Esperando a los tártaros

Por Angelo Nero

Dino Buzzati escribió en la que fue considerada su obra maestra, “Il deserto dei tartari” (El desierto de los tártaros), fragmentos tan rotundos como este: “El tiempo se había consumido lo mismo con su inmóvil ritmo, idéntico para todos los hombres, ni más lento para quien es feliz ni más veloz para los desventurados.” La novela no deja de ser una larga reflexión sobre el paso del tiempo, y sobre como la mayoría de los humanos vivimos sombríamente este tiempo limitado, frugal, anestesiados en nuestras pequeñas monotonías, abandonando los sueños, las utopías, presos de nuestros miedos, que convierte nuestra existencia en ese vacío que tan bien narra Buzzati: “Absurdo, refractario a los años, se conservaba en él, desde la época de la juventud, aquel hondo presentimiento de cosas fatales, una oscura certidumbre de que lo bueno de la vida aún tenía que empezar.”

La gris biografía de Drogo, un joven oficial destinado a una fortaleza al borde del desierto, en la primera línea de una frontera imaginaria, que conserva el eco de una lejana amenaza de los tártaros, transcurre en la esperanza de que esa amenaza se materialice, mientras la fortaleza va envejeciendo, agrietándose, como el mismo protagonista. Esperando al ataque de esos bárbaros, Drogo cae presa de un enemigo mucho más terrible: la monotonía que entierra bajo un desierto de días repetidos, sus sueños.

Cuarenta años después de que Buzzati publicase aquella hipnótica novela, el escritor sudafricano John Maxwell Coetzee escribió “Waiting for the Barbarians” (Esperando a los bárbaros), recuperó la atmósfera del desierto de los tártaros, en una fortaleza en los confines del imperio, en una diáfana frontera tras la cual, aunque hasta el momento en que empieza la historia no se ha producido nada que pueda afirmarlo, está la amenaza de los otros. No olvidemos que etimológicamente bárbaro tiene el mismo origen que barbotar, balbucir, por imitación del hablar incomprensible de los extranjeros, de los extraños.

En uno de los pasajes más reveladores de la novela, el protagonista, el Magistrado (interpretado de forma soberbia por Mark Rylance), que gobierna el pueblo que habita dentro de la fortaleza que se alza en esa frontera difusa del desierto, afirma: “Creemos que esta tierra nos pertenece, es parte de nuestro Imperio, nuestro puesto fronterizo, nuestro pueblo, nuestro mercado. Pero esas gentes, esos bárbaros, no lo ven de la misma manera. Llevamos aquí más de cien años, hemos recuperado tierra del desierto y construido regadíos y cultivado los campos y levantado hogares sólidos y erigido una muralla alrededor de nuestro pueblo, pero ellos todavía nos consideran visitantes, viajeros de paso.”

Aunque la novela de Coetzee, que recibió en 2003 el Nobel de literatura por “su obra está fuertemente marcada por la época del apartheid lo que, lejos de darle carácter local, la convierte en universal”, no tenga la magia que impregnaba la obra de Dino Buzzati, es una historia notablemente escrita, bajo la cual subyace, como en toda la obra del sudafricano, una denuncia del racismo y del imperialismo, y de ese mal que nos habita, y que aflora en las relaciones de poder.

Si “Il deserto dei tartari” tuvo una mediocre adaptación al cine, en 1976, dirigía por Valerio Zurlini, que no supo captar la esencia de la novela, a pesar del excelente reparto con el que contaba: Vittorio Gassman, Francisco Rabal, Fernando Rey,Jean-Louis Trintignant, Max von Sydow… el reciente paso a las pantallas de “Waiting for the Barbarians”, dirigido por el cineasta colombiano Ciro Guerra, en 2019, ha tenido un resultado notable. Ciro Guerra ya nos había cautivado un año antes con la espléndida “Pájaros de verano” y una película anterior, “El abrazo de la serpiente” había estado nominada a los Óscar, así que parecía un director con la solvencia necesaria para afrontar el reto de adaptar una novela llena de matices como la de Coetzee.

El apacible escenario donde al Magistrado poco le importa que su destino sea el del Drogo del desierto de los tártaros, se ve convulsionado con la llegada del coronel Joll (Johnny Depp), un excéntrico y cruel policía, enviado por el gobierno imperial para recabar informes sobre el estado de la lejana frontera. Para ello no duda en emplear los medios más sanguinarios, deteniendo y arrancado confesiones a la población nómada, para procurarse una amenaza militar que motive un ataque contra los bárbaros.

El personaje interpretado por Mark Rylance, será la última línea de la humanidad, sobre todo a partir de la aparición de la joven bárbara a la que da vida Gana Bayarsaikhan, que será el detonante de una serie de decisiones valientes, que enfrentarán al Magistrado y al coronel Joll, realmente a la representación de la civilización y de la barbarie, la eterna lucha entre el bien y el mal, del que es capaz de sacrificarse por los otros, sin importarle las consecuencias, y del que es capaz de sacrificar a los otros, sin importarle el precio. “Yo era la mentira que un Imperio se cuenta a sí mismo en los buenos tiempos; él, la verdad que un Imperio cuenta cuando corren malos vientos. Dos caras de la dominación imperial, ni más ni menos.” Ironiza el lucido Magistrado, en la novela de Coetzee.

Hay tres elementos notables en el film, aparte de los méritos interpretativos de Mark Rylance y Johnny Depp. El primero el del diseñador de vestuario Carlo Poggioli, que creo unas vestimentas sencillas, hechas de retazos del desierto, para los habitantes de la fortaleza, unos tonos suaves que se confunden con los del Magistrado, y unos uniformes de corte fascista para el coronel Joll y sus hombres. El segundo la exquisita fotografía del veterano Chris Menges –habitual en las obras de Ken Loach, Stephen Daldry o Neil Jordan, en películas como “The Mission”, “Michael Collins” o “The bóxer”- que exprimió al máximo las localizaciones de Marruecos e Italia. El tercero la banda sonora de Giampiero Ambrosi, que sabe acentuar el ritmo dramático de la película.

Italia, 2019. Título original: «Waiting for the Barbarians». Director: Ciro Guerra. Guion: J.M. Coetzee. Productor: Iervolino Entertainment (Michael Fitzgerald, Olga Segura, Monika Bacardi, Andrea Iervolino). Música: Giampiero Ambrosi. Dirección de fotografía: Chris Menges. Montaje: Jacopo Quadri. Diseño de producción: Domenico Sica, Crispian Sallis. Vestuario: Carlo Poggioli. Intérpretes: Mark Rylance, Johnny Depp, Robert Pattinson, Gana Bayarsaikhan, Greta Scacchi. Duración: 112 minutos.

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