Emilio Martínez y José Luis Montañés, asesinados en una manifestación estudiantil

Al final de la tarde, los estudiantes, contra los que había empezado a cargar la policía, se mezclaron con los sindicalistas, gritando: “Todos unidos, estudiantes y trabajadores”. 

Por Angelo Nero

Ahora se nos antoja impensable asumir titulares como con los que se desayunaba en ese periodo lleno de sombras que fue la Transición, y que los medios de comunicación llenaron de luces, hasta el punto de que fuera calificada de “modélica”, un modelo que exportar a otros países, como los de América Latina, donde, afortunadamente, no siguieron el ejemplo de la impunidad. “Dos estudiantes, muertos a tiros por la policía tras las manifestaciones de ayer”, se puede leer en la edición del diario El País, del 14 de diciembre de 1979, un año plagado de víctimas de la violencia policial y de las bandas ultraderechistas.

La crónica comenzaba así: “Dos jóvenes estudiantes, Emilio Martínez Menéndez, de veinte años, y José Luis Montañés Gil, de veintitrés años, resultaron muertos anoche en Madrid por disparos de la Policía, al término de la manifestación que habían convocado algunas centrales sindicales contra el Estatuto de los Trabajadores. Según relato de un testigo presencial, ratificado por el Gobierno Civil, cuyo titular era Juan José Rosón, los disparos que causaron la muerte de los dos estudiantes fueron hechos por miembros de la dotación de un jeep de la Policía Nacional al que un grupo de jóvenes ajenos a la manifestación de los sindicatos había acorralado en la ronda de Valencia, a la altura del número 6, y al que atacaron con piedras y otros objetos contundentes. Los organizadores de la manifestación disolvieron ésta al conocerse los primeros incidentes.”

Si bien fuentes posteriores apuntan, como David Ballester, en su libro “Las otras víctimas” que “La muerte de estos dos jóvenes se produjo en Madrid, en el transcurso de los incidentes que tuvieron lugar al finalizar la tarde del 13 de diciembre de 1979 una manifestación estudiantil. Esta se había convocado para mostrar la repulsa de este sector contra el Estatuto de Centros Docentes y la LAU (Ley de Autonomía Universitaria), ambas normas impulsadas por el gobierno de la UCD que presidía Adolfo Suárez. Unas leyes que para sectores de los estudiantes «suponían la privatización de la educación, reforzaban el control ideológico de la derecha y los privilegios de la iglesia, consolidaban el examen de selectividad y reducían la democracia en la gestión de los centros».

Siguiendo el relato ofrecido por Ballester, la movilización estudiantil, convocada por la Coordinadora de Enseñanza Media y Formación Profesional, había sido autorizada por el Gobierno Civil, y había confluido con otra convocada por los estudiantes universitarios. Una tercera convocatoria de los sindicatos de clase, CCOO, USO, y el Sindicato Unitario, protestaba contra el Estatuto de los Trabajadores, que se debatía en esos momentos en el Congreso. Al final de la tarde, los estudiantes, contra los que había empezado a cargar la policía, se mezclaron con los sindicalistas, gritando: “Todos unidos, estudiantes y trabajadores”. Unidos, si, pero en la represión, ya que los botes de humo y las pelotas de goma no distinguían entre unos y otros,

El periódico de PRISA incluía, junto a la versión oficial, el testimonio de un testigo anónimo: «Los recuerdos que tengo, pues todo fue muy rápido, son los siguientes: los jóvenes empezaron a empujar coches hacia el centro de la calzada, al tiempo que empezaron a gritar y a insultar a la policía. A medida que fue creciendo el grupo -calculo que al final eran varios centenares-, tras los insultos empezaron las primeras agresiones por parte de los jóvenes a la policía con piedras y objetos parecidos. La lluvia de piedras y las carreras fueron inmediatamente repelidas por la policía, que empezó a lanzar botes de humo. En un momento determinado la calle se llenó de humo, lo que hacía que la visibilidad fuese peor. Sin embargo, pude ver perfectamente, justo debajo de mi balcón, a un nutrido grupo de jóvenes, situados a la puerta del mesón La Coruña y el bar Stop, entre los números 6 y 8 de la ronda, que tenían una actitud extremadamente violenta. Estaban acorralando a un grupo de policías, aunque puedo calcular, con la inexactitud propia de la rapidez, que la distancia entre el grupo y la policía era por lo menos de quince metros. »

