Entrevista a Noel Ceballos: «El populismo de ultraderecha lleva años utilizando teorías de la conspiración como herramienta para pescar votos entre personas decepcionadas»

La ausencia de certezas culturales compartidas y temas tan urgentes como el cambio climático o los devastadores incendios que están teniendo lugar en varios continentes pintan un lienzo caracterizado por el vértigo

Por Ricard Jiménez

Ante incertezas y seguridades aparecen teorías a las que agarrarse como un clavo ardiendo. Una sociedad nihilista, diría Nietzsche, tras matar a Dios se encuentra a la deriva. Las teorías de la conspiración hacen de soporte moral o emocional de tantos que son incapaces de sobrellevar la decadencia fluctuante.

«¿De dónde surge el pensamiento conspiranoico? ¿Por qué tanta gente está convencida de que un pequeño y poderoso grupo de personas maneja el mundo en secreto y en contra de los intereses de la gente de a pie? ¿Qué razones tenemos para creer que la civilización tal y como la conocemos está al borde del colapso y que se aproxima un nuevo orden mundial? ¿Es Bill Gates el culpable de todo lo que ocurre en nuestro planeta?». Estas son algunas de las preguntas al respecto que presenta la editorial Arpa para presentar el libro ‘El pensamiento conspiranoico’ de Noel Ceballos, redactor de cultura en la revista GQ.

  • ¿Cómo comienzas a interesarte por la conspiración y cómo surge la idea del libro?

El pensamiento conspiranoico Mi interés por las conspiraciones y el pensamiento conspiranoico es muy temprano, hasta el punto de que no recuerdo un tiempo en que no estuviera fascinado por estas teorías. La serie Expediente X, de la que me convertí en un fan muy precoz, me llevó a bucear en libros, revistas y coleccionables sobre el tema desde los catorce y quince años, así que siempre ha sido una de mis áreas de especialización. Lo curioso es que nunca he vivido el fenómeno como creyente, sino como un curioso que poco a poco se fue dando cuenta de que las teorías de la conspiración, por muy rocambolescas que sean, suelen condensar de forma muy precisa los medios y ansiedades sociales de cada época. Por eso le propuse el tema a la editorial Arpa hacia finales de 2019, un poco antes de que la pandemia lo llevase todo al siguiente nivel.

  • Al final el libro ha salido en un momento preciso, ¿no? ¿Cómo explicas este crecimiento desmedido de la creación y difusión de teorías conspiranoicas?

La historia nos enseña que la conspiranoia prospera muchísimo en momentos de crisis, cambios de paradigma e incertidumbre social. Ya empezaba a ser así antes del coronavirus, especialmente en los Estados Unidos de Donald Trump y Qanon, pero a partir de marzo de 2020 todo adquirió un cariz completamente diferente. Fue como intentar apagar un incendio con napalm. En su forma más pura, las teorías de la conspiración simplifican una realidad increíblemente compleja, la moldean hasta conseguir que responda a códigos narrativos satisfactorios: villanos en la sombra que planean complots a gran escala para alcanzar un objetivo concreto. Creo que aplicar esos códigos a la crisis del coronavirus, una pandemia sin final a la vista que sólo puede producir desesperación y desasosiego en quienes hemos tenido la mala suerte de vivirla, resulta especialmente tentador: al señalar a personas concretas como culpables de la situación no sólo creas un antagonista contra el que poder vengarnos, sino que también eliminas de un plumazo la sensación de estar en manos de fuerzas azarosas más allá de nuestro control. No hay ambigüedad, no hay debates. Todo encaja dentro de un plan minuciosamente trazado, lo cual es más tranquilizador que la alternativa.

  • Un fenómeno que me llama la atención es cómo estas teorías son capaces de reciclarse y retroalimentarse por tal de seguir dando una explicación a un hecho como, por ejemplo, el terraplanismo.

Una de sus principales características es precisamente esa flexibilidad, esa capacidad de encajar los hechos dentro de la teoría, y no al revés. Una de las bases del terraplanismo moderno es la desconfianza sistemática en cualquier tipo de versión oficial: tanto la NASA como los científicos de todo el mundo están, por alguna razón, muy interesados en mentirnos, luego todo lo que salga de su boca, esté relacionado o no con la forma del planeta, acaba vinculado con su teoría de la conspiración. Todo son piezas de un gigantesco rompecabezas, pues tenemos que entender la conspiranoia como un marco a través del cual ver toda la realidad. No hay conspiranoicos a tiempo parcial.
  • ¿Qué fomenta su difusión y qué, a simple vista, cada vez cale en más gente?

Ahora mismo vivimos inmersos en el vértigo. La ausencia de certezas culturales compartidas y temas tan urgentes como el cambio climático o los devastadores incendios que están teniendo lugar en varios continentes pintan un lienzo caracterizado por el vértigo, lo cual conduce a mucha gente a la radicalización ideológica. El populismo lleva años utilizando las teorías de la conspiración como herramienta para pescar votos entre todas aquellas personas que, decepcionadas con un sistema incapaz de prometerles un futuro, están dispuestas a abrazar fórmulas inciertas y potencialmente peligrosas de antipolítica. Lo que estos partidos de ultraderecha le dicen a sus votantes es que todas sus pesadillas conspiranoicas sobre la clase política son ciertas, que existe una élite minoritaria manejando en secreto los hilos del mundo. Súmale a esto la velocidad de difusión de la internet moderna, donde las fake news viajan al doble de velocidad que sus eventuales desmentidos, y tienes un cóctel perfecto de desinformación instrumentalizada.

