Felicidad

Por Jesús Ausín | Ilustración: ElKoko

Valdorros había sufrido de la misma enfermedad que todos los pueblos castellanos. Poco a poco, la emigración había dejado calles abandonadas, sonidos mudos de niños que antaño jugaban en la calle, tejados herrumbrosos por el liquen, machones que descuelgan hasta acabar en el suelo,  bardas cortadas en pico de sierra por los años de abandono, lluvia, frío, hielo y sol, y una inmensa soledad que se hacía terrible en los fríos días de diciembre en los que el casco urbano se convertía en un pueblo fantasma.

La situación se había vuelto crucial porque estaban a punto de quitarles el ayuntamiento y ser absorbidos por el pueblo aledaño. Un pueblo con el que siempre habían estado en pie de guerra.

Hacía años que ya no había escuela, ni cantina, ni bar. El médico acudía solo cuando había alguien enfermo y los vendedores ambulantes, que antes acercaban los ultramarinos, la carne o el pescado en sus furgonetas, habían dejado de acudir ante la falta de ventas. Solo el panadero acudía estoicamente para vender dos míseras hogazas. Y más por pena que por negocio.

A los ancianos y a los pocos jóvenes que aún residían permanentemente en el pueblo, nunca les había preocupado mucho la ruina del lugar. Tanto los hortelanos diuturnos como los lozanos  labriegos llevaban el mismo estilo de vida. Los abuelos a la huerta y la televisión en cuanto se ponía el sol, los jóvenes a la siembra y a la televisión en cuanto dejaban el tractor. Para ellos, que en el pueblo hubiera o no niños, no era motivo, no ya de preocupación, sino ni siquiera de cavilación. Pero lo de perder el ayuntamiento les despertó del letargo. Eso no podían consentirlo y menos para caer en manos de los Sabadeños.

Únicamente había una forma de evitar que el pueblo se convirtiera en una pedanía, elevar el número de empadronados hasta superar los 100. Ahora, apenas contaban con 77. Así que al alcalde del pueblo, uno de los veteranos que se dedicaban a la huerta y la televisión, se le ocurrió que tal vez si montaban unas termas, con su bar y su espacio recreativo, vendría gente a disfrutar de las mismas y eso atraería a trabajadores y el padrón se incrementaría. La idea se la dio un reportaje de la televisión. Pero había un problema, en Valdorros agua había en abundancia, pero era fría. Osea que para montar los baños, deberían calentarla. En el momento que fue a encender la gloria, supo que la solución estaba ahí. Los romanos ya lo hacían dieciocho siglos antes. Toda la maleza de limpiar el monte serviría y de paso evitarían los incendios siempre preocupantes cada verano.

Habían pasado ya más de dos lustros desde que las termas habían salvado el municipio. Ahora el pueblo había recuperado, incluso superado, antiguos esplendores. Los niños jugaban en la calle, las bardas se habían convertido en vallas metálicas y los ruinosos y derrumbados tejados habían dado paso a nuevas construcciones de ladrillo y hormigón. Los nuevos vecinos habían conquistado el ayuntamiento dejando fuera del mismo a los nativos. Y eso era tan malo o peor que haber acabado siendo integrados en el de los Sabadeños. Así que Evorcio, el hijo del que fuera ideario de los baños, tuvo que pensar en una estrategia para que el pueblo volviera a ser como antes. Sin ruido, sin zagales y sobre todo sin foráneos que viniesen a imponer sus modernidades.

La piscina estaba repleta. Nadie notaba nada, salvo que daba mas gusto de lo normal meterse en ella. El agua estaba calentita. Evorcio en el horno que calentaba el vaso, iba echando leña poco a poco. El agua subía de temperatura tan lentamente que nadie notaba nada. Los más sensibles, al protestar por la excesiva calidez del agua, eran expulsados inmediatamente del recinto para acallarlos. Los demás les miraban con esa condescendencia de quién mira a quién protesta y fastidia sus intereses. Algunos incluso les gritaban que se callasen y que si no estaban a gusto se fueran a otro sitio y les abucheaban cuando eran expulsados. Porque ellos estaban tan a gustito dentro del agua que no querían que nadie les fastidiara el baño. La temperatura poco a poco y lentamente seguía elevándose. Cuando empezó a quemar, ya era demasiado tarde. La mayoría tenían ampollas en las piernas, en la barriga y en las ingles. Quemaduras que tuvieron que ser tratadas en el hospital.

Las autoridades precintaron el balneario. Evorcio y los que nunca habían querido que el pueblo cambiara, habían ganado. Sin balneario, en pocos meses la villa volvería a sus calles desiertas, al silencio de los trinos de los gorriones. A la huerta, la siembra y la televisión. El pueblo, volvería a ser como antes, de los nativos y sus costumbres.

