En el lodazal de mierda alguno se desenvuelve con soltura

«Por las calles voy dejando algo que voy recogiendo: pedazos de vida mía venidos desde muy lejos. Voy alado a la agonía arrastrándome me veo en el umbral, en el fundo latente de nacimiento. » – Miguel Hernández

Ricard Jiménez

Augurios y lecturas de un posible futuro copan estos días las cabeceras, columnas y editoriales de todos los medios. Tanto auspicio y proyecto adivinatorio parece la cartelera televisiva en altas horas de la madrugada, pitonisos y magos de la predicción por doquier.

Admito que yo también al principio, esperanzado, lo vi claro, pero ahora miro hacia adelante y me mareo. No quiero ni debo, en un nuevo acto de prestidigitación, asumir dogmáticas conclusiones y tesis hipotéticas sobre lo que ocurrirá dentro de este marco de inestabilidad e incertidumbre, que por otro lado no es novedoso, ya viene arrastrándose.

Los dos mil se iniciaron ya con turbulencias a nivel geopolítico tras la victoria en Venezuela de Hugo Chávez, constantes turbulencias en oriente medio, la crisis de 2008, el cambio climático y ahora el COVID19, que evidencia varios puntos, pivotantes sobre un mismo eje, de una problemática generalizada.

Por un lado, el cambio climático pone en cuestión la relación del hombre – naturaleza en cuanto al carácter depredador de la humanidad dentro del capitalismo. No es ya la pérdida de la animalidad sobre la que reflexiona Bataille en las cuevas de Lascaux, ni un retroceso hacia un estado más primitivo de la sociedad lo que el presente exige. Se trata de asumir los límites de la narrativa capitalista para afrontar los retos de un paradigma ecológico en clara y abrupta decadencia.

A su vez, de forma irremediable, esto entronca con una con una crisis latente en las relaciones carnales. La incapacidad de la construcción de un contexto colectivo, lejos del discurso de individualidad neoliberal. «Todo es aplanado para convertirse en objeto de consumo», escribió ByungChul Han en ‘La agonía del Eros‘ para seguidamente sentenciar que «el narcisismo no es ningún amor propio (…) el sujeto narcisista no puede fijar claramente sus límites. De esta forma se diluye el límite entre él y el otro. El mundo se le presenta solo como proyecciones de sí mismo. No es capaz de conocer al otro en su alteridad (…) Deambula por todas partes como una sombra de sí mismo hasta que se ahoga en sí mismo».

Esta agonía sin duda nos impide afrontar una crisis, económica, que no es resultado del COVID19, pero que si se desarrolla en paralelo. En 2008 ya quedó patente, y ahora se potencia, la validación de la incapacidad del mercado para salvar vidas humanas. Los mercados, como estamos viendo, no se regulan solos. Las burbujas de riqueza ficticia en una sociedad herida en su nexo biosocial acentúan la carencia potencial de dar una respuesta que no vuelva a ser autodestructiva.

Este fracaso del modo de globalización, incluso del proyecto de la UE, entendido como el compendio de organizaciones burocráticas transfronterizas, centrada en el propio mercado, deja entrever, como expone Manolo Monereo, que «es un sistema de Estados ordenados jerárquicamente que institucionalizan un determinado sistema mundo».

Se abren de este modo distintas posibles alternativas. Por un lado se habla del keynesianismo, que sin una alternativa real escrita desde la izquierda puede significar un nuevo retroceso. La defensa e intervención estatal para transferir dinero público a los ricos, y no a la sociedad, fue la respuesta occidental, sobretodo desde el norte hacia la periferia, para darle oxígeno y recursos a los ricos en 2008.

Pero sin duda, también, se da la posibilidad del auge del sector más reaccionario. A expensas de saber como termina constituyéndose el tablero geopolítico y el nuevo rol de los Estados Unidos y China, lo que primará en los nuevos discursos y relatos será la primacía y reconstrucción del Estado, que por un lado parece lo más sensato, pero con pies de plomo.

La casi orfandad ideológica progresista en España hacia ese camino nos posiciona, de nuevo, en una situación subalterna. Y es que cabe recordar que a los que defendían algo parecido hasta hace poco se les atacaba de fascistas y rojipardos.