  • ¿Realmente estas teorías tienen un impacto real en la sociedad?

Pueden llegar a tenerlo, y ese es el momento preciso en que dejan de ser hipótesis entretenidas o reflejos distorsionados de miedos colectivos para convertirse en problemas tangibles. El movimiento antivacunas es el mejor ejemplo de ello: hay países en los que han calado tanto algunas teorías conspirativas sobre Bill Gates, los laboratorios y el control de la población a través de microtecnología que ya no podemos hablar de simples teorías, sino de algo mucho más serio. También tenemos ejemplos históricos: la Alemania nazi llevó los libelos antisemitas de principios del siglo XX hasta sus últimas consecuencias, generando así el mito de la puñalada por la espalda y apoyándose en la eugenesia para justificar una solución final que, como sabemos, desembocó en el más puro error. Un texto conspiranoico como Los protocolos de los sabios de Sión encendió una mecha que explotó, décadas después, en los campos de concentración. No deberíamos subestimar el poder de una idea.
  • ¿Qué se debe hacer contra estas teorías?

Las redes sociales y los principales medios de comunicación están construyendo ya mecanismos para evitar su propagación, pero hay quien piensa que el daño ya está hecho y que es un caso de «demasiado poco, demasiado tarde». Además, muchas de ellas circulan por canales de comunicación privados, de modo que la vigilancia tiene sus límites. Porque, en serio, ¿qué puede hacer un disclaimer («Esta información puede contener algunos datos no verificados») contra la necesidad de creer en explicaciones sencillas que detectamos en un amplio sector de la población? Muchas personas creen en las conspiraciones actuales precisamente porque creen que todos los periódicos les mienten, que todos los medios están comprados por un poder en la sombra y, por tanto, que no son de fiar. Ante esto, nuestra mejor arma es intentar sembrar la duda, pues no hay nada más eficaz en la lucha contra el dogma. Si una de estas teorías surge durante una conversación, haz que la persona que la sacó a colación tenga que justificarla, pero no intentes imponerle nada. Sólo hazle preguntas.
  • Aún así hay algo que no logro entender y es esta capacidad de negar una evidencia de forma selectiva, por ejemplo, se dan evidencias de que no ha habido manipulaciones en las elecciones de Trump, sin embargo, a través de un foro se da una contrargumentación que la gente cree a pies juntillas.

Intenta verlo como una secta. Quienes, aún a día de hoy, hablan de fraude electoral en Estados Unidos son personas que han decidido apartarse de la realidad y construirse otra a su medida, tal como vemos en muchas sectas. Viven en una sociedad fuera de la sociedad, con sus propias reglas y procesos mentales. Por tanto, rechazan el mundo en el que vivimos el resto, lo consideran una caverna de Platón. Muchos de ellos estaban convencidos de que el asalto al Capitolio iba a recabar pruebas del pucherazo. Cuando no fue así, se convencieron a sí mismos de que habría una filtración antes de la investidura de Biden. Ahora existen teorías sobre cómo Trump sigue ejerciendo de presidente entre bambalinas, porque es muy difícil reconocer que has dedicado grandes cantidades de tiempo y esfuerzo a algo que resultó ser una simple fantasía. Muchos conspiranoicos han perdido el contacto con amigos y familiares a causa de sus creencias. No es fácil volver atrás. En muchos casos, no hay ni siquiera un mundo al que volver: han quemado todos los puentes y sólo les queda la conspiranoia, luego tienen que seguir huyendo hacia adelante.
  • ¿Crees que este fenómeno conspiranoico va a ser de largo recorrido? ¿Cómo vislumbras el futuro?

Lo cierto es que no lo sé, porque ahora mismo hay demasiadas variables en juego. Recuerdo que, al empezar a escribir el libro, estaba seguro de que el pensamiento conspiranoico iba a ir a más en esta década, pero entonces la pandemia lo cambió absolutamente todo. No es que fuese a más: es que saltó de los márgenes del discurso a los titulares, es que se convocaron manifestaciones negacionistas en las grandes capitales. Ni idea de hacia dónde vamos a ir a partir de aquí, o si surgirá otro cataclismo que lo vuelva a acelerar todo.
  • ¿Has quedado contento con el resultado del libro? ¿Está teniendo buena acogida?

Fue un libro increíblemente difícil de escribir, así que poder terminarlo ya supuso un premio en sí mismo. Tenía la sensación de estar persiguiendo un objetivo en movimiento, o de estar intentando describir una realidad que mutaba en tiempo real a cada día que pasaba. Hubo que tirar páginas a la basura y reescribir capítulos enteros para acomodarlos a un presente cada vez más abiertamente conspiranoico. ¡Así que acabarlo fue todo un reto! A partir de ahí, cada comentario de lector o lectora satisfecha lo recibo como maná del cielo. Hubo un momento en que pensé que nunca terminaría de escribir el maldito manuscrito, que el tema me había superado. Así que estoy muy feliz de que el resultado final se lea, aunque a veces tengo la sensación de que en él se refleja demasiado ese sufrimiento, esa sensación de no estar a la altura de los tiempos conspiranoicos que explotaron mientras escribía. Quizá a la gente le guste percibir mi sufrimiento… Esa es, al menos, mi teoría de la conspiración.

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