Esa Unión Europea de la que usted me habla (2 de 2)

Esa Unión Europea de la usted me habla (1 de 2): https://nuevarevolucion.es/esa-union-europea-de-la-usted-me-habla/

La unificación europea es para Europa una cuestión de vida o muerte. El cumplimiento de esta tarea corresponde, en todo caso, no a los gobiernos actuales, sino a las masas populares. Trotski

Por Mario del Rosal – Viñeta de ElKoko

La UE contra el modelo de protección social (es decir, contra la clase trabajadora)

Hay que reconocer que la UE nunca ha escondido sus verdaderas intenciones, aunque las haya adornado con todo tipo de aderezos. Los objetivos de la llamada “integración” siempre ha sido los mismos y nunca ha dejado de promocionarlos: un mercado amplio y desregulado que permita una mejor asignación de recursos, una mayor especialización, un abaratamiento de los costes por medio de las economías de escala y una mayor libertad de elección para los consumidores. Es decir, el credo prototípico de la versión neoliberal del capitalismo, el menú estándar de la ortodoxia. Lo que no siempre destacan tanto son las intenciones finales de este programa: favorecer la explotación de la fuerza de trabajo y, con ella, la rentabilidad, la valorización del capital y la acumulación.

El resultado ha sido un relativo éxito. Para el capital comercial, que no solamente ha logrado la unidad de mercado en un área con más de 500 millones de potenciales clientes, sino que ha conseguido un espacio de competencia que favorece los procesos de concentración y centralización, acelerando la dinámica de monopolización y permitiendo a las multinacionales europeas adquirir una escala suficiente para ser competitivas en el exterior. Además, esta apertura ha ido acompañada de numerosas privatizaciones que han abierto nichos de mercado con una rentabilidad potencial envidiable. Una apertura que, en todo caso, no solamente no han ayudado a equilibrar las distintas balanzas comerciales, sino que han agudizado los déficits de las economías más débiles y los superávits de las dominantes.

La UE también ha supuesto un triunfo para el capital financiero, que ha conseguido varios hitos: la desregulación del movimiento de capitales, la internacionalización del negocio bancario, la expansión de una moneda única o la creación de un Banco Central de ámbito continental. Esta dinámica supone la libertad total para la especulación financiera y monetaria en valores, deuda y divisas. Esto fomenta las estrategias cortoplacistas y explica en gran medida la deriva de la economía hacia la financiarización, es decir, la búsqueda de beneficios inmediatos sobre la base de las variaciones en las cotizaciones de distintos tipos de activos, y también del creciente predominio del capital ficticio. El resultado es el crecimiento exponencial de unas ganancias que, al no tener fundamento en un aumento equivalente del plusvalor, crea situaciones insostenibles, acelera los procesos de crisis y obliga a una desvalorización acelerada y urgente de la fuerza de trabajo.

Además, la eliminación de los obstáculos para el movimiento de capitales hace que los Estados sean cada vez más dependientes de los mercados de capital, de manera que se ven obligados a competir con otros Estados a la hora de captar recursos. El resultado final es que ven reducida al mínimo su soberanía monetaria, cambiaria, fiscal y laboral, erosionando las ya de por sí débiles bases democráticas del sistema.

Además de estos efectos, la UE tiene otros objetivos que representan el interés del capital en general, no solamente de los capitales de los países centrales. Entre ellos, hay cinco que son decisivos y que resultan evidentemente letales para la clase trabajadora: la disminución del coste laboral unitario –expresada en la doble vía de la represión salarial sistemática y el fomento de la productividad de la fuerza de trabajo–, el aumento de la flexibilidad laboral, el mantenimiento de un nutrido ejército industrial de reserva y el aseguramiento de la hegemonía social y el dominio político. A través de estas medidas se pretende favorecer la explotación, lo que permitiría un adecuado nivel de competitividad a los capitales europeos.

