Era nuestra rodilla

No son las instituciones contra la parte del pueblo que las soporta. Somos nosotros contra la parte de pueblo que no queremos aceptar.

Por Puertos33

No se trata de un error de foco, se trata de una parcialización del mismo. No se trata de que la sociedad sea o no racista —que lo es— se trata de cómo utiliza las instituciones, neutrales, para activar ese desprecio salvando a cada uno de nosotros de mostrarlo. Mientras que el progresismo disfraza su racismo con una tolerancia patriarcal, la policía es enviada en nuestro nombre. Si se llama a la calma ante la rabia es porque la rabia no puede controlarse. Si tiene que pensarse la estrategia “pacifista” es porque todo pensar puede conducirse. Esa rabia tiene que recordarnos el odio primitivo por el orden.

El cuerpo policial no solo representa las órdenes de las instituciones, también las ejecuta. Democratiza el odio general de cada uno de nosotros, haciendo que ese desprecio sea soportable. Un policía no es solo un policía. En la pierna de aquel primer-agente hay un sentimiento general. La primera deconstrucción no parte de un “separarse” del desprecio, parte de un “asumirlo”, hacerlo nuestro. No hay un grito “enough” que no tengamos que escuchar. La diferencia entre un agente y nosotros es que él reconoce el blanco al que ataca, es que él lo hace suyo. El policía sabe que es el orden, que es la institución. La porra del policía es el martillo del juez —juez Dredd es ficción hasta que deja de serlo— ¿Cuántas veces en las manifestaciones no nos han dicho “porque lo digo yo”?—

Las explosiones colectivas a lo largo y ancho de los EE UU son la expresión de una tensión que se siente, al menos, por quien si está obligado a pisar el suelo cada mañana. Si esa rodilla asfixiaba a Floyd, no lo hacía en nombre del policía en cuestión. En primer lugar, esa rodilla era la rodilla de los seis agentes que lo detenían. Era la rodilla del cuerpo policial. Era la rodilla de una nación, que no olvidemos, tiene a Trump como presidente. Era la rodilla de cada uno de los viandantes que aparecen lateralmente en el video sin intervenir. También del cámara. Desde luego, era la rodilla de todos los que sostenemos el estado policial-capitalista.  

Si el Covid-19 ha hecho algo por nosotros, ha sido el permitirnos ver a la policía desde fuera. Policía que intentó —con bastante éxito— apropiarse de los aplausos de las ventanas. No es una derrota de la izquierda el enfrentarse a ellos en cada manifestación. La policía está para limpiar las calles, para permitir que nuestras piernas no se manchen a cada paso que damos. Nos permite escupir sobre ellos el odio que tendría que recaer sobre nuestros hombros. Un agente sabe cada mañana que va a ser señalado, nosotros tardaremos en darnos cuenta de nuestra contradicción. El capitalismo exige de orden. La democracia que defendemos exige de orden. Todo lo que venga de los márgenes es un des-orden que hay que callar.

No es casual que entre los altercados se estén atacando los barrios ricos —blancos—. Se atacan dichos barrios para devolver la violencia que no reconocen ejercer. Si los Estados Unidos son más racistas que nuestra “tolerante” Europa, lo son porque llevan el individualismo al extremo —a pocos metros de la Purga—. El individualismo anglosajón es el hueco por donde el desprecio general se asoma. No olvidemos, como bien nos señala la activista protagonista del video que se ha virilizado, que somos todos nosotros quienes pagamos a los instigadores. Las campañas pacificas que se extienden por nuestras redes son intentos de infiltración de una sumisión que permite que todo siga igual. Si nos manifestamos por internet —usamos una fotografía negra— no nos rodeamos en la calle. No nos protegemos. Esa fotografía, también nos limpia las manos.

En todos nosotros hay un agente encubierto. Nuestras ventanas parecían cámaras de vigilancia. Mientras que en once de los estados del país se mantiene el estado de emergencia —policía militar en la calle, incluida— los vínculos entre los que comparten una opresión hacen que la Casa Blanca tenga que apagar las luces por primera vez en la historia. No son las instituciones contra la parte del pueblo que las soporta. Somos nosotros contra la parte de pueblo que no queremos aceptar. De algún modo, cuando Abascal enuncia en el congreso que es “su” policía, dice a la ciudadanía la verdad que ya no tiene que ocultarse. La policía es el orden, la policía está arriba. Son nuestros, lo sabéis. Son vuestros en tanto vosotros también sois nosotros. Son vuestros si mantienen las calles sin negros. Vosotros, miraos, sois blancos.

En Madrid, sin ir más lejos, se tira a los extranjeros al extrarradio. Extranjeros que solo pueden adentrarse entre nuestras filas una vez se han blanqueado culturalmente. Cuando Dennis Rodman pide protestar de manera “correcta”, dice a los manifestantes que aprendan. No hay negros entre nosotros, no puede haberlos. La policía limpia cualquier atisbo de “barbarie” que puedan portar. Aquí, en occidente, la civilización tiene que re-educar lo extraño. No hay vínculos bárbaros —no olvidemos que un bárbaro era un extranjero para los romanos— que no hayan sido aceptado, estudiados y permitidos por nosotros. Tal vez, no fuese nuestra rodilla. Aunque, desgraciadamente, era nuestra rodilla. 


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