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Felicidad

Estando de vacaciones en el pueblo, sin hacer caso del móvil, del twitter o de la TV, me he dado cuenta que uno es más feliz, aunque esa felicidad tiene el gran peligro que proviene del desconocimiento del entorno y eso, tal y como está el patio, puede llevarnos a una situación peligrosa. Porque ser ignorante te llena de paz espiritual, pero te impide anteponerte a los acontecimientos futuros que cuando observas el entrono ves venir y puedes reaccionar para evitarlos. De otro modo, te acaban arrollando y sin haber podido reaccionar. El desconocimiento de lo que sucede a nuestro alrededor, nos ha llevado a que nos quitaran derechos, libertades y servicios públicos. A ser más pobres que antes, a tener una vida peor y, sobre todo, a dar carrete a algo que muchos creían superado y que vuelve una y otra vez para eliminarnos: el fascismo.

En los límites de la provincia de Burgos y en cada una de las carreteras nacionales, desde hace décadas, la Diputación de Burgos, señala el principio de la provincia con un cartel que dice “Burgos, cabeza de Castilla. Tierras del Cid”. Desde hace algunos meses, el de la A-1 con Segovia, ha sido sustituido por algún cantamañanas por otro que dice “Burros, cabeza de morcilla. Tierra de curas”. La verdad que la primera vez que lo vi, me hizo gracia. Pero pasa el tiempo y ahora cada vez que lo veo, me encabrono un poquito, no se si con la Diputación por no arreglar el desaguisado o con el memo que generaliza y trata a todo el mundo por igual. O quizá es que enciende en mí un sentimiento que no reconozco como mío: el del nacionalismo.

Sea como fuere, me he dado cuenta que la felicidad del ignorante y el nacionalismo patrio que, al parecer todos llevamos dentro, pero que algunos desarrollan en forma exacerbante y excluyente, son las causas por las que estamos en esta situación. Los que manejan el cotarro del régimen han conseguido la ignorancia del pueblo con la colaboración indispensable de los medios de incomunicación, aborregamiento y adoctrinamiento, a base de sobrecargarle de noticias, la mayor parte de ellas sesgadas, contadas de forma subjetiva y conveniente a unos intereses. De tal forma que, si además presentan a quiénes luchan por cambiar las condiciones del sistema como enemigos de la patria, el éxito de sus acciones lo tienen asegurado porque, nada tiene más importancia que no caer en manos del extranjero, del enemigo de la patria. Sin ver el peligro de la miseria que nos viene encima, la patria es la principal preocupación del ignorante. La patria se asimila con trabajo y prosperidad, aunque en realidad la patria no sea nada y el trabajo y la prosperidad lo den la solidaridad, el conocimiento y la lucha por la igualdad. Además de la contribución equitativa, progresiva y justa al sostenimiento del bien común del que las administraciones solo son albaceas.

 La justicia, esa que debería velar porque ningún ciudadano español sea acusado de delitos no cometidos, tiene un tufo inmenso a podrido, una intensa sensación de que solo sirve a sus amos que, nuevamente, nos asemejan más a una dictadura que a una democracia. Quién no cumple las reglas de juego no puede ser salvaguarda de las de todos.

El régimen del 78 ha anulado todas las prebendas que concedió, por miedo a ser expulsados del sistema, con la muerte de genocida golpista y se muestra ahora tal y como lo hacía entonces. Ahora, porque todo cambia, envuelto en una lámina de legalidad constitucional que les hace parecer democráticos, se comportan de la misma forma que lo hacían hace cuarenta años. El nepotismo, los tráficos de influencia, la impunidad, la corrupción y el despotismo son características propias de las dictaduras. Y también de este régimen que se auto define como democrático.

En el mes de agosto, oí en la radio una noticia que pasó sin pena ni gloria. La Comisión Nacional de los Mercados y la Competencia (CNMC), dice que los apartamentos turísticos no solo no elevan el precio del alquiler, sino que «contribuyen a un uso más racional de los espacios urbanos, aportan riqueza a los ciudadanos y tienen un efecto positivo sobre el comercio local». Además le dicen a los ayuntamientos que “aflojen” las restricciones. Todo ello en consonancia con la argumentación del lobby. “Casualmente” las decisiones de este Tribunal, siempre coinciden con los intereses de los lobbys. Que se lo pregunten a la SE Correos y Telégrafos, SA. A la que fríen a multas que luego acaban anulando los tribunales. Si uno mira quiénes forman este organismo y quién les nombra, se entiende perfectamente sus decisiones. Sobre todo cuando quienes gobiernan son los que nos roban la merienda. Aún estoy esperando que se pronuncien sobre el incumplimiento de las reglas de juego de la competencia, en el transporte por carretera donde la empresa ALSA, se ha adueñado de casi todo el servicio de toda España, con la consiguiente merma de calidad, maltrato al viajero (como ocurre en el Alfoz de Burgos) y presión a los trabajadores.