Para conseguir estos hitos, la UE ha seguido varias estrategias. En primer lugar, como decíamos antes, ha permitido al capital superar el ámbito estatal, que es el marco histórico donde se ha desarrollado y se desarrolla la lucha de clases y donde, por lo tanto, se han conseguido los derechos laborales y sociales que aún perduran. En segundo lugar, la UE ha mostrado una notable tolerancia frente al paro, situación que, a pesar de ser fuente potencial de inestabilidad social, supone una palanca básica para reprimir los salarios. En tercer lugar, ha favorecido la desregulación laboral y el debilitamiento de los sindicatos, lo que ha coadyuvado, por su parte, a la deriva liberal de la socialdemocracia. En cuarto lugar, la UE ha presionado fuertemente a los Estados para poner en marcha procesos masivos de desmantelamiento de industrias en buena parte del continente y de una creciente especialización económica, ambos resultado directo de la liberalización de los mercados con efectos devastadores sobre el empleo y el tejido productivo de muchos países, entre los que destaca España. En quinto lugar, la UE se entromete cada vez en mayor medida en las políticas educativas de los Estados, no sólo a través de los famosos informes y estudios de rendimiento, sino también mediante el estrangulamiento de los presupuestos para educación pública, los marcos de convalidación y validación de títulos y los ránkings de supuesta excelencia educativa. En sexto lugar, debemos destacar la labor sorda y permanente de los poderosos lobbies capitalistas instalados en Bruselas que ya tuvimos ocasión de mencionar y que resulta clave en la estrategia general de desvalorización de la fuerza de trabajo. Y, en séptimo lugar, la UE no se ha cansado de lanzar continuos ataques al salario indirecto y diferido por medio de todo tipo de políticas de austeridad. Todo ello, desde su elevado trono, cuya supuesta neutralidad técnica libera a la UE de las incomodidades de la responsabilidad política y al mandato democrático a las que se tienen que enfrentar los gobiernos estatales.

Por añadidura, los miembros de la UEM se ven sometidos a un rigor redoblado. Primero, porque la existencia del euro empuja a una carrera permanente hacia la devaluación interna competitiva a lomos de la clase trabajadora; en especial, la de los países con déficits comerciales estructurales. Y, segundo, porque la fijación estatutaria que hace del control de la inflación el único objetivo del BCE refuerza la represión salarial.

El efecto final es que la UE impulsa fuertemente el ajuste salarial permanente a través de su influencia externa en los Estados y los gobiernos, que son los que, en su caso, acaban sufriendo los efectos políticos y sociales. El resultado de estas estrategias es una presión permanente y creciente dirigida al aumento de las tasas de plusvalor, tanto en su vertiente relativa como, incluso, absoluta. Las consecuencias son múltiples, aunque existen cinco categorías en las que se pueden apreciar con especial intensidad: el paro, el salario relativo, la precariedad laboral, la desigualdad y la pobreza. Como consecuencia de esta dinámica, la crisis económica y social deviene permanente.

El balance de la UE es inequívoco: si identificamos el viejo continente con la región del mundo en el que las conquistas obreras han llegado más lejos, entonces  es obvio que la UE no sólo no es Europa, sino que es lo contrario de Europa.

E insistimos de nuevo en lo que debería ser obvio: por su propia naturaleza, origen y servidumbres, la UE no admite reformas, no es reformable. Por eso, debe ser impugnada. Pero no porque los halcones europeos evidencien ahora su miserable condición frente a los países más golpeados por el coronavirus., Tampoco por la austeridad que insisten en imponernos a los meridionales, siempre sospechosos de vagos y manirrotos. Ni siquiera por haber adoptado en las últimas décadas una creciente deriva neoliberal o socioliberal. Ha de ser impugnada por lo que es y no podría dejar de ser: un instrumento del capital. Como tal, la UE es incompatible con la democracia, con la verdadera democracia.

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