Feminismo esencialista

Por María Sánchez Arias

El feminismo de la diferencia sostiene que mujeres y hombres tienen una esencia propia, es decir, que la mujer, no sabemos cuál, por el simple hecho de serlo posee características radicalmente diferentes a las del hombre. Un ejemplo, desde la ética y la psicología, Gilligan establece que la «ética del cuidado» es propia de las mujeres y es una forma de actuar moralmente distinta a la de los hombres («ética de la justicia»). La autora argumenta que las mujeres dan mayor relevancia a los vínculos interpersonales cercanos mientras que los hombres, como sostenía Kohlberg, tienen mayor capacidad de abstracción a la hora de realizar juicios morales. De igual modo, afirma que ambas éticas son igual de válidas, pero responden a modos de actuar distintos, si bien se complementan. El problema es, como diría Sartre, ¿qué es antes la esencia o la existencia? Desde una visión atea, salvo que afirmemos la existencia de algún tipo de Dios, solo cabría responder que la existencia, puesto que no puede haber nada que determine antes de nacer debido a que solo algo como el alma podría determinarnos de esa manera. La otra opción sería la biología, pero si afirmamos que la biología define, no podremos establecer que el género es una «construcción social» y echando un vistazo a las diversas culturas será difícil justificar que no lo es. El feminismo de la diferencia, pues, no suele intentar justificar dicha diatriba, simplemente establece esencias distintas a hombres y mujeres. Ahora bien, el feminismo de la diferencia no es el único que se enfrenta al gran problema del esencialismo a la hora de definir a hombres y mujeres. También, lo encontramos en cierto feminismo «liberal».

Algunas corrientes del feminismo, que defiende la preminencia del deseo sexual, sea cual sea su objeto y su forma de satisfacción, tienden a obviar que este viene determinado por ciertos condicionamientos socioculturales y que, de ninguna manera, es azaroso o inocente. Esto es, una mujer puede tener filias relacionadas con la sumisión y un hombre con la dominación, pero, probablemente, ello esté condicionado por los roles de género y los estímulos simbólicos. De igual modo, la hegemonía (Gramsci) posibilita que el oprimido asuma los valores y los interiorice como propios. Así, el individuo se presupone libre, pero es esclavo de los valores de la clase que le domina. De esta manera, se perpetúa la relación de poder y la opresión sin que sea necesario el uso de la violencia o de la fuerza. Transponiéndolo a la situación de las mujeres en el sistema patriarcal implicaría que esta se piensa libre, pero sirve al deseo y el placer del que domina, es decir, al hombre.  En consecuencias, estas corrientes defienden, consciente o inconscientemente, las estructuras neoliberales y patriarcales.

Un feminismo realmente ético debería abogar por indagar en las construcciones simbólicas del deseo y las manifestaciones, también simbólicas, de las relaciones sexuales. Defender el follar libremente no debería pasar por la aceptación de un esencialismo que naturaliza las diferencias, puesto que la naturalización implica una situación irreversible, es decir, lo que es natural, lo que es (nivel descriptivo) no puede ser de otra manera y, en consecuencia, no puede cambiarse. Del mismo modo, solidifica las relaciones de poder y hace culpable a la víctima, ya que esta es así y no puede actuar de otra manera (Stolcke; Hall).

El feminismo, por tanto, debe suponer un ejercicio autónomo, es decir, que no sirva a nadie, solo a la liberación de la mujer. Ello solo será posible si somos conscientes de que debemos enfrentarnos a un ejercicio de crítica, análisis y deconstrucción. Un ejercicio que implique la liberación y no solo en interiorizar los roles y asumirlos como naturales, necesarios y fruto del ejercicio de nuestra libertad.

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