En días pasados leía en Diario16 que el acta que propuso a Llarena como Magistrado del Tribunal Supremo, fue falsificada. En estos días, hemos sabido que el gobierno paga con nuestros impuestos la defensa de Llarena ante la justicia Belga por una demanda interpuesta por Puigdemont por unas declaraciones hechas en una conferencia patrocinada por BMW y FAES. Además la solicitud de amparo realizada por este juez ante el “amo” del CGPJ, Lesmes, se hizo, según Elisa Beni, fuera de plazo y no debería haberse siquiera admitida a trámite.

El sábado 8 de septiembre, la propia Elisa, nos informaba en otro artículo que a José Ricardo de Prada, el Juez que declaró al PP responsable de la Gürtel a título lucrativo, el CGPJ, encabezado por Lesmes, del que no parece ser muy amigo, ha rechazado su vuelta a la AN, impidiendo así que su candidatura al CGPJ sea válida.

La propia Elisa denuncia en varios artículos que la hija del Magistrado Manuel Marchena, Sofía Marchena, «siendo la última de los aprobados, con una nota que no es la suya ni la aprobada en la Permanente sino elegida a posteriori, ha sido elegida fiscal en una plaza inexistente en principio». El viernes 7 de septiembre pasado, otro juez archivaba la pieza de las revelaciones de Corinna sobre el rey Juan Carlos.

La justicia, esa que debería velar porque ningún ciudadano español sea acusado de delitos no cometidos, tiene un tufo inmenso a podrido, una intensa sensación de que solo sirve a sus amos que, nuevamente, nos asemejan más a una dictadura que a una democracia. Quién no cumple las reglas de juego no puede ser salvaguarda de las de todos.

En estos días, hemos sabido que el gobierno paga con nuestros impuestos la defensa de Llarena ante la justicia Belga por una demanda interpuesta por Puigdemont por unas declaraciones hechas en una conferencia patrocinada por BMW y FAES.

Como digo, quienes debieran ser ejemplo de integridad y de respeto a la Constitución, a las leyes y a la ética, tienen un importante tufo a nepotismo y a despotismo. A impunidad de la “casta” del régimen. Este tipo de informaciones están ocultas a una parte de la ciudadanía porque esas “cosas” no se cuentan en televisión y si se hacen, se realizan de forma que parezca que el culpable es el denunciante. Porque en este país, la libertad de prensa y la pluralidad no consisten en contar noticias de forma aséptica, ni “montar” una tertulia en la que haya personas de todas las opiniones y espectros ideológicos. Aquí, la libertad de prensa consiste en que se deje manipular haciendo pasar la opinión como noticia. La libertad de prensa consiste en que Pablo Iglesias no pueda criticar a ningún juntaletras fascistoide, pero si que Alberto Rivera, al más puro estilo Trump, Le Pen o los nuevos Nazis alemanes, intente poner a caldo a una profesional de TV3. La pluralidad es entendida como que, en los debates haya personas que representan a distintas sensibilidades, pero todos adeptos al sistema, al liberalismo y al nacionalismo español. Los  otros, los que son críticos con el sistema (y también con lo que no les parece bien) son vetados, tachados de antiespañoles y silenciados. Para colmo últimamente, la emisora global del grupo PRISA, nos quiere “vender” que tener más pluralidad es dar más voz a los fascistas recalcitrantes amigos y seguidores fieles del eunuco golpista y sátrapa.

Estando de vacaciones en el pueblo, siendo feliz en la ignorancia elegida adrede, me he dado cuenta que estamos luchando contra la ignorancia desconocida por el propio ciudadano que, en muchos casos, cree estar en posesión del conocimiento. Luchamos contra un sentimiento natural de pertenencia como es el del amor por nuestro lugar de nacimiento, que aquí se ha desarrollado como un cáncer convirtiéndolo en un nacionalismo español excluyente y fascistoide. Luchar contra eso, ahora mismo es como intentar parar las aspas de un molino de viento, revolucionadas por un tornado. El único remedio es frenarlo antes de que suceda y eso únicamente es posible mediante la educación y el conocimiento. Educación en el respeto por los demás y conocimiento del manejo de la tramoya. Porque la ignorancia nos hace esclavos.

Salud, república y más escuelas.

 

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