La derecha parece que también ha entendido su papel en la apertura y «juego» de este nuevo escenario. «La actual expansión de la epidemia de coronavirus ha detonado las epidemias de virus ideológicos que estaban latentes en nuestras sociedades: noticias falsas, teorías conspirativas paranoicas y explosiones de racismo» relató Zizek.

Así ocurrió también en España, que tras una semana de tranquilidad, inquietante y sospechosa, aunque cargada y gestante de bulos y ataques esporádicos, las redes han estallado en un constante ataque contragubernamental. Poniendo así de manifiesto su posición y exponiendo, a pecho descubierto, su nuevo rol, el de la épica, el de la confrontación y la batalla frontal. Y es que en el lodazal de mierda algunos se desenvuelven con soltura.

Cabe recordar, por ejemplo, que en el siglo pasado Mussolini salió airoso de la crisis de Aventino y poco después Italia se convertiría en una dictadura. Ni siquiera Gramsci fue capaz de prever este desenlace por pensar que se produciría una desestabilización política del gobierno fascista al verse obligado a satisfacer los intereses de la burguesía y las grandes fortunas, como reflejó en L’Unita el 26 de agosto de 1924 en el texto, traducido por César Rendueles como ‘La crisis de la clase media‘. El escenario es claramente distinto, no obstante el pensador italiano dejó algunas reflexiones y tareas interesantes al respecto que en estos momentos debemos repasar.

En la Italia de la época referida, al igual que en la España actual, «el capitalismo es el elemento predominante» y de ello se sigue la conclusión de que «no existe la posibilidad de una revolución que no sea la revolución socialista. En los países capitalistas, la única clase que se puede llevar a cabo es una transformación social y real es la clase obrera».

No obstante, aunque aquí también el sector industrial es débil, al contrario que en la Italia del siglo pasado, el sector agrario también ha sido despojado y azuzado por el desarrollo de la precarización del sector turístico. Hecho que complica aún más la posibilidad de organización en el seno de una realidad social gelatinosa y heterogénea.

Además de las diferencias, en nuestro argumentario, arrojado frente al gramsciano, debemos añadir dos escollos más a los que debemos hacer frente al retomar el estado como alternativa tangible. Una informática y otra moral – filosófica.

En esta «refundación» del Estado podemos encontrarnos de cara con el uso de datos y plataformas como mecanismos de control coercitivo. Esto es algo que ya esbozó y analizó Michel Focault en la teoría del panóptico y no es descabellado plantearse el escenario. A través del Big Data, Amazon y otras empresas de diversos sectores, segmentan a la población en bases de datos organizados por gustos, preferencias o ideologías para así acercar al consumidor a un marco casi personalizado.

También se da el caso de Israel que para hacer frente a la pandemia ha activado una app que monitoriza los movimientos de la población y alerta al usuario de quien a tu alrededor está infectado por el COVID19 o quien ha estado en contacto con un infectado en las últimas dos semanas. Supongo que no hace falta exponer las trastornadas y macabras consecuencias que puede comportar una aplicación de este calibre para el control ideológico o de flujos migratorios.

Esto, y la situación límite alcanzada por el mercado en lo social, ecológico y económico a muchos nos lleva a exclamar ‘que vergüenza ajena’ o ‘que vergüenza de sociedad’ y es en este aspecto en el que se deja entrever el otro factor decisivo (y problemático) en el enclave que nos encontramos inmersos.

La vergüenza aquí es concebida como un ‘pathos‘ o un sentimiento ajeno, alejado, externo y explícito por la inmanencia o la aparente incapacidad de actuación que hemos creído poseer en el devenir de lo social. Esto se ha llevado a cabo, a lo largo de la historia, por el influjo y control hegemónico y a través de la coerción, pero también (y sobretodo) del consenso como advertía Perry Anderson en ‘Las antinomias de Antonio Gramsci‘.

Así es que para dirigirnos hacia un cambio real y social, entendido en el sentido de equidad, es necesario comprender nuestra corresponsabilidad en el asunto, desde la torre de marfil del pensador teórico o la inopia de una mayoría presa del devenir. Mientras esto, lo que ocurre, nos siga siendo ajeno, el peso de la historia seguirá aplastándonos y asfixiándonos a una mayoría, que desterrada de la posibilidad de escribir la historia, nos convierte en sufridor que patalea.


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