Especismo

Ruth Santiago Barragán


Seguimos buscando la pequeña y hermosa aventura de promover con un granito de arena, al menos, el acercamiento del ser humano a su propia consciencia, para abrirse a una nueva visión más justa y reflexiva respecto a todas las criaturas del Universo.

Desde nuestra arraigada creencia de que somos el centro del planeta, y, por tanto, de que todo gira a nuestro alrededor (Antropocentrismo), nace el prejuicio hacia otros seres no humanos, integrantes del Cosmos mucho antes que nosotros. Y, partir de ese prejuicio, surge la discriminación a quienes no pertenecen a la misma especie, recibiendo por tanto un trato injusto y desfavorable. A esto, se le llama “especismo”, que se puede definir como la discriminación en función a la especie a la que se pertenece. Se niega indebidamente el respeto a la vida, la dignidad y las necesidades a los animales por ser de otra especie que la humana. De la misma manera que el sexismo, discrimina en función del sexo y el racismo en función de la raza. Es una discriminación egoísta basada en la pertenencia a un grupo determinado, con objeto de ejercer poder sobre aquello que se discrimina.

También el especismo existe en la discriminación de unos animales frente a otros. Amamos y no nos comemos nuestros perros, gatos y canarios… Sin embargo, aceptamos de buen grado matar gallinas, vacas y cerdos, así como cazar aves y pescar. Somos especistas, aunque estemos protegiendo a algunos animales. Es lo que Gary Francione (profesor de derecho en Nueva Jersey y defensor de los derechos de los animales) denomina “esquizofrenia moral”: consistente en amar animales domésticos, mientras clavamos nuestros tenedores en vacas, pollos, cerditos, peces y corderos.

El especismo, lo impregna todo en nuestra sociedad y ni siquiera somos conscientes, porque va más allá de acciones o tradiciones. Subyace en nuestro lenguaje cotidiano, despreciativo hacia los animales:”se comporta como un cerdo”, “actuó como un animal”… ¿Pero es que acaso nosotros no somos animales? Esta claro, que se trata de insultos especistas. Y estos insultos, sin que tal vez lo percibamos, generan en nuestra psique una consciencia de separación y violencia.

La situación real es que los animales, además de ser maltratados, explotados, torturados y mutilados hasta la muerte para diversión y utilidad humana, se usan para todo, además de para insultar.

Por fortuna, somos ya muchas personas las que reivindicamos los derechos de nuestros hermanos en el planeta, los animales, y la evolución adecuada del lenguaje hacia un uso no especista y si más compasivo; y no nos importa que nos llamen gallina, animal, perro, burro, besugo… pues somos conscientes que somos animales humanos.

Decía el filosofo Dominique Lestel: “La inteligencia animal no es una inteligencia humana menos evolucionada que la del hombre, sino sencillamente una inteligencia distinta”. De hecho, muchos animales poseen unas capacidades inmensamente mas potentes y perfectas que las de muchos seres humanos Con un sentido de la orientación increíble, algunos han sido dotados con unos talentos de alta tecnología que a muchos de nosotros nos encantaría tener. Y, al igual que nosotros, encarnan el misterio y la maravilla de la consciencia. Porque cada especie dispone de la inteligencia y las capacidades que le son necesarias para sobrevivir y alcanzar los fines para la que fue creada.

Rápidos, veloces, vivos, listos y eficientes… Entrañables, admirables, con una fidelidad y capacidad de amor increíbles… Sobradamente dignos del respeto y de la consideración que indudablemente se merecen. No somos quienes para maltratarlos salvajemente, convertirlos en esclavos o eliminarlos cruelmente. Ellos, al igual que nosotros, habitamos este planeta. A ellos también se les concedió su razón de ser y existir en el Universo y, por tanto, tienen derecho a una vida digna, a disfrutar de ella, de su prole, del Sol, del aire, de su parcela de libertad…

Cabe destacar aquí una cita de Darwin: “A los animales, a los que hemos convertido en nuestros esclavos, no nos gusta considerarlos nuestros iguales.” Indudablemente, al actuar así demostramos como activamos y desactivamos nuestra ética moral según convenga a nuestros intereses personales.

