Escribir para seguir vivo: Hanif Kureishi y la literatura como salvación

Hanif Kureishi está paralizado del cuello para abajo. Ha escrito un libro sobre sus experiencias. Foto: Simone Padovani

En ‘A pedazos’, Hanif Kureishi cuenta en una mezcla de diario y memorias, su primer año de invalidez tras un accidente.

Por David Valiente | 18/10/2025

En la Navidad del 2022, el escritor anglopaskistaní Hanif Kureishi sufrió un terrible desmayo que cambio su vida. Se encontraba en el apartamento romano de su pareja Isabella d’Amico, viendo un partido de fútbol y tomando unas cervezas, cuando de pronto sintió un mareo. En lugar de permanecer sentado, desafió el instinto de supervivencia y, al caer de bruces, se fracturó el cuello. Desde entonces, sus piernas no cumplen su función, se desplaza en una silla de ruedas y su bienestar depende por completo de la dedicación de sus seres queridos. Hasta la fecha, ha recuperado algo de fuerza en los hombros, los brazos y las piernas, según reveló en entrevistas concedidas a The Guardian y Telegraph. Sin embargo, las manos, uno de sus principales instrumentos de trabajo, continúan paralizadas, lo que no es un impedimento para desempeñar su labor literaria, como demuestra en A pedazos (Anagrama), donde cuenta, en una mezcla de diario y memorias, su primer año de invalidez. A pesar de la crudeza de su situación, el testimonio conserva el tono irónico y refleja las mismas preocupaciones que en El buda de los suburbios o El álbum negro.

Sus hijos y su pareja han sido los encargados de transcribir sus pensamientos, algo verdaderamente interesante si se tiene en cuenta la poca discreción del autor con temas tabú en ciertos contextos y ante determinadas personas. Sin embargo, según lo descrito en el diario, sus familiares, sobre todos sus hijos, no debieron mostrar una gran sorpresa al enterarse, por ejemplo, de que mantuvo relaciones sexuales con una joven de veinte años mientras su novio los contemplaba con incomodidad. Seguramente ya eran conocedores de este episodio biográfico, porque se aprecia una relación muy abierta entre el progenitor y sus vástagos, hasta el punto de consumir juntos ciertas sustancias dañinas para la salud. Un reflejo del hedonismo ilustrado que caracterizó a muchas familias británicas de izquierda en la década de los ochenta y noventa.

El diario de Hanif Kureishi guarda algunas similitudes con esos cuadernos personales que se escriben antes de dormir. No solo narra la incomodidad que siente cuando los enfermeros le introducen un enema por el recto, sino que también habla abiertamente de algunos capítulos de su vida anterior al accidente, un auténtico privilegio para los seguidores del escritor, pues les permite rastrear escenas concretas de las novelas dentro de su biografía. También es una manera de imprimirle al texto dosis de dinamismo. En los seres humanos, se aprecia cierta inclinación hacia el sadismo: nos alivia comprobar que, aunque sea en la ficción, hay otros pasándolo peor, mucho peor. Pero ese alivio nunca llega al extremo de disfrutar únicamente con la desgracia ajena. Kureishi ha sabido tomar la autopista de la memoria en los momentos adecuados.

Hanif Kureishi está convencido de la capacidad de la escritura para sanar la mente, algo que conoce de primera mano. Durante la adolescencia, encontró su madriguera dorada en las bellas letras y se refugió del acoso que recibía de sus compañeros de clase. En esos años de crisis identitaria, Kureishi, de padre pakistaní y madre británica, solía recibir las burlas de sus compañeros, quienes lo consideraban un ‘paki’ por estar recubierto de una piel excesivamente broncínea y tener una melena lacea y negra que desentonaba entre tanto tono rubio rojizo. En realidad, sus compañeros tenían envidia de esos ojos marrones de mirar profundo que soportan mejor los rayos del sol que el azul pálido y plano. Era un ser digno de desprecio, aunque compartiera una buena parte del material genético de sus abusones.

Más de cinco décadas después, la creación literaria ha vuelto a ser su refugio, el espacio que le invita a responder esa pregunta que a menudo surge de la nada: ¿quién soy? En el colegio e instituto, su mestizaje lo diferenciaba del resto; ahora, también resulta distinto por su incapacidad de desplazarse como el común de las personas. Lo más interesante no son las conclusiones que extrae sobre su nueva identidad —demasiado vagas e imprecisas—, sino la demostración de que tenemos unos patrones de conducta que nos hacen buscar refugio emocional en los mismos lugares.

