversión y sus aliados políticos. Ha convertido el club en una máquina de marketing global que blanquea su figura mientras sus empresas siguen obteniendo contratos públicos.
Fonsi Loaiza lo explica con claridad en su obra: Pérez representa la fusión perversa entre poder económico y político, un caso paradigmático de cómo una persona sin apoyo electoral directo puede acumular más influencia que muchos ministros. Su trayectoria es un manual de cómo corromper las instituciones desde dentro: del palco al consejo de administración, de las obras públicas a la Champions League.
España y el fútbol llevan demasiado tiempo tolerando a estos oligarcas. Florentino Pérez no es solo un presidente de club; es un empresario corrupto que ha traspasado todos los límites éticos y legales, forjando un imperio sobre la base de influencias y opacidad. Su rueda de prensa fue un acto de soberbia que confirma que se cree intocable.
El fútbol, y la democracia, merecen algo mejor. Merecen romper con estos caciques de traje caro y agenda oculta. Mientras no haya una verdadera regulación que separe el deporte del gran capital y limite las puertas giratorias, figuras como Pérez seguirán mandando. La pregunta es: ¿hasta cuándo?
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