Dice muy poco de nuestro humanismo ético el trato que damos a estas criaturas indefensas, que viven en la degradación continua: confinados en espacios que impiden sus movimientos, enfermos, sin conocer en sus cortas vidas la luz natural, explotados como cosas, maltratados cruelmente y, finalmente, asesinados para el consumo humano. Esta situación tan degradante ridiculiza sobradamente nuestros valores espirituales porque nos convertimos en cómplices silenciosos de tanta barbarie y sufrimiento con nuestro comportamiento de mirar para otro lado y tratar de ignorar lo que sucede y con nuestros hábitos de consumo que fomentan el continúo y permanente zoocidio de billones de seres. Todo esto nos enfrenta directamente a un reto moral y de consciencia sin precedentes en la historia de la humanidad.

¿Hemos pensado alguna vez si estas atrocidades no tendrán consecuencias en nosotros mismos y en la sociedad en su conjunto? Las vibraciones de pánico, horror y sufrimiento atroz de billones de seres impregnan la resonancia energética del planeta. Tengamos la valentía de admitirlo y observemos nuestra absoluta carencia de compasión.

Resultará imposible una humanidad espiritual, pacifica, igualitaria y justa mientras las personas se hundan en la violencia atroz contra otras especies. Pitágoras lo afirmó de manera sabia y categórica: “Mientras los seres humanos sigan masacrando a sus hermanos los animales, reinará en la Tierra la guerra y el sufrimiento y se matarán unos a otros, pues aquel que siembra dolor y muerte no podrá cosechar ni alegría, ni paz, ni amor”.

¿Cómo abordamos entonces esta cuestión? Pues haciendo visible con valentía lo que no queremos ver. No podemos cambiar nada si antes no lo hemos descubierto.

Uno de los problemas principales del especismo es que está tan profundamente arraigado a la cultura de hoy que, para la mayoría de las personas, pasa desapercibido; o adoptan la actitud de que no está sucediendo o de que yo no tengo nada que ver… Pero el que yo no lo vea no quiere decir que no exista…

En nuestra cultura actual vemos tan pocos animales en granjas que resulta fácil olvidarse de todo, no ver su dolor ni oír sus gritos. Este escaso contacto hace mucho mas fácil dejar a un lado las cuestiones de como nuestras acciones influyen y alimentan el trato brutal que ellos reciben. Pero nuestra ética personal no nos puede permitir fingir y mirar hacia otro lado: “Siempre se puede despertar a alguien que esta dormido, pero ningún ruido del mundo, por fuerte que sea, despertara a alguien que finge dormir”.

Esta claro que si esta situación se mantiene es porque se alimenta con nuestra indiferencia y resistencia al cambio en nuestros hábitos alimenticios. Los humanos somos muy reticentes a los cambios y nos apegamos “a lo de siempre”.

A lo que se suma la enorme presión de intereses de los lobbies de la industria alimentaria. Esta, en colaboración con organismos públicos, ha desplegado a lo largo de las últimas décadas un amplio abanico de estrategias para que comamos aquello que más redunde a sus intereses particulares, sin importarles absolutamente nada más.

Es evidente que hemos permitido y permitimos pasivamente que la industria alimentaria diseñe nuestra política nutricional y la de nuestros descendientes. La desinformación y la ausencia de rigor alimentario se filtran en nuestras vidas. Debemos ser conscientes de ello porque nuestro deber, como seres espirituales, es el estar informados con objeto de evitar lo más posible ser manipulados; y que nuestra ignorancia no dañe gravemente a otras especies del Universo.

Como subrayó el eminente filósofo Arthur Schopenhauer: “Una compasión sin límites que nos una con todos los seres vivos, esa es la garantía mas sólida y segura de la moralidad”.


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