Filosofía entre días

En uno de esos placeres veraniegos de las afueras madrileñas. No lo empecé por el principio, lo empecé por el amor.

Por Puertos33

Con permiso de la política madrileña, hoy quiero hablar de un libro que me encontró en hace unos meses y del que nunca había hablado. En su momento, me acerqué a él con bastante escepticismo. Sí, soy ese tipo de lector repelente que cree que solo los grandes merecen hablar.

Recuerdo que cuando lo compré era verano, lo recuerdo porque la primera vez que lo abrí estaba en la piscina. Estaba en la casa que protagonizaría mi libro, cerca de mi chimenea. Bajé a Madrid a propósito de la compra, solo a la librería. Las primeras hojas las leí en una tarde de barbacoa y familia. En uno de esos placeres veraniegos de las afueras madrileñas. No lo empecé por el principio, lo empecé por el amor.

Leyendo aquel capítulo ocho —el primero para mí— uno está obligado a reconciliarse con la música de los ochenta (más allá de su estética, la misma que la de @filosofers, el libro es rockero). Aprovecha el cliché del sexo, drogas y rock and roll para traernos una creación de la destrucción. Lo he hablado con ella: su optimismo me asombra. Es imposible no leer ese capítulo ocho sin imaginarse todas las baladas de las bandas estadounidenses. El amor en las manos de Jeff Healey o Axel Rose se comprende más. ¿Podría el amor ser el principio de todo? De mi lectura, lo fue. De aquel capítulo fui entrando en los demás, desde el existencialismo a la posmodernidad (podría ser el título de un libro sobre mi Time Line de Twitter). Sin adentrarse mucho en el salseo político de las redes, como lea he echado en cara alguna vez, Nerea consigue que no nos rechine encontrar el nombre de Daniel Bernabé en el mismo capítulo en el que cita a Nietzsche. El arte de introducir, no es el arte de divulgar. A miles de kilómetros de otros libros divulgativos, @filosofers consigue que la filosofía sea accesible sin perder los nombres propios. A menudo, vemos que los filósofos citan desde la distancia. Una distancia que les permite mantenerse al margen tanto del pensamiento como de lo pensado. En este libro, las ideas vienen viajando en el metro, acariciando una gata, contestando enrojecida a un primer hola. Aterriza la filosofía en el día a día. En realidad, es un libro donde Nerea es la primera pensada.

Corremos el peligro de creernos protagonistas. Nuestra imagen, nuestro personaje. Aquí la marca es la excusa para la “misión secreta” (trayendo a Lispector con nosotros)  del mostrar. La filosofía no es un educar, un sentar cátedra, se filosofea andando (ya decían hace años). Se anda, con la mochila a cuestas de un lado para otro. La conocí un noviembre de lluvia. Iba a utilizar mi difunto local para una reunión con otro colectivo. No se dejó el mono de trabajo fuera cuando me pidió la primera cocacola de las que tomaría. ¿Es influencer? ¿Importa si entra en la acepción? Se sentó un rato con un amigo y conmigo, estuvimos hablando de la dificultad de ser escritor. Lo difícil que es la post-escritura. Ella, que ya era una marca. Yo aún la leía, a ráfagas, porque es un libro de asaltos. No un continuo, un acercarse. Más que un libro, una compañía. ¿Se ha escrito para acompañar o para ser acompañada? En todo caso, este viaje de conceptos, autores y vivencias consigue arrastrarnos a la filosofía cotidiana de vivir En una de nuestras conversaciones comenté con ella lo que para mí aglutinaba la esencia de su libro: “la vida: un constante viaje de golpe en golpe, un camino eterno en el que sobrevivir a una rutina de dolor”. Pero, antes de escribir esto; Nerea se había preparado para ir a disfrutar a los bajos de Argüelles de la mundaneidad con su pantalón negro, su chaqueta de cuero y su pintalabios.

Comparte su vida con nosotros, la expone exponiendo. Hace de la subjetividad un global. “Filosofía entre líneas” bien podía haberse llamado “Filosofía entre días”. Consigue que su vida conecte con la de todos nosotros. Da voz, muestra. ¿No era eso la filosofía? 

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