Eurovisión es política: Boicot a Eurovisión

Por María Sánchez

Esta semana ha comenzado Eurovisión. El país anfitrión tiene la posibilidad, durante las tres galas que se celebran, de promocionar su país para incentivar el turismo o adentrarse en la cultura. Por ejemplo, mediante las «postales» que se emiten antes de cada actuación de los países finalistas. Estas consisten en pequeños clips del representante —o los representantes— de cada país en algún lugar emblemático del país o participando en alguna de sus tradiciones. De la misma forma, este realiza una gran inversión económica, ya que el número de personas que acudirán, y consumirán, será muy alto y supondrá millones de euros de beneficio. Este año, el festival se celebra en Tel Aviv, Israel, tras un alto al fuego, el 6 de mayo, en Gaza, justo antes de que comenzase el Ramadán, ¡qué humanitarios! De igual modo, en estos últimos meses hemos visto cómo ha aumentado la violencia en los territorios ocupado. De hecho, los pobres occidentales que habían decidido ir a ver el espectáculo temían por su seguridad. ¡Vaya! Es la consecuencia de que el país anfitrión, tan gay-friendly, sea, a su vez, un estado genocida y sionista, que lleve hostigando a los palestinos durante décadas, ocupando sus territorios, asesinándoles.

Eurovisión, por otro lado, tiende a considerarse un festival inclusivo, un festival que valora la diversidad sexual y de orientación sexual, pero que, al igual que otros eventos asociados a determinados sectores poblaciones, se ha olvidado de las personas, poblaciones y de un sistema que violenta sin distinguir por orientación sexual, pero sí por lo que se tiene en el bolsillo. Eurovisión, por mucho que nos guste petardear, supone la reafirmación de los intereses políticos y económicos de las clases dominantes, aunque una de sus normas sea que las canciones no han de contener mensajes políticos. No obstante, hemos visto cómo se ha excluido a determinados países que no comulgaban con las ideas de ciertos países, Rusia, y se han permitido canciones que contenían un mensaje político, pero que este beneficiaba a un determinado bloque geopolítico. Del mismo modo, hay países no europeos que han pedido la participación y no se ha permitido, pero sí se lo han consentido a otros, como Australia o a Israel. Celebrar la fiesta musical europea, supuestamente, para que todas nos sintamos europeas, también, es política; que la mayoría de los países usen el inglés para la canción que les represente, también, es política; que, de llevar una canción con la lengua nacional, esta sea la lengua mayoritaria y vehicular, también, es política. Eurovisión es y será política.

El caso de este año es el más flagrante, puesto que no era suficiente con tragarnos las dosis de ideología neoliberal a las que ya estamos acostumbradas —la mayoría de los productos culturales las contienen—, que ahora tenemos que asistir al lavado de cara de un país que se ha pasado, sistemática y estructuralmente, la Declaración de los Derechos Humanos. Un país que se ha servido de las reclamaciones, algunas de ellas, del sector gay, pues este ni siquiera representa a toda la comunidad LGTB y mucho menos al movimiento feminista o proletario —vientres de alquiler—, para limpiar sus crímenes, el holocausto palestino, que sus manos están manchadas de sangre.

Ante todo esto, solo nos queda decir: ¡boicot a Eurovisión!


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