Tras un intento de mediación de Santiago Carrillo y Ramón Tamanes, que habían encabezado la manifestación sindical, de mediación con la policía, que no tuvo éxito, se reprodujeron las cargas policiales, que fueron enfrentadas por obreros y estudiantes, de tal modo que, como sigue narrando el testigo anónimo para El País: «Poco después, debo decir que aunque la policía se defendía y disparaba, un numeroso grupo de jóvenes había acorralado a otro grupo más pequeño de policías. Insisto en que la distancia era de quince metros. En ese momento empezaron a sonar disparos, tiro a tiro. Calculé hasta quince. Después vi perfectamente cómo caía un joven vestido con un anorak azul. Tenía una herida en la garganta y sangraba mucho. Fue retirado inmediatamente por sus compañeros. »

El diario catalán La Vanguardia, también señaló que: “Cinco policías nacionales reconocen en su declaración haber hecho los siguientes disparos: uno, con una metralleta Z-70, algún disparo intimidatorio al aire. Otro afirmaba que desde el suelo hizo seis disparos al aire con su pistola reglamentaria. Un tercer policía manifiesta haber hecho ocho disparos al aire. Otro, dos disparos al aire, y el quinto, otros dos disparos, también al aire.”

Aquella salva de disparos “al aire”, impactaron en los cuerpos de Emilio Martínez Menéndez, con entrada en el hemitorax derecho, afectando al corazón y al diafragma, y José Luis Montañés Gil, de veintitrés años, con una bala que le atravesaría el cuello. El primero llegaría al hospital, donde no pudieron salvar su vida, el segundo moriría en el acto. Otras cuatro personas resultarían heridas de bala como resultado de aquellos tiros “al aire”, efectuados por la policía nacional.

Inmediatamente, como costumbre en este tipo de casos, se sembró la sombra de la duda sobre las víctimas. La crónica de El País, reproducida por Televisión Española, señalaba que: “Según fuentes policiales, uno de los dos jóvenes muertos portaba un macuto, en cuyo interior había la cantidad de 70.000 pesetas. La policía investigaba esta madrugada la procedencia de dicho dinero.”

El periodista Luis Miguel Sánchez Tostado, en su libro “La Transición oculta”, despejaba la sospecha vertida sobre uno de los jóvenes asesinados: “El juez verificó que aquel chico, además de estudiante, era cobrador de la agencia de viajes Marsans y llevaba en su mochila la recaudación del día. También comprobó el juez que las balas recuperadas de los heridos eran de las pistolas de policías procesados, pero la Audiencia Provincial denegó el procesamiento y archivó el caso”.

El escritor Alfredo Grimaldos en su libro “La sombra de Franco en la Transición” también recogió un cruel testimonio de aquella jornada sangrienta: “Cuando la concentración está prácticamente disuelta, policías antidisturbios, en obvio estado de ebriedad, se dedican a introducir sus dedos en los agujeros que han provocado los proyectiles, entre risotadas, y chapotean con sus botas en los charcos que la sangre de los muertos ha dejado sobre el asfalto”.

José Luís Montañés era estudiante de sociología en la Universidad Complutense, la misma facultad donde estudiaba Mari Luz Nájera, que también había muerto un 24 de enero de 1977, cuando contaba tan solo 20 años, en una manifestación, por el impacto de un bote de humo disparado por la policía. Emilio Martínez estaba matriculado en la Escuela Técnica de Ingeniería Industrial, aunque había abandonado los estudios para trabajar en un taller de electrónica.

Las universidades de Madrid se declararon en huelga al día siguiente, en señal de protesta por la muerte de los dos estudiantes, y varias universidades del país, como las de Oviedo, Compostela, Valladolid y Bilbao también cesaron su actividad lectiva en actitud solidaria. Se produjeron varias manifestaciones, tanto en la capital como en varias ciudades de toda España, convocadas por las organizaciones universitarias, los sindicatos y las organizaciones juveniles de los partidos de la izquierda extraparlamentaria, que fueron duramente reprimidas por la policía antidisturbios, practicándose más de cincuenta detenciones. El entierro de los jóvenes congregó a miles de estudiantes, y unos días más tarde se realizó un homenaje, con la participación de Luís Eduardo Aute, Suburbano y Lola Gaos.

Inicialmente tres policías fueron procesados -era la primera vez que se procesaba a algún miembro de las fuerzas de orden público por unos hechos similares- por un delito de homicidio: Francisco Garrido Sánchez, Juan José Freire y Manuel Ortega García, pero la Audiencia Provincial de Madrid desestimo el procesamiento y ordenó el archivo del sumario.

Fue otro de los crímenes de la Transición Sangrienta que quedaron impunes.

Se el primero en comentar

Dejar un Comentario

Tu dirección de correo no será publicada.




 

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.