Escaparates y reflejos de un suicidio diario

El triunfo de la muerte – Pieter Brugel (1562 – 1563)

Ricard Jiménez

«La gente era infeliz antes de que yo naciera y lo seguirá siendo cuando yo haya muerto. Verdad es que he causado la desgracia de algunos, pero: ¿He sido yo el verdadero causante de esa desgracia o un mero agente de la fatalidad?» – Eduardo Mendoza. ‘La ciudad de los prodigios’

«La rutina es otra forma de morir» anuncia una de las tazas de un escaparate pomposo y recargado. Los neones rosas, los unicornios, las nubes de colores, las imágenes y maniquís de tíos en traje y tías en bikini, pero con pamela, se convierten al salir del trabajo en una especie de maquillaje, que con sus estridencias irrisorias parece vomitarte a la cara con voluntad culpabilizadora: «Si no vives en esta especia de oasis pinturrajeado de plástico y ficción, remanso de paz y quietud, es tan solo porque tú decides vestir la realidad de luto, con velo y prisma oscuro», parece decir.

La susceptibilidad martirizadora empieza, de nuevo, a martillear mis sesos. Irremediablemente me cuestiono sobre mi habilidad diaria para el suicidio, que por costumbre y hábito es ya inercia de la monotonía (o de la supervivencia). Aunque pensándolo bien… Es cierto que la nueva precariedad, la del vaivén y el frenesí, te permite disfrutar, cual ocioso epicúreo, de la explotación en diversos lugares. En poco tiempo, como un parpadeo. Creo que lo llaman algo así como incentivación laboral, que viene a significar que no eres más que una especie de profiláctico empresarial, no por lo de usar y tirar, sino porque eres útil solamente mientras te sacan la leche de la que maman. A este robo antes, en lenguas casi muertas (o mutiladas), lo llamaban plusvalía, pero ahora es motivo de gratitud hacía el ratero. Robo y ladrón de guante blanco, seda fina y además con el consenso y permiso unánime.

A veces creo que es este bandazo sin rumbo donde la gente encuentra el elemento esperanzador de augurios de una buena nueva y un futuro mejor. No voy a ponerme profético, pero este cuento chino – que no sé porque se llama chino cuando la mayoría de mentiras vienen del imperio yanquee- no funciona, seguimos siendo sin ser, instrumento y objeto sin fin pero necesarios para la finalidad ajena. Por lo que a mí respecta, esta inestabilidad, sigue siendo la daga que me atraviesa la boca, me ahoga y tensa las cervicales. Tal es el punto que no existe aturdimiento, la sensación es mareo o vértigo. Es lo que tiene vivir al filo el precipicio.

Puede ser que exagere, ya que como dicen tengo un plato del que comer y una cama. En estos tiempos, lo que han llamado las colas del hambre han quintuplicado su demanda. Sea como sea la posibilidad del horizonte utópico, el lugar hacia el que caminar se desvaneció, ya no pertenece al presente. Posiblemente es que de tanto construir quedó el mirar sin perspectivas más que en vertical. Arriba y abajo, tanto en el cielo como en la tierra, hágase tu voluntad. Por supuesto al hablar de ‘tu voluntad’ no me refiero a ti o a mí. Eso no es cosa de parías, es cuestión de quien maneja la mierda.

Los mismos escaparates, boca de ratonera de una centro comercial de cualquier multinacional, que ves a saber si pinta Panamá, Suiza o las Bahamas en estos bodegones de la humanidad mortificada, se refleja lo que me rodea: mi paso renqueante por el cansancio, camellos de poca monta y putas. En las mismas calles que por la mañana se amontonan codazos y prisas somnolientas. En las mismas calles que por la tarde suele presentarse y engalanarse de la cara más poética (no sea que al guiri le disguste) de la sociedad edulcorada. Las calles de la soledad entre la muchedumbre y esas pamplinas del amor cortés de un capitalismo, que por cojones seduce. Esas calles se convierten para mostrar los verdaderos desgarros de las fauces sistémicas. Nosotros tigre mellado encerrado en el zoológico de paredes de cemento y tocho.

Pienso en este mismo instante en la compra y venta, y en como todo empieza y acaba en la fuerza de trabajo, en las relaciones con los medios y el dinero. Esto lleva a la corrupción de lo corpóreo. Sin destellos ni purpurina, sino herpes en la comisura de unos labios desgastados, en los grilletes del falso desvarío, deslumbramiento del barrio con monedas exiguas, que más que hiel parecen canto de sirena; los picotazos en los brazos, la blanca nieve en polvo son las nubes negras que se ciernen sobre el panoplio limitado de oportunidades de quien nace y cae directo en la cuna sin un pan bajo el brazo.

Sí, lo sé, no todos andamos el mismo camino, no escogemos la misma vía, pero el mismo andar funesto, el tambaleo constante y las ganas de arrancarse los pulmones para olvidarse de la presión constante son una fina línea sobre rosales, con espinas que pueden perforarte cuando decides oler su aroma, que aquí no es floral, sino de mierda.

Tanto ruido indiscreto en miradas rotas hacen que quiera ser absorbido por cualquier platillo volante de estos que no existen. Así que no queda más remedio. Echo mano al móvil, cascos serpenteantes y mis orejas perforadas por cualquier quejío, grito gutural o rima condenada que suavice mi descomposición.

En las horas muertas, que supuestamente son las pocas que vivo en mí, de camino a casa en el transporte público siempre trato de escribir. Debo decir que en esto por lo menos pude desprenderme de alguna sanguijuela chupasangre. Vampiros modernos con la tonalidad de independencia, que supongo que se refieren a la suya, la propia, a su posición emancipada respecto al trabajador, al que sin duda desprecian (al igual que el resto). La entereza de estos en sus postulados progresistas son tan férreos como sus rostros de hormigón armado.

A lo que iba, trato de escribir, pero son muchas las veces a que todo este ambiente abyecto me retrotrae a antaño. Reminiscencia. Recuerdo los paseos por la montaña que teníamos más cerca de casa. No sé si llamarlo montaña. Es uno de esos montículos, que en esta península, más llana que alta, llamamos montaña. En ella el elemento principal no es la naturaleza, sino que es de esas «montañas» en las que las bocanadas no son de aire puro. El caballo, ya decadente por aquella época, si es que a eso se le puede llamar decadencia, aún dejaba rastros de jeringuillas ensangrentadas y gomas elásticas, pero también por otros motivos (o quizá los mismos) condones resecos, latas de cerveza y algún recorte de revista guarra de gasolinera.

Todo aquello nunca terminó de irse, puede ser que cambiara de ropajes, pero por la cristalera del tren sigo viendo aquello que es constante, el ayer y el mañana en el hoy, aquí y ahora.


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