La soledad del hospital no ofrece el confort que halla en la literatura, aunque le permite divagar sobre nuevas ideas sin ser apenas molestado. El mundo exterior le cerró las puertas, pero su universo interior lo recibió con los brazos abiertos. La pérdida de movilidad le ha ayudado a reencontrarse con un alma que se hallaba asfixiada bajo el peso de la incertidumbre del proceso artístico. Con una mente más lúcida y vigorosa, explora la idiosincrasia de las relaciones humanas. Nuestra especie presupone que la amistad y la familia son dones que, una vez conseguidos, no se pueden perder. Solo cuando un familiar o amigo dice adiós se comprende lo erróneo de esta premisa; pero para entonces, ya es demasiado tarde. La vida ya es lo suficientemente enrevesada como para detenernos a comprender la naturaleza de los vínculos. Si no se actúa, ese ardor termina por consumirnos. Hanif Kureishi, no obstante, dispone de una realidad inmóvil que le permite entender qué es aquello que hace que sus hijos y su pareja permanezcan a su lado, aun siendo una carga.

De hecho, después de décadas indagando en el psicoanálisis, acudiendo a consulta regularmente con un especialista desde los noventa y habiendo leído todo lo publicado sobre el tema, da la sensación de que, en su estado de indefensión total, se ha aproximado a lo que yo llamo el “nirvana psicológico”, que no es más que la capacidad que todo individuo o sociedad tiene para reconocer sus errores.

Gracias a esto, divaga con claridad sobre la situación actual del arte y llega a una conclusión desalentadora: no corren buenos tiempos para la creación artística ni los artistas. La causa no reside en que la calidad haya disminuido por la muerte agónica del talento. Tampoco en que los aspirantes a artistas estén menos motivados en buscar la sublimidad de sus disciplinas; Kureishi apunta a la autocensura. El mundo es menos libre que hace una década; en pleno siglo XXI, continúa la persecución de artistas que no comulgan con una única forma de concebir el arte. El autor de El buda de los suburbios no cree que la condición material de un sujeto sea incompatible con la creación de personajes ficticios opuestos a su creador. Es decir, un hombre blanco heterosexual no debería cohibirse o pedir perdón por caracterizar a un personaje racializado o amante de personas del mismo sexo. De hecho, anima a los jóvenes a no autocensurarse, a sentir que el mundo creativo está tutelado por el dios de la libertad.

Hanif siempre ha creído en esta deidad, ni en sus peores momentos ha dudado de él, ni siquiera cuando los fisioterapeutas, durante sus sesiones de varias horas, lo mueven como si fuera una marioneta en un festival de guiñoles. Tampoco se ha contenido ante una sociedad británica que, desde el paso de Margaret Thatcher por el poder, ha mostrado en apariencia una tendencia mayor hacia un tipo de conservadurismo emparentado con los ideales de aquellos creyentes que, en el siglo XVII, abandonaron su amada Inglaterra al considerarla una prostituta condenada al fuego eterno. ¡Cuántas oraciones rezarían estos puritanos si hubieran leído las reflexiones del autor en lo referente a la sexualidad!

A Kureishi le impresiona el control que el sexo ejerce sobre el cuerpo humano, especialmente esa pulsión que literalmente obliga a algunas personas a arriesgar una reputación construida durante años en una relación placentera y esporádica de apenas una hora. Hanif puede hablar en primera persona: conoce esa sensación de riesgo. Por este motivo, sus opiniones no son abstractas, sino que describen una realidad que merece ser leída, pues difícilmente se encontrará en la literatura un testimonio más abierto y sincero sobre el sexo, salvo que se acuda a la extensa obra del Marqués de Sade.

Llegados a este punto, debemos señalar que no todo en su diario es risa y reflexión; también se observan momentos crudos, difíciles de digerir tanto para el autor como para el lector. Pero, por desgracia, así se presenta en ocasiones el destino, y de poco sirve tratar de evitarlo, negar la existencia de las fatalidades o creer que solo afectan a los demás.

Hanif Kureishi no quiere que le tengamos lástima cuando sus cuidadores, todas las mañanas, le hurgan los intestinos con un dedo para extraer las heces, o cuando no puede pasar la página de un libro ni cambiar de canal de televisión porque sus manos no responden a las órdenes de su cerebro. Es imposible no conmoverse. Narrativamente, no ha querido desligarse lo suficiente de la historia, y no ha sido un error, sino todo un acierto. Hanif Kureishi se presenta ante el mundo de la forma más honesta posible: como un ser humano vulnerable pero consciente de su situación.

Bajo de toda reflexión y sentimiento subyace una idea potente que representa la naturaleza misma de la literatura: el acto de escribir como un elemento de salvación humana en la Tierra. Pero aún más importante es dejar claro que A pedazos es un canto de esperanza dirigido las vidas rotas en todas sus dimensiones y facetas. Hanif Kureishi convierte la literatura en un sinónimo de resistencia. Por mucho que la historia pueda apenar, no hay en ella lugar para la rendición, que por desgracia en estos casos es más común de lo que creemos. Mientras se pueda ver el sol salir por la ventana, el ser humano está condenado a tenazmente a reinventarse y mejor aún si lo hace al estilo de Hanif Kureishi: con una buena dosis de humor. Una persona solo está acabada cuando toma la decisión de estarlo, con este mensaje del libro me quedo.

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