¿Es posible cesar de vivir?

Por María José Robles Pérez

«Morirá. Ella va a morir. Es algo inevitable.

Se suicidará. Se suicidará por algo que no parece importante».

Probablemente el agua estaría fría. Seguramente se escuchó a algún pájaro cantar. Quién sabe si a lo mejor no había alguien mirando a lo lejos, escondido, viendo como una silueta que se asemejaba a un ser humano, se adentraba muy lentamente en las bravas aguas de ese río que se quedaría para siempre con la fama del río donde Virginia Woolf se sumergió para escapar del dolor. Virginia ahogada.

Cuando una se pone a leer las obras de Virginia Woolf, tras salir de la sensación tan extraña que deja sus historias, de ese pequeño éxtasis de no saber muy bien que has leído, pero que vas comprendiendo poco a poco, una empieza a atar cabos. Porque si se conoce al menos un poco su historia verdadera, una se para a pensar en muchos detalles de sus obras donde algunos versos dejan entrever detalles de su vida.

Esos pequeños fragmentos nos hace pensar que, a lo mejor, eso que nosotras decimos que es pura belleza, pura poesía, no es sino en realidad, gritos de auxilio que Virginia lanzaba esperando que alguien los leyera y la salvara. Pero nadie lo hizo. Gritos que le desgarraba la garganta pero que nadie parecía oír.

Todo el mundo que haya leído una biografía de Virginia Woolf, sabe perfectamente de lo que hablo, los acontecimientos tan terribles por los que tuvo que pasar desde bien pequeña, lo de su enfermedad. Quién, además, haya tenido el placer de haber leído sus cartas y sus diarios- a veces me pregunto con qué derecho leemos esas intimidades de los que ya están muertos-, se puede intuir con más profundidad lo que nuestra querida escritora podría llegar a sentir cuando esas voces revoloteaban por su mente, cuando no la dejaban pensar, cuando no la dejaban sentir, cuando no la dejaban vivir.

Parece ser que todo se aceleraba aún más cuando terminaba de escribir, así, cada vez que acababa uno de sus libros, cuando por fin podía decir que estaba listo, es cuando caía en crisis, enferma, necesitando un reposo absoluto. Virginia agotada.

El lector que la sigue con los ojos fijos en las líneas que ella escribe en su querido diario -que sin ningún derecho le hemos expropiado-, ve como las últimas páginas de sus libros, sobre todo, de aquellos más profundos, casi que le dolía, parece que la desgarraba por dentro el sacar esas últimas páginas, como si se tratase de un esfuerzo sobrenatural terminar de escribir esos libros, como si estuviera en una batalla de la que ya está demasiado cansada de luchar.

¿Podría ser que el esfuerzo de haber estado tan centrada en escribir el resto de páginas la tenían tan agotada que era incapaz de seguir escribiendo con la misma fluidez? Podría ser, pero ¿y si no era eso?  Virginia atemorizada.

Virginia sabía muy bien de su enfermedad y aunque no tenía nombre para ella, la conocía muy bien, porque vivía con ella desde hacía muchos años. Puede que la primera vez que fuera consciente de ello, cuando se presentaron la una a la otra y tuvieron conciencia de que estarían juntas para siempre, fuese cuando su querida madre Julia murió. Julia, la alegría de la casa de los Stephen, la mujer que siempre estaba preocupándose por todo el mundo menos por ella misma. Nuestra pequeña escritora solo contaba con 13 años. Virginia huérfana.

Sí, ella sabía lo que había en su interior, ella mejor que nadie. Cuando digo que «sabía» tal vez me estoy precipitando un poco, a lo mejor solo lo intuía, lo sentía y era consciente de ello sin saber qué era exactamente. Tal vez era eso los que los pájaros le cantaron en griego aquella mañana que ella juró que así los había oído cantar.

Es muy probable que las últimas páginas de sus obras fueran tan difíciles de crear, de sacar fuera, porque ella sabía perfectamente lo que le iba a ocurrir cuando terminara el proceso de escritura.

Cuando una escribe, piensa todo el tiempo en esa historia, ves a los personajes en tu día a día, en las cosas, en tus cosas cotidianas de repente observas un objeto o escuchas un sonido que te recuerda a algo de esos personajes, los ves dibujados en tu mente, dialogado, riéndose, llorando, pensando… Tú solo tienes que plasmar todo eso sobre un papel, pero cuando la obra acaba, todo se va con ella.

Ya no es necesario pensar más en esas personas, ni se dibujan en tu mente, porque seguramente que todo lo que tenían que decir esos personajes, ya te lo hayan dicho. Por eso, precisamente, el libro ha acabado.

Y, entonces hay que volver al mundo real, lo cual no es fácil. Pensar en ti y en el mundo que te rodea, en las cosas que ocurren a tu alrededor. Es como una bofetada sentir como las voces de los personajes se alejan, ver como los paisajes donde ellos estaban se difuminan en el horizonte, la realidad vuelve ahí, está ahí para recordarte que todo ha acabado. Virginia aterrada.

Tal vez, nuestra peculiar escritora lo que temía era su realidad. Cuando decía que la escritura era un refugio, no era casualidad ni una frase elegida al azar.

Ella no era feliz, es difícil saber el por qué con certeza, eso solo lo podría contar ella, y eso presuponiendo que ella misma fuera capaz de explicarlo. Recuerda un poco a su señora Dalloway en la obra que lleva su mismo nombre, donde esa mujer -que aparentemente todo lo tiene- era tremendamente infeliz, pero no existe explicación alguna que se pueda dar para comprender eso.

Cuando en 2002, el director de cine Stephen Daldry llevó a las grandes pantallas la extraordinaria y fascinante película «Las horas» -título que Virginia le iba a poner a su obra de «La Señora Dalloway» en un principio-, película que precisamente va sobre ese libro, en ella encontramos un personaje muy curioso: la esposa perfecta que prepara un pastel de cumpleaños para su esposo, junto a su hijo, pero que termina abandonando a su familia, cuando este es pequeño, esa familia que supuestamente le daba todo, ella no dice ni adiós y se aleja de esa vida ante los ojos de asombro del espectador. Los guionistas se ven en la obligación de que la mujer, años más tarde, explique con detalle porque hizo lo que hizo, porque para cualquiera podría ser incomprensible que una persona que -aparentemente- lo tiene todo, no sea feliz. Así, en un extraordinario monólogo,  Laura Brown cuenta el por qué de su decisión: «Hay momentos en que estás perdida y crees que lo mejor es suicidarte. Una vez fui a un hotel. Esa misma noche tracé un plan. Planee dejar a mi familia cuando naciese mi segundo hijo. Y eso hice. Me levanté una mañana. Hice el desayuno. Fui a una parada de autobús y subí a él. Había dejado una nota. Conseguí un empleo en una biblioteca en Canadá. Quizás sería maravilloso decir que te arrepientes, sería fácil. Pero, ¿tendría sentido? ¿Acaso puedes arrepentirte cuando no hay alternativa? No pude soportarlo y ya está. Nadie va a perdonarme. Era la muerte. Yo elegí la vida».

Nuestra apasionada Woolf, sin embargo, en su obra no lo explica, el lector tiene que entenderlo, entreverlo entre los huecos que hay entre palabra y palabra y, si no lo comprende por sí solo, entonces es que no ha entendido nada de lo que ella quería enseñar. Virginia gritando.

Virginia no era feliz. Sí, por supuesto que hubo momentos en los que sí fue feliz, claro, momentos divertidos con su querido grupo de Bloomsbury con sus charlas, juergas y acaloradas discusiones,  momentos de amor y pura pasión como los que vivió con su esposo Leonard y aquella amada mujer, su amante Vita, momentos de ternura como los que vivió con su hermana Vanessa y los hijos de esta a los cuales miraba con ternura y recelo mientras sabía que ella nunca iba a ser madre, momentos felices como aquellos lejanos recuerdos que se quedaron en su mente, ella de pequeña junto a su familia en una casa por las vacaciones de verano, sin guerras, sin muerte, esos lejanos recuerdos que quedarán para siempre postrados también en la mente del lector gracias a su obra «Al faro».

Pero es que ¿acaso no es eso la felicidad? ¿Pequeños momentos aquí y allá? Ella, que nos enseñó que la Verdad en mayúscula es algo que no podemos alcanzar nunca, me temo que a lo mejor no entendió que lo mismo pasa con la Felicidad, porque me río yo a carcajadas de aquel o aquella que diga abiertamente que es completamente feliz todos los días de su miserable vida. Porque no se puede ser feliz por completo en un mundo donde ocurren las cosas que ocurren en este mundo nuestro.

De eso tenía mucho que decir ella, que vivió parte del siglo XX, ese siglo lleno de numerosos avances que nos hizo grandes como seres humanos, pero un siglo también donde hubo demostraciones de los monstruosos que podemos llegar a ser. En medio de ese mundo de destrucción y caos había algunos hombres y mujeres que se quedaban perplejos, mirando y observando como nuestras manos podían destruir tanto, asombrados y atemorizados ante el gran dolor que somos capaces de causar. Virginia fue una de esas mujeres, pues con su extensa sensibilidad que -por suerte o por desgracia la caracterizaba- ella era capaz de ver algo más que no era capaz de ver el resto, era capaz de ver algo al igual que el personaje de Septimus Warren en su obra «La señora Dalloway». Ella era capaz de ver el vacío. Y quién ve el vacío, no puede seguir. Virginia paralizada.

Puede que solo así, una comprenda porque está brillante mujer estaba siempre intentando estar ocupada, en su cabeza siempre imaginando la vida de otras personas, siempre siguiendo con amor y odio la vida de los personajes de sus novelas, siempre intentando no estar quieta, escribiendo sin parar para no abrir los ojos y llevarse una bofetada de realidad.

La realidad. Eso era lo que ella no podía soportar.

Y cuando Virginia no fue capaz de crear más historias, decidió adentrarse muy lentamente en las bravas aguas de ese río que se quedaría para siempre con la fama del río donde Virginia Woolf se sumergió para escapar del dolor. Virginia muerta.

Sí. «Morirá. Ella va a morir. Es algo inevitable. Se suicidará. Se suicidará por algo que no parece importante», explicaba el personaje que interpretaba a Virginia Woolf en aquella película de 2002.

Virginia murió.

Se suicidó por algo que no parecía importante.

Ojalá alguien hubiera escuchado los gritos de socorro que escondía tras los personajes de sus novelas. Gritos tras las palabras escritas que detallan como la Señora Dalloway hacía fiestas sin cesar para rellenar la vida tan vacía que tenía. Gritos tras las palabras escritas que describen como Lily Briscoe siempre temblaba a la hora de dar pinceladas en su cuadro porque en su mente se había quedado grabado a fuego aquello que le habían dicho numerosas veces de «las mujeres no saben pintar». Gritos tras las palabras escritas que explica como el pequeño James Ramsay nunca olvidará las palabras de su padre que con mucha severidad siempre le fastidiaba sus pequeñas ilusiones como la de visitar el faro al día siguiente, porque los niños lo recuerdan todo. Gritos tras las palabras escritas donde observamos como Bernard habla y habla pero nadie lo escucha. Gritos tras las palabras escritas que nos decía como la señora Ramsay veía como su marido no hacía mucho esfuerzo por hacer feliz a sus hijos. Gritos tras las palabras escritas que nos describe esa casa vacía, abandonada, en cuyos muebles cubiertos de polvo, en cuyos armarios con la ropa colgada tras muchos años, en cuyos ventanales por donde entraba la luz y solo alumbraban la nada, se podía oler y sentir el vacío, hasta doler. Gritos tras las palabras escritas donde Septimus Warren es incapaz de soportar la realidad que le rodea, donde nos muestra como algunas perdonas son presa de las más absoluta de las soledades, a pesar de que puede escuchar de vez en cuando a los pájaros cantar en griego.

Las palabras, tan misteriosas e insondables…

No. Nadie la escuchó.

Pero de haberla escuchado, ¿es que alguien la hubiera podido